Primero les dimos dispositivos. Después, redes sociales. Luego, algoritmos. Y ahora, paradójicamente, algunos de los gobiernos y empresas tecnológicas más poderosos del mundo están empezando a ponerles límites.
La señal más reciente llegó esta semana desde Nueva York. El gobierno de la ciudad anunció una nueva política para sus escuelas públicas que limita el uso individual de pantallas de acuerdo con la edad: los alumnos de segundo grado y menores prácticamente quedarán fuera del uso individual de estos dispositivos; de tercero a quinto tendrán un máximo recomendado de 30 minutos diarios y de sexto a octavo, de 45 minutos.
Pero la decisión va más allá de apagar tabletas. Durante el ciclo escolar 2026-2027, los estudiantes de 2-K a octavo grado tampoco podrán utilizar herramientas de inteligencia artificial generativa dirigidas a ellos. Y los chatbots diseñados para funcionar como 'compañeros' o brindar apoyo emocional estarán prohibidos en las escuelas de todos los grados.
El mensaje es difícil de ignorar: más tecnología no necesariamente significa mejor educación.
Y mientras las escuelas comienzan a reducir la exposición, las propias plataformas están enfrentando una presión inédita.
Meta acordó recientemente pagar hasta 18 mil millones de dólares para resolver demandas presentadas por 48 estados de Estados Unidos, que acusaron a la empresa de diseñar Facebook e Instagram de manera que favoreciera la adicción y el uso prolongado entre menores. Como parte de los acuerdos se contemplan límites predeterminados de dos horas diarias para adolescentes, bloqueo nocturno entre medianoche y las seis de la mañana, reducción de notificaciones durante el horario escolar y mecanismos más estrictos para verificar la edad.
Es un cambio relevante porque durante años la responsabilidad estuvo principalmente en las familias: padres que debían vigilar cuánto tiempo pasaban sus hijos frente a una pantalla.
Ahora la pregunta comienza a ser otra: ¿qué responsabilidad tienen las empresas que diseñan esas pantallas, aplicaciones y algoritmos para mantenernos conectados?
La discusión ya cruzó también las fronteras estadounidenses.
Australia estableció una edad mínima de 16 años para acceder a determinadas redes sociales. Francia intentó avanzar hacia una prohibición para menores de 15 años, pero su Consejo Constitucional frenó la medida al considerar que podía afectar de manera desproporcionada la libertad de expresión y los derechos relacionados con los datos personales.
Ahí aparece uno de los grandes dilemas de esta nueva era: proteger a los menores sin construir, al mismo tiempo, una internet en la que todos tengamos que demostrar permanentemente quiénes somos.
Y existe una razón todavía más preocupante para acelerar esta discusión.
UNICEF estima que alrededor de 20 millones de niños usuarios de internet en 21 países fueron víctimas de alguna forma de explotación o abuso sexual en línea durante un solo año. Millones más estuvieron expuestos a contenido sexual no deseado o fueron presionados para mantener conversaciones sexuales o compartir imágenes.
Por eso, el debate sobre las pantallas ya no puede reducirse a si los niños se distraen en clase, duermen menos o pasan demasiado tiempo en TikTok.
Estamos hablando de aprendizaje, salud, privacidad y seguridad.
En México el debate continúa sobre la regulación del celular. Una encuesta reciente de Enkoll para EL PAÍS y W Radio encontró que 84% de los mexicanos considera inseguro que los menores utilicen internet y redes sociales. También existe un amplio respaldo a limitar el tiempo que pasan en redes y a establecer mayores controles para que los menores puedan abrir cuentas.
El gran problema es que prohibir nunca será suficiente.
Un niño puede entregar el celular en la entrada de la escuela y recuperarlo seis horas después. Un adolescente puede tener una edad falsa en una plataforma. Y un algoritmo no deja de existir porque un adulto haya establecido una regla familiar.
Es ahí que la verdadera discusión educativa no debería ser pantalla sí o pantalla no.
Debería ser qué tecnología necesitamos, para qué la necesitamos, durante cuánto tiempo y bajo qué condiciones.
Durante mucho tiempo confundimos innovación educativa con digitalización. Equipamos aulas, compramos dispositivos y celebramos que los estudiantes tuvieran acceso a nuevas plataformas, como si la tecnología fuera por sí misma una garantía de aprendizaje.
Hoy comienza a aparecer una idea mucho más incómoda: tal vez una escuela verdaderamente moderna no sea la que más tecnología utiliza, sino la que mejor sabe cuándo no utilizarla.
El mundo no está renunciando a la tecnología. Está intentando recuperar algo que quizá dejamos demasiado rápido en segundo plano: la atención de los niños.
Y esa puede ser una de las grandes discusiones educativas de los próximos años.
Por Karina Álvarez
PAL
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