En el crisol de la política argentina, pocos episodios han forjado la identidad nacional y la desconfianza hacia el poder hegemónico del norte con tanta fuerza como el enfrentamiento entre el embajador estadounidense Spruille Braden y el entonces coronel Juan Domingo Perón en los meses previos a las elecciones de 1946. Aquel duelo dialéctico, inmortalizado en el Blue Book on Argentina (Libro Azul) y su ardiente respuesta criolla, el Libro Azul y Blanco, no fue un simple intercambio diplomático. Fue el choque entre una visión imperial que pretendía dictar el destino de un país y el nacimiento de un movimiento popular que encontró en la soberanía y la justicia social sus estandartes. Hoy, bajo el gobierno de Javier Milei y la influencia de un nuevo embajador de los Estados Unidos, Peter Lamelas, aquel fantasma del pasado parece agitarse con renovada fuerza, planteando a la Argentina un dilema que, aunque con nuevos ropajes, resulta asombrosamente familiar.
El origen del conflicto: Braden y el Libro Azul
En 1945, Spruille Braden arribó a Buenos Aires con una misión que trascendía la mera representación diplomática. Su objetivo era claro: desarticular el ascenso del entonces coronel Juan Domingo Perón, a quien se veía como una amenaza para los intereses de los Estados Unidos en la región. Braden, un ferviente anticomunista y defensor de una 'democracia de clase media' alineada con el capital y los intereses norteamericanos, no dudó en abandonar cualquier pretensión de neutralidad para inmiscuirse abiertamente en la política interna argentina. Su accionar fue tan explícito que, en palabras del propio Perón, la contienda electoral se redujo a un binomio excluyente: Braden o Perón.
El arma más poderosa de esta intervención fue la publicación, el 12 de febrero de 1946, del Blue Book on Argentina o 'Libro Azul'. A tan solo 12 días de las elecciones presidenciales, el Departamento de Estado de los Estados Unidos lanzó un documento de 66 páginas con la intención de influir en el voto popular. El libro, que compilaba una serie de testimonios e informes de inteligencia, tenía un objetivo político preciso: desacreditar al gobierno de Farrell y a Perón, vinculándolos con el nazismo y el fascismo. La acusación principal era que el régimen militar argentino había mantenido una 'complicidad' con la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, protegiendo sus intereses económicos y espías, y que su objetivo era construir un estado totalitario en el hemisferio. El sentido del documento era demostrar que la Argentina no era confiable para el sistema interamericano y, por lo tanto, no merecía el respaldo de los Estados Unidos.
Sin embargo, la maniobra resultó ser un monumental error de cálculo. Lejos de debilitar a Perón, la injerencia extranjera desató una ola de nacionalismo y rechazo popular contra la intromisión yanqui. La fórmula propagandística acuñada por el peronismo caló hondo: la elección era entre un gobierno soberano que defendía los intereses de los trabajadores o un gobierno títere, al servicio de los intereses del imperialismo. El resultado fue la victoria aplastante de Perón el 24 de febrero de 1946.
El 'Libro Azul y Blanco': La respuesta soberana
La réplica del peronismo no se hizo esperar. El 'Libro Azul y Blanco' fue una respuesta tan contundente como estratégica. No solo refutaba punto por punto las acusaciones del documento estadounidense, sino que invertía el argumento, convirtiendo al acusador en el verdadero agresor.
En sus páginas, se denunciaba que el 'Libro Azul' era una maniobra electoral urdida por Braden para salvar a la oligarquía argentina, una clase que durante décadas había gobernado mediante el fraude y la sumisión a los intereses extranjeros, y que ahora se sentía amenazada por las primeras elecciones libres en décadas. El documento peronista reivindicaba la Revolución del 4 de junio de 1943 como un quiebre con ese pasado de corrupción, un movimiento esencialmente democrático que había devuelto la soberanía al pueblo.
Un pilar central de la argumentación del Libro Azul y Blanco fue señalar la hipocresía de los acusadores. Se recuerda que, durante la guerra, sectores de la oposición y del propio gobierno de Castillo (al que el peronismo veía como continuador del régimen oligárquico) mantuvieron relaciones comerciales y diplomáticas con Alemania. La neutralidad de Castillo, se argumenta, era una política legítima y no muy distinta a la que los propios Estados Unidos mantuvieron con el Japón hasta Pearl Harbor. La verdadera amenaza para la democracia, según la réplica, no era el gobierno revolucionario, sino la alianza entre la oligarquía terrateniente y financiera, los comunistas y el imperialismo yanqui, encarnado en la figura de Braden. El Libro Azul y Blanco logró su objetivo: no solo desactivar el ataque, sino transformarlo en un pilar de la identidad del movimiento que estaba a punto de nacer.
