Si Israel Galván es el más asombroso de los bailaores flamencos de este tiempo, lo es por todo el pasado que acumula, por saber hacer memoria. Eso es lo que diferencia a los vivos de los muertos: volver la cabeza, mirar atrás, impulsarse con lo ayer más adelante y hacerlo propio. Israel Galván de los Reyes nació en Sevilla en 1973. Hijo de los bailaores José Galván y Eugenia de los Reyes. Como sucedía con el poeta Arthur Rimbaud se empapó de tradición hasta lo insólito. A los 14 años, Rimbaud escribía poemas en latín de métrica perfecta. A los 14 años, Israel Galván reproducía sin impureza los pasos de Antonio el Bailarín y mirar de frente a su maestro Mario Maya. Los dos muchachos, cuando llegaron a los 20 años, habían partido en dos las leyes más severas de la poesía, del baile flamenco. Uno a finales del siglo XIX. El otro, a finales del XX.
En los dos hay una ráfaga de prodigio, de seres fuera de norma, de humanos anticipatorios. También un apetito de horizonte inédito. Israel Galván espigó bailando como pocos en medio de un hábitat de ortodoxias mientras acumulaba extrañezas para emprender la huida en solitario. De más joven, a los 23 años, ganó los premios necesarios para avivar el asombro de la gente y hacerse un sitio allá donde nadie aún había pisado. Entre ellos, el Desplante del Festival del Cante de Las Minas, en La Unión (Murcia), quizá el más contundente de la galaxia flamenca. Después el de la Bienal de Sevilla. Bailaba contra todos y contra el todo. Vivía escapando. Vivía mudando la piel. Y empezó a encontrar a los veintitantos, sorteando obstáculos, suspicacias y algún espanto, la descoyuntura de su baile, la vanguardia de decir las cosas de otro modo, ese idioma israelgalván por donde se deslizan Pasolini y Kafka de la mano, como en los toboganes; o donde alguien se acuerda (al fin) del más raro de los bailaores del mundo, Vicente Escudero, capaz de hacer del cubismo un aspaviento, una filigrana, un cartabón de aire con los brazos quietos.
Quién sabe si este muchacho de Sevilla ha desembocado en genio o basta con entender que ha ocupado un territorio donde nadie esperaba a nadie. A poner la realidad patas arriba le animaron la directora de teatro Pepa Gamboa, el bailaor y percusionista y acalambrado Manuel Soler, el artista Pedro G. Romero. Estrenó un día de 1996 en la Bienal Los zapatos rojos y con este espectáculo echó a rodar también su compañía. Desde entonces nunca ha echado el paso atrás. Le decían "¡loco!" y los cabales se echaban al cuello una ristra de ajos cuando bailaba. Sabe que estaba muy solo, aunque no tan solo. Sabe que hacia la autenticidad nunca se avanza por el atajo. También lo quisieron empujar al foso de los malditos.
Cómo no va a interpretar La metamorfosis y cómo no hacerla en el año 2000, estrenando milenio, con el infinito Enrique Morente, con los Lagartija Nick. Y desde ahí al Apocalipsis (El final del estado de las cosas, tituló su propuesta). Y de ahí a Lo Real-Le Réel-The Real, donde denuncia el exterminio de cientos de miles de gitanos bajo el régimen nacionalsocialista en la Europa de los años 30 y 40. El filósofo francés George Didi-Huberman le dedicó un ensayo, El bailaor de soledades. Era 2006.
La importancia del trabajo de Israel Galván es descomunal. No hay frontera en lo suyo. Puede meterse en un ataúd y celebrar a destajo la vida. Invocar el flamenco y depurarse hasta la esencia en La edad de oro. Quedarse solo en Solo (otra vez más) y hacer del silencio, y de su cuerpo, y de respirar, y del gemido de la fatiga, y del sudor, y del fervorín de sus botines de baile la sinfonía, el baile, el cante, la percusión, la guitarra o sólo un ruido arterial (otra forma de compás) porque el instrumento es él y la armonía está en todas partes. También tiene el Premio Nacional de Danza.
Es tan concentrado, explorador y moderno que todo en él es esencia de lo porvenir. Baila como se esconden los niños: con medio cuerpo fuera deseando ser atrapados. La timidez es su patrimonio. El conflicto es el lugar desde el que levantarlo todo de nuevo. Es un flamenco puro que no necesita ni la pureza ni el flamenco porque hay en él un concepto del arte sin molde, sin norma, sin protocolos. Sería igual de Galván y de insólito si despachase gasolina en un surtidor un domingo por la tarde.
No es de los que abren y cierran las puertas que atraviesan cuando encuentran dentro mercancía buena. Él echa a andar hacia el precipicio y cuando asoma el puente avisa a los demás de que por allá hay camino. Después de verlo bailar entiendes mejor a Niño de Elche, a Rocío Márquez, a Rocío Molina, al Perrate, a Rosalía también. Tampoco ha venido a empezar la revolución, porque ya nadie tiene tiempo de eso. Hace caso a las voces de su cabeza, a los vientos de su cabeza, a los zarandeos de un instinto que le conduce a tirar del hilo de las ideas consciente de que para que él pueda decir lo que dice con el silencio o con el ruido antes fue necesario escuchar a Tía Anica la Piriñaca cantando por seguiriyas con la garganta abierta de lado a lado.
Como todo el mundo sabe, para hacer silencio en un escenario hay que atreverse mucho. Su cuerpo y su baile son dos hombres que arriesgan y gritan. Gritar alivia su hablar tartamudo. En su aventura no está el provocar, sino el descubrir. Por eso se traviste. Por eso se desnuda. Por eso la ironía que dispensa a veces como una incógnita. En la Bienal de Sevilla presenta su nueva creación: Bolero de blanco y negro. El 26 de septiembre. A partir de las 20.00. Israel Galván vino a cambiar las leyes de sitio.
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