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Rafael Herrera Guillén

Rafael Herrera Guillén: Pensando en Ceuta y Alemania

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Voy en transporte público. Al trabajo. Escribo esto en el ordenador: comienzo de curso. Ésta es afirmación ambigua, quizás embustera, pero agradable al oído y ... al alma, como una de esas mentiras que salen de labios carnosos para endulzar en la noche la grisalla del día. Pero nada detiene el curso inexorable del tiempo. Queremos pensar que hubo un tiempo cero que ahora se activa con la mecánica precisa de los horarios, con la irrupción ferrosa de un tiempo tasado, como todo tiempo, en realidad. Estamos tasados. Lo sabemos. Echamos de menos la ficción del descanso, que ya se nos aparece tan lejano, milenario, porque el tiempo presente, que no descansa, se nos echa encima con la brutalidad de una bestia insaciable, que se alimenta de nuestras esperanzas. Desde antiguo, todas las civilizaciones humanas han tenido un doble sentido del tiempo: el tiempo normal y el tiempo excepcional, éste reservado, normalmente, a la divinidad. Y es que el ser humano necesita bajarse ficticiamente del mundo cada cierto tiempo, pues de otro modo existir se le hace insoportable. Es verdad que unos países necesitan bajarse más veces que otros, pero qué le vamos a hacer. Japoneses y estadounidenses son de aguantar más el trayecto del tiempo ordinario que, por ejemplo, el 'homo hispanicus', que es más de puentes, incluso acueductos, si las cosas de las calendas se dan. El ser humano necesita bajarse ficticiamente del mundo cada cierto tiempo, pues de otro modo existir se le hace insoportable El discreto lector pensará que todo esto que digo, que pudiera parecer una suerte de reflexión saturnina, no es sino algo ya perfectamente tipificado, es decir, algo médicamente diagnosticado como depresión post-vacacional. Será eso, no lo sé. Yo, que sé más bien poco o nada de psicología, lo dejaré estar. Lo cierto es que no me siento deprimido en absoluto. Gracias a los presupuestos generales del Estado traducidos en paga de verano, he podido descansar este verano y he regresado con energías. Pero eso no quita para que, ahora que ya estamos a pleno rendimiento, me plantee esta relación con el tiempo, que en el fondo termina en una suerte de trauma general septembrino. ¿Por qué? Porque nos damos cuenta de que el tiempo no ha parado, que estaba ahí esperándonos a la vuelta de la esquina, agazapado para mordernos con toda su saña. Ahora bien, ¿cuál es la saña? Lo político. Y ahora empieza la cosa. Aunque los pueblos todos se organicen el tiempo como antes dije: es decir, el tiempo ordinario y el festivo, sucede que hay una instancia de lo humano muy importante que solo funciona en una temporalidad, en el presente. Me refiero, ya lo habrá intuido el lector, a lo político. El poder no descansa jamás. Opera en todo tiempo, con absoluta indiferencia de pueblos e individuos. Y este verano de 2026 han ocurrido cosas de enorme gravedad que apuntan a un futuro muy, muy preocupante. En la antigua Grecia al parecer las guerras se interrumpían por las olimpíadas. Pero en la contemporaneidad las guerras se desarrollan sin posibilidad de parar hasta el final más desastroso, en escalada suicida. Ésta es lección del siglo XX. En el siglo XXI la guerra se juega en cuatro espacios: tierra, mar, aire, internet. Lo que ha pasado en Ceuta es de una gravedad enorme. El solo hecho de que haya sucedido debería llevarse a todo el Gobierno por delante. Pero no sucederá, según me han dicho mis amigos Enrique y Paco, que saben mucho de política. Lo que ha pasado en Alemania, atacada por Rusia, debería alarmar a todo el Continente. No he querido preguntar ni a Enrique ni a Paco por este asunto. Así que me arriesgo a pensar por mí mismo. No sé si me va a dar tiempo porque el autobús está llegando a su destino. Creo que España va mal. La economía bien, gracias (dicen), pero en Madrid la gente es cada vez más pobre y vive peor. Creo que Alemania es un país serio y por eso lleva ya un tiempo en un camino sin retorno hacia un serio rearme. Sinceramente, creo que lo peor que nos ha podido pasar como país es ganar la copa del mundo. Me bajo. ¿Del presente? No. Del autobús.
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