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Luis Herrero Goldáraz

¿Recuerdas tú la libertad?

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He leído en las páginas de El Mundo un par de líneas que resumen algo así como la historia de la humanidad. Esas líneas en realidad eran un gesto —el de un menor asentado en una chabola junto a las naves de El Tarajal—. Y en su forma de cruzarse de brazos ante la reportera y en la vehemencia con la que decía que él no quiere ir a un centro de acogida, que él lo que quiere 'es libertad', se concentraban todas las pulsiones a las que podemos reducir a nuestra especie: tan necesitada de saltar fronteras como de imponérselas. ¿Cuándo y cómo descubrirá, el pobre chaval, esa última parte imprescindible? Otra cuestión sería plantearse qué es la libertad para un marroquí. ¿Qué quieren decirnos, cuando nos dicen que lo que quieren es ser libres, personas que acaban de escapar de una dictadura, pero no de su bagaje cultural? Migrantes observan desde lejos las protestas de ciudadanos que impiden la llegada de alimentos. EFE/Reduan En esos brazos cruzados y en esa frase tan profundamente humana no es difícil percibir un choque. Algo parecido a lo que se percibe en los colonos que navegaban hacia la promesa americana imbuidos de las mismas ansias. Y un descubrimiento inevitable: el de quien cree llegar a tierra virgen sólo para construir allí su casa, es decir, su frontera, con las maderas de los barcos que ha traído de su hogar. Yo he leído dos líneas en las páginas de El Mundo y, ya lo ven, he pegado más tirabuzones cerebrales que un trapecista del Circo del Sol. Me he preguntado, para empezar, por qué esta Europa anciana puede parecerle a alguien una tierra adolescente y virgen. Y me he lanzado a elucubrar. Todavía no he resuelto si esa frase que he leído nace simplemente de la euforia de un muchacho que acaba de escapar de un lugar irrespirable o si entraña algo más profundo. Si es posible que décadas de exportarle al mundo una imagen de libertad sin consecuencias hayan hecho mella en él. Y si quienes vienen atraídos por la promesa de un futuro tan amplio como su apetito ven en nuestras sociedades la burbuja perfecta en la que comenzar a construir, libres de trabas, su ciudad particular. Tras desalojar y limpiar la playa del Trampolín de de Ceuta, varios migrantes vuelven a la zona instalando casetas de playa para evitar el calor y pasar la noche. EFE/Reduan He pensado en Habermas y Ratzinger, ya ven que lo mejor que pueden hacer en estos momentos es evitarme. Me he soltado una chapa que ni la de dos alemanes discutiendo sobre los fundamentos prepolíticos del Estado liberal y he terminado preguntándome si todavía recordamos por qué son necesarias nuestras fronteras y qué demonios pretendíamos proteger con ellas. Me he dicho en alto: ¿lo recordamos? Y he imaginado a ese chaval en el centro de acogida, todavía con los brazos cruzados, escuchando a un español que quizá no sabe explicarle que aquí ser libre también consiste en estar limitado por una moral compartida y por una cierta idea de civismo. ¿Cuál? Tal vez debamos resolver esa pregunta antes de seguir aleccionando al mundo con palabras como 'libertad' o 'derechos'. Conceptos tan profundos que bien podrían significarlo todo. Es decir, no significar absolutamente nada.
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