En esta época tan animalista que te pueden abrir un expediente si te pillan con un bocadillo de calamares entre las manos, los recién llegados a la playa del Trampolín se han comido una cría de delfín que encontraron viva, herida o difunta. Hay teorías.
Para cualquier woke que se precie, comerse hoy a Flipper es la antesala del canibalismo, pero si para meterlo en la cazuela han tenido que matarlo, el caso sube directamente a la categoría de asesinato sin eximentes, como se encargaron de demostrar los 88 episodios de la serie y sus cuatro o cinco secuelas cinematográficas basadas en las aventuras de aquel delfín hocico de botella tan humanizado que miles de niñas de todos los países estaban dispuestas a contraer nupcias con él y millones de niños lo citaban como el mejor de sus amigos.
Eran otras épocas. Hoy a Flipper se lo han comido en el Trampolín sin grandes miramientos. Lo que son las cosas. Te pasas media vida fabricando conservacionistas y de la noche a la mañana se te cuelan dos oleadas hambrientas que se meriendan a Flipper con patatas y te quedas con un PACMA de narices.
Joaquín Sabina se quejaba con mucho sentimiento de que le habían robado el mes de abril. La canción se va a dejar de escuchar en Ceuta por ridícula. A ellos les han robado, abril, agosto, septiembre y lo que le cuelga.
También había una oca en danza que en unas imágenes nos la mostraban atada de patas, silenciosa e impotente ante lo que parecía inevitable: otra cazuela.
En su caso el humanizador fue Charles Perrault, que escribió aquellos cuentos de Mamá Oca, donde se pueden leer La bella durmiente del bosque, Caperucita Roja, Pulgarcito, El Gato con Botas y tantos otros.
Cuentos, al fin y al cabo, para los que no estamos, ni los ceutíes ni los que asistimos alelados al desarrollo de lo que un día se llamó estado del bienestar y que seguramente es otra cosa.
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