El paralelo histórico: Braden y Lamelas
Las similitudes entre el contexto de 1946 y el actual, bajo la administración de Javier Milei, son difíciles de ignorar. La figura del embajador Peter Lamelas parece evocar, en más de un aspecto, la del polémico Spruille Braden, aunque con las diferencias propias de una época distinta.
Braden fue un diplomático que no se limitó a observar; actuó como un agente político activo, apoyando abiertamente a la oposición y utilizando todos los recursos de su cargo para influir en el resultado electoral. Su intervención fue un ejemplo de la diplomacia del dólar y el intervencionismo que definieron la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina. Su objetivo era claro: 'alinear los intereses de Argentina con los nuestros'. Lamelas, por su parte, ha sido descrito como un actor que busca 'oportunidades para las empresas estadounidenses' y alinear los intereses del país anfitrión con los de Washington. Su discurso, cargado de una retórica de 'competencia' y valores en pugna, especialmente en lo referente a las relaciones con China, resuena con el mismo tono de confrontación ideológica que caracterizó a Braden en su momento.
La administración de Javier Milei, un economista libertario de extrema derecha, ha establecido una relación de notable cercanía con el gobierno de Donald Trump. Esta alineación con Washington no es casual, sino que parece ser el pilar de su estrategia de gobierno. A cambio de un apoyo explícito y de beneficios económicos, como el reciente acuerdo de estabilización cambiaria por 200 mil millones de dólares, el gobierno argentino parece haber adoptado una posición de alineamiento estratégico que, para muchos críticos, limita su capacidad de maniobra en la escena internacional.
Lamelas, como Braden, ha sido percibido como un agente de esta nueva alineación. Su intento de condicionar las relaciones de Argentina con otras potencias, como China, es un eco moderno de las pretensiones de Washington de ejercer una tutela sobre las decisiones soberanas de los países latinoamericanos. Esta actitud, reflejo de una versión renovada de la Doctrina Monroe, donde Estados Unidos busca 'establecer su primacía en el hemisferio occidental', representa una interferencia en los asuntos internos que la historia argentina ha condenado una y otra vez.
La lección del pasado para el presente
El arco que va de Braden a Lamelas ilustra una constante en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina: la tentación de la gran potencia de tratar a la región como su 'patio trasero'. El 'Libro Azul y Blanco', más allá de su valor histórico, ofrece una lección sobre cómo enfrentar esta interferencia. Su mensaje central fue la defensa de la soberanía, la denuncia de las alianzas entre el poder económico local y el extranjero, y la construcción de un relato político que apela a la dignidad nacional.
La Argentina de Milei se enfrenta hoy a un dilema similar al de 1946, aunque con un signo político inverso. En aquel entonces, el establishment político y económico se alineó con el intervencionismo de Braden para frenar un proyecto de justicia social y nacionalización de la economía que amenazaba sus privilegios. Hoy, el gobierno de Milei, que se presenta como una fuerza disruptiva que busca desmantelar el estado de bienestar, ha encontrado en la alianza con Estados Unidos no una amenaza, sino un pilar de su proyecto.
La ironía histórica es palpable. Mientras Braden intentaba detener el ascenso de un movimiento popular que prometía una mayor autonomía, Lamelas apoya a un gobierno que, en muchos aspectos, está implementando políticas que Washington siempre deseó ver en la región: desregulación, apertura financiera y un alineamiento geopolítico pleno con Occidente. Sin embargo, el precio de esta alineación, como se señaló en el Libro Azul y Blanco, puede ser la pérdida de la capacidad de decidir el propio destino.
El 'Libro Azul y Blanco' triunfó en 1946 porque supo articular un sentimiento profundo del pueblo argentino: el rechazo a ser gobernado desde el extranjero. Aquel eco de soberanía sigue vigente. Aunque los discursos y los actores hayan cambiado, la historia de Braden y Perón ofrece un espejo en el que la Argentina actual puede mirarse. La pregunta que resuena es si el gobierno de Milei y sus aliados han aprendido la lección de 1946, o si, por el contrario, están repitiendo la historia, aunque en esta ocasión, del otro lado del mostrador, bajo una apariencia de cambio que no es más que la confirmación de una dependencia que el Libro Azul y Blanco logró desnudar hace más de tres cuartos de siglo.
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