En el libro ¿Qué quieres ser de mayor?, Pere Estupinyà cuenta que actualmente se diferencia entre la tercera y la cuarta edad. La tercera –gerontolescencia– se sitúa más o menos entre los 60 y los 80 años y se corresponde con personas que conservan autonomía, actividad y participación social. La cuarta, a partir de los 85, representa un envejecimiento avanzado, en el que las personas tienen mayor dependencia y necesidad de cuidados. Entre ambas edades, hay un periodo de fragilización –otro concepto novedoso que se usa mucho en gerontología–, durante el cual las personas conservan la autonomía, pero se recuperan peor de factores estresantes fuertes, como una caída.
¿Qué quiero ser de mayor?, me pregunto al acabar la lectura, a pesar de estar ya cerca del final de la tercera edad. Yo lo que quiero es ser feliz. Y lo cierto es que mi grado de bienestar subjetivo ha aumentado nítidamente con respecto a periodos anteriores.
Compruebo que hay estudios que ratifican el incremento de esa dicha emocional y recuerdo que, el pasado mes de abril, en una Contra de este periódico, Luis Rojas Marcos (82 años), profesor de psiquiatría en la Universidad de Nueva York, decía: 'El cerebro envejece... pero a favor de la felicidad'.
¿Qué quiero ser de mayor?, me pregunto a pesar de estar ya cerca del final de la tercera edad. Yo lo que quiero es ser feliz
También la psicóloga de la Universidad de Stanford Laura Carstensen, que lleva más de treinta años dedicada a estudiar el envejecimiento, confirma que los estados emocionales positivos son más persistentes en las personas mayores, y al revés.
En su teoría de la selectividad emocional, Carstensen aduce dos razones por las que se puede explicar esa mayor satisfacción y se relacionan con la percepción de que nos queda menos tiempo. En primer lugar, apunta, seleccionamos mejor las relaciones y las experiencias. Vamos, que no perdemos el tiempo según con quién o con qué. En segundo lugar, los objetivos que tenemos cambian: los que se deben cumplir en un futuro lejano pierden peso y aumentan los que tienen un significado emocional aquí y ahora.
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Gemma Lienas
Eso me recuerda que uno de mis nietos (25 años) me preguntó qué me quedaba por hacer en la vida. Le dije que mi felicidad era haber llegado a los 75 con mis objetivos cumplidos, que todo lo demás ya era de regalo: estudiar, escribir, leer… Es decir, sigo teniendo planes, pero me he liberado de obligaciones con el futuro. Y, sobre todo, me he rodeado de personas a quienes quiero y con quienes siento reciprocidad. Y, en particular, de mis hijos y nietos, para quienes desearía dejar un legado de valores. Para mí eso es ser feliz.
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