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Miroslava Fernandez Guevara

Los ilusionistas de Palacio Quemado

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La revelación sobre la presunta contratación, bajo el paraguas de la cooperación internacional, de operadores políticos vinculados al MAS para asesorar al Ministerio de Economía de Rodrigo Paz vuelve a desnudar una incómoda realidad: el poder no siempre está donde dice el organigrama. El Gobierno llegó prometiendo renovación y terminó mostrando una curiosa convivencia entre operadores de izquierda y estrategas de derecha. Un matrimonio MAGA-MAS donde la ideología parece importar menos que el acceso al poder. Del famoso 'Nuevo ciclo' quedó poco más que el cartel de la puerta. Es necesario diferenciar entre comunicar y manipular, el asesor de comunicación explica; el estratega político mueve emociones, instala enemigos y administra percepciones desde las sombras. Bolivia ya conoció esa última fórmula con Wálter Chávez, el operador que durante el ciclo de Evo Morales acumuló una influencia que excedía cualquier cargo formal. Hoy Fernando Cerimedo representa una versión digital del mismo fenómeno: datos, microsegmentación, trolls y acceso privilegiado al poder. Cambian las herramientas, no necesariamente la lógica de gobernar desde el oído del mandatario sin responder ante nadie. El problema deja de ser personal cuando ese poder paralelo comienza a interferir con el Estado. El círculo informal —Zamora, Espinoza, Medinaceli, Beller, Cerimedo— aparece, según las denuncias mencionadas, como un circuito que convive y compite con la estructura institucional. El resultado es previsible, ministros que contradicen a ministros, mensajes que se desmienten entre sí y una ciudadanía convertida en audiencia cautiva. Cuando el Estado empieza a comportarse como una campaña electoral permanente, el ciudadano deja de ser soberano y pasa a ser tratado como cliente. El filósofo español Alfonso López Quintás advierte que la manipulación del lenguaje termina destruyendo la confianza que pretende fabricar. Por eso el Gobierno debería transparentar contrataciones, asesorías y vínculos; explicar sin disfraces las negociaciones con el FMI y los memorandos sobre el litio; y someter su comunicación a controles institucionales. El silencio, los desmentidos a medias y las cortinas de humo no apagan las sospechas, sino que las convierten en certezas políticas, entonces, un Gobierno que no explica termina dejando que otros expliquen por él. Tampoco se puede gobernar desde la irritación, la inteligencia emocional aplicada al liderazgo exige serenidad, coherencia y previsibilidad. Cada reacción airada frente al Senado, la prensa o la ciudadanía alimenta la imagen de un poder sitiado y transforma cualquier crítica en supuesto golpe. Pero si todo discrepante es enemigo, el Gobierno termina encerrado en su propia trinchera. Y mientras tanto, las redes de trolls pueden fabricar tendencias, pero no pueden fabricar legitimidad, es necesario que sepan que la confianza no se viraliza: se construye. El verdadero peligro no es descubrir que existen operadores en las sombras; es acostumbrarse a que gobiernen allí. Pero existe un escenario peor, el que nada cambie. La soberanía no se terceriza. Y si Rodrigo Paz no pone orden en su propio Palacio, los ilusionistas seguirán gobernando desde las sombras mientras la factura la pagan, como siempre, los bolivianos. Miroslava Fernandez Guevara es periodista y politóloga
Los ilusionistas de Palacio Quemado
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