La era dorada de los influencers no solo agoniza por la saturación publicitaria que documentan estudios recientes de Kantar y Traackr, empresa líder mundial de datos, insights y consultoría, estos muestran que la recepción del público cae estrepitosamente y el compromiso se desploma, porque el público ha empezado a mirar detrás del telón y ha descubierto el alarmante vacío intelectual que sostiene a gran parte de esta industria. Hoy, la mayoría de estos personajes se caracterizan por una formación académica y cultural prácticamente inexistente; su lenguaje, reducido a un puñado de muletillas, expresiones truncas y un vocabulario más limitado que el de un manual de instrucciones, apenas les permite articular una idea que trascienda lo inmediato y lo superficial. Esta pobreza expresiva se vuelve insostenible cuando el mercado les exige vender de todo, y es precisamente esa limitación la que los lleva a cometer el pecado mortal de la comunicación contemporánea: promocionar un sánguche de milanesa con la misma solemnidad y el mismo léxico empobrecido con el que abordan una política de Estado, como si la reforma educativa o la seguridad social fueran productos desechables de un supermercado. La falta de matices, la incapacidad para argumentar y la recurrencia a los mismos clichés emocionales generan una fatiga que ya no es solo publicitaria, sino profundamente intelectual, porque el público intuye que quien no puede nombrar el mundo con precisión tampoco puede ofrecer respuestas serias sobre él.
Sin embargo, lo realmente grave no es la pobreza de estos creadores de contenido, sino el espejo deformante que encuentran en la clase política. Los políticos de hoy son, en su gran mayoría, igual de básicos y carentes de oficio que los propios influencers, con la agravante de que han decidido mutar para convertirse activamente en uno de ellos. Han abandonado el discurso elaborado, la reflexión crítica y el pensamiento complejo por el baile de moda, la anécdota vacía, el directo improvisado y la respuesta ingeniosa de quince segundos, rebajando la investidura de sus cargos a la misma categoría que un creador de contenido sin ningún tipo de autoridad moral o cognitiva. Pero si la torpeza y el vacío de los influencers ya son un problema en sí mismos, la situación se vuelve trágicamente cómica cuando se observa que los políticos, como es su costumbre, siempre van detrás de las tendencias, nunca a la vanguardia. Aferrados a manuales de comunicación que caducaron hace tres años, siguen pagando fortunas por publicidades en stories y campañas virales como si aún estuviéramos en 2021, completamente sordos al cambio de humor social que ya devaluó por completo a estos personajes. Lo más desolador no es que lleguen tarde, sino que ni siquiera perciben que la fiesta terminó; mientras el ciudadano común ya le dio la espalda a los influencers, mientras las métricas de engagement se derrumban y la fatiga se apodera de las audiencias, los asesores de campaña y los funcionarios de turno siguen contratando voluntades precarias convencidos de que unos stories pagados pueden lavar la imagen de una gestión desastrosa o instalar un discurso de gobierno. Incapaces de leer el presente, estos políticos no logran advertir la brutal devaluación del influencer promedio y persisten en asociar su rostro a personajes que el propio electorado identifica como ignorantes funcionales, sin comprender que ese abrazo no los acerca al pueblo, sino que los emparienta con la misma superficialidad que la gente ya aprendió a despreciar.
Esta convergencia es letal porque homogeniza el debate público hasta volverlo irreconocible: el ciudadano ya no distingue entre un comunicador oficial y un vendedor de ropa, porque ambos hablan con la misma simpleza estructural, ambos evaden la profundidad y ambos tratan los problemas reales con la misma frivolidad con la que mostrarían un producto patrocinado. Y mientras la sociedad avanza hacia un consumo crítico y desconfiado, los políticos permanecen anclados en una estrategia zombi, sin percibir que abrazar a un influencer devaluado ya no es una jugada maestra, sino un acto de desesperación que evidencia su propio atraso conceptual. El público, aunque muchas veces no sepa articularlo en las encuestas, siente un profundo desprecio por esta homogenización de la inteligencia y responde con un escepticismo cada vez más feroz; los datos duros confirman que el 71% de los jóvenes pierde la confianza al ver anuncios excesivos, pero la erosión es aún mayor cuando perciben que quien les habla no tiene la más mínima autoridad para hacerlo, ya sea porque nunca leyó un libro completo o porque confunde la gestión de un país con la gestión de su propia imagen digital. Así, entre la sordera del político que mira hacia atrás y la mediocridad del influencer que ya no convence a nadie, el debate público se ahoga en un bucle de irrelevancia del que ni unos ni otros parecen capaces de escapar. La influencia, si quiere sobrevivir a esta debacle, deberá dejar de ser el refugio de los ignorantes y el trampolín de los políticos oportunistas, y recuperar el valor de la palabra pensada y la formación sólida, porque la era de la atención ha dado paso a la era de la exigencia, y ni los políticos mutantes anclados en el pasado ni los influencers analfabetos funcionales están preparados para ese escrutinio que ya no admite excusas.
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