Para los que peinamos canas, la vuelta al cole lleva coderas de plástico y la exigencia de no olvidar ni la cartera ni los donuts. Lleva, en mi caso, viajes en un autobús Avia y pan de la tahona de Beteta. Después, la vida, como dijo Gil de Biedma, comenzó a ir en serio y aunque fantaseemos con llevar, al modo de una matrioshka, un niño en nuestro interior, la imagen no deja de ser un cómodo refugio. Un día estás escuchando a doña Mari hablándote del Éufrates y el Tigris y al día siguiente llevando a tus hijos a un colegio con una banderita británica en su fachada puesta por otra Gil de Biedma.
Pero, como dice el poema, ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma. La vuelta al cole ha cambiado mucho desde entonces, pero su cambio más crudo es el que ha experimentado en Ceuta después de lo ocurrido el pasado 31 de julio. Ahora, la preocupación por el consumo de pasteles azucarados -regresan a mi mente amenazantes tigretones y panteras rosas- y comida ultraprocesada ha dado paso a una amenaza mayor: la del invasor marroquí. La alerta más explícita la dio un súbdito del Comendador de los Creyentes. «No puedes soltar a tu hija en Ceuta, normal que la vayan a violar. Hay tanta gente aquí… los responsables de las chicas son sus padres», dijo el moro, o la persona mora, si nos queremos ajustar a la terminología políticamente correcta que, en cualquier caso, preferiría llamarlo persona migrante. Las palabras del marroquí expresan un thelos, un fatalismo del que, al parecer, es imposible escapar para muchos machos coranizados. La solución la dio él mismo: no «soltar» a las hijas.
Recientemente, el testimonio de una niña ceutí conmovió a la audiencia: «Quiero ir al colegio tranquila. No podemos ir. Estamos asustados. Muy asustados, muy mal estamos, muy mal», dijo mientras por sus mejillas, pintadas con los colores nacionales, rodaban lágrimas. Esa es la realidad de la vuelta al cole en Ceuta. A los 500 euros que en septiembre se calculan de gasto medio por escolar en España ha de sumarse la ansiedad con la que los alumnos caballas entrarán a las aulas. En la ciudad africana el peligro de la hiperglucemia no es nada en comparación con el pánico a sufrir un ataque, sexual en el caso de las niñas, por parte de individuos que sólo cabe calificar como bestias. En Ceuta, el gas pimienta se antepone al dónut, la carne de cerdo desaparece y la presencia familiar se verá acompañada por agentes y colocación de vallas. Una situación que ningún pedagogo aprobaría pero es la única que ofrece un Gobierno que tiene a su ejército montando campamentos para los invasores.
Lejos de ese drama familiar, el hombre que surgió del vaho ha lanzado una nueva campaña para intentar captar el voto joven que se resiste pese a la concesión de bonos y a la publicación de listas de canciones desde La Mareta. Mientras los colegiales temen al 16 de septiembre, fecha en la que tendrán que regresar a clase en condiciones tan adversas, P. S. hace guiños a la muchachada balbucenado «farmear aura» con la esperanza de atraer a los «NPC».
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