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Guy Sorman

Guy Sorman: Los déspotas electrónicos

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Meta, la empresa dirigida por Mark Zuckerberg y propietaria de Facebook e Instagram, ha llegado a un acuerdo para pagar hasta 18.000 millones de dólares durante los próximos 10 años. El acuerdo pone fin a las demandas presentadas por fiscales generales de varios Estados ... de EE.UU., que acusaban a la compañía de diseñar sus redes sociales para generar adicción entre niños y adolescentes y mantenerlos enganchados a sus plataformas mediante sus algoritmos. Meta, sin reconocer sus culpas, ha preferido pagar esta indemnización antes que enfrentarse a la Justicia, la cual le habría impuesto una multa de 200.000 millones. Estas cifras dan vértigo. Al parecer, 40.000 millones es una suma insignificante para Facebook e Instagram, que cuentan con 2.000 millones de usuarios. Junto con X, Facebook, Instagram y TikTok se han convertido en la principal fuente de información a nivel mundial para los menores de 30 años. De esta generación, de los 2.000 millones de usuarios, la mitad no tendría otras fuentes de información que las redes sociales. Esta estadística resulta aún más inquietante si se tiene en cuenta que al menos la mitad de la información difundida en estas redes es falsa, conspirativa y, a menudo, generada por inteligencia artificial. También se sabe que las noticias –falsas o no– más compartidas, difundidas por estas redes sociales, son las más extremistas, las que más despiertan las emociones y las que menos relación tienen con la compleja realidad. Lamentablemente, no se puede descartar que un mundo sumido en informaciones inexactas generadas por máquinas se transforme en una sociedad nunca antes vista, totalmente opuesta a la democracia liberal, que, por su parte, se basa en el debate, la contradicción, el espíritu crítico y la búsqueda de la verdad. Recordemos hasta qué punto las instituciones políticas están moldeadas por las tecnologías de la información. La democracia liberal, primero como idea y luego como realidad, surgió a finales del siglo XVIII, después de que la información y el debate se generalizaran gracias a la prensa escrita. La prensa condujo a la democracia, del mismo modo que, en los años veinte y treinta, la radio permitió a los aspirantes a dictadores hacerse con el poder en Italia y en Alemania. Por lo tanto, debemos preguntarnos: ¿hacia qué orden político nos conducen las redes sociales? No podemos eludir esta pregunta y la respuesta no es optimista. Y es que no se ve cómo la difusión de noticias falsas y la exaltación de los extremos podrían conducir a una sociedad más civilizada, ni más democrática. Muy al contrario, las propuestas más descabelladas son las que ocupan más espacio en los medios. Estos desvaríos electrónicos podrían favorecer a los partidos políticos que los representaran. Incluso cabe imaginar una desaparición de la democracia, sustituida por Estados automáticos, gestionados por IA, en manos de un número muy limitado de individuos exaltados del tipo de Elon Musk. De hecho, además de la histeria propagada por las redes, a diferencia de la prensa de antaño, estas redes están en manos de un número limitado de grandes magnates capitalistas: una media docena en Silicon Valley y el Estado chino controlan todas estas empresas, más o menos privadas, y la inteligencia artificial. El miedo es aún mayor cuando conocemos la visión del futuro tal y como la exponen personajes como Mark Zuckerberg, Peter Thiel, Sam Altman o Elon Musk. Con el apoyo de Donald Trump, eluden toda regulación y pagan muy pocos impuestos; Peter Thiel, principal financista de Silicon Valley, equipara toda regulación con el anticristo. Por lo tanto, no hay que dar ninguna importancia a sus fútiles compromisos de respetar la moral de la juventud o los principios de la democracia. Su ambición es –Musk, Thiel y Zuckerberg son muy claros al respecto–, crear un universo gestionado por la IA ubicado en Marte. Para estos nuevos monarcas, los centros de datos que salpican el planeta son las catedrales de los tiempos modernos. Desde allí se difunde su nueva religión, futurista, deshumanizada, estrictamente cuantificable, en la que los individuos no se guiarán por la moral, sino que ignorarán incluso lo que significa el espíritu crítico. Se me objetará que este análisis es pura ciencia ficción. Pero la ciencia ficción, las películas y los cómics que la representan, constituyen la principal fuente de inspiración de Zuckerberg y Musk: ellos mismos no lo ocultan. En cuanto a las redes sociales diseñadas en China, no tienen otro objetivo que destruir la civilización occidental e imponer el modelo despótico chino. Cabe señalar que las empresas con sede en Estados Unidos y en China resultan ser los únicos actores que cuentan en estos nuevos medios, junto con las técnicas que los alimentan. Europa brilla por su ausencia. Solo intenta compensar esta ausencia industrial con una normativa que limite los excesos de la IA y las redes sociales. Es como levantar un muro de papel contra un misil balístico. Es evidente que la regulación no basta. ¿Podría Europa lanzarse a la creación de nuevas redes sociales y de IA capaces de competir con China y Estados Unidos, basándose en principios más morales y democráticos? Esto sería posible mediante una movilización de toda Europa, pero no de ninguna de sus naciones en particular. Un acuerdo así parece lejano: faltan los medios, la cooperación es escasa y la percepción del peligro es insuficiente. Lo más probable es que veamos cómo los Estados miembros de la Unión Europea acogen centros de datos que facilitarán la penetración de las redes estadounidenses y chinas. Así es como las democracias cavan sus propias tumbas: lo que recuerda las palabras de Lenin sobre los capitalistas occidentales dispuestos a comerciar con la Unión Soviética. «Los capitalistas –decía– estarán dispuestos a vender la soga con la que los ahorcarán». Muchos empresarios europeos se parecen a esos capitalistas de los que se burlaba Lenin. También hay que tener en cuenta la penetración en la opinión pública europea de los métodos de espionaje de Estados Unidos y China, que destacan los beneficios de su IA y de sus redes sociales, ocultando los riesgos que conllevan. Por lo tanto, no se eliminará ni la existencia ni la amenaza que representan las nuevas monarquías electrónicas. Pero también cabe dudar de que la ciencia ficción sea el futuro de la humanidad. Si tuviera que apostar por el futuro, confiaría en el genio humano, que, tras las redes, inventará lo que sucederá a las redes sociales, del mismo modo que estas sucedieron a los medios de comunicación tradicionales. También me imagino que estas gigantescas empresas de IA se derrumbarán bajo su propio peso si su utilidad económica resulta insuficiente para saldar la montaña de deudas sobre la que se han construido. Al fin y al cabo, siempre ocurre lo inesperado y aporta respuestas que la inteligencia actual aún no permite concebir.
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