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Lucas Haurie

Lucas Haurie: Autobús sin nombre

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Un usuario de Tussam, anonadado por el declive imparable del servicio, recurría a Lewis Carroll y a su Bosque del Olvido para resaltar la importancia del nombre de las cosas a cuenta de la ocurrencia que envenena, caos circulatorio mediante, la vida del sevillano. «Dejemos ... de decir 'tranvibús' para dignificar como una cosa novedosa lo que no es más que una chapuza. Obligar a la gente a pudrirse a diario en atascos apocalípticos mientras ven pasar por un carril exclusivo a un autobús vacío supone un atentado contra la salud pública». En la moda de denominarlo todo con siglas, como aquel LE que venía desde Sevilla Este, mi indignado amigo proponía rebautizar el tranvibús como 'Línea BI', apócope de Basura Infecta. «Tampoco es pa' ponerse así», cantaría el Selu. Esta infraestructura ejemplifica la depravación de la política. Se acomete una obra «para gastar los fondos europeos», es decir, se trinca la pasta del contribuyente –da igual si es alemán, contribuyente es– para enriquecer a una concesionaria amiga... aunque sea a costa de joder a los administrados. Un pastiche entre el capitalismo golfante y esa redistribución de la riqueza sui generis que practican los marxistas más delictuosos. El debate del transporte público, convenientemente regado, proporciona variopintas ramificaciones. Los 'turismófobos', con su radar agudísimo para los complots, encontraron una improbable relación entre el recién fallecido criminal de guerra serbobosnio Ratko Mladic y las barreras quee los munícipes ponen a la comunicación entre el centro y los barrios. «Quieren que al Casco Antiguo no vayan los vecinos. Es una limpieza étnica. Alfombra roja para los guiris desde Santa Justa y que desaparezcan los sevillanos». La sintaxis es el espejo del alma y la tercera persona del plural –ese «quieren» de resonancias orwellianas– confiere a la teoría el tinte vodevilesco de los 'conspiranoicos', sí, pero algo de verdad hay en el asunto. Los liberales irredentos abominamos del transporte colectivo por ser las estabulaciones contrarias a la dignidad de las personas. «Esa gente con carita de menú», que describieron Los Compadres. Pertenecemos a un siglo en el que el coche particular era el mínimo aspiracional de todas las familias y la revolución tecnológica, siento decirlo, aún no ha proporcionado ninguna herramienta que simbolice mejor al individuo hecho a imagen y semejanza de Dios: un ser humano realizado es aquel que, por sus propios medios, se alimenta, se viste, tiene un techo y va a donde le da la gana. «Si el Estado renunciase a los impuestos al combustible y liberalizase el taxi, desaparecería el problema del transporte urbano», me escuché gritar extático, empapado en sudor... y con dicción pastosa.
Lucas Haurie: Autobús sin nombre
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