"Hoy nadie sale a ver las estrellas". La frase llegó a mí en la tarde del 1 de septiembre y, sinceramente, me removió por dentro. La vi en un post de Rubén Zurita, el.chiguito en Instagram. Un joven que habla de los pueblos no como una postal, sino como un legado y una responsabilidad compartida, y como el lugar donde pueden vivir los sueños de una generación desconcertada ante la magnitud de nuestros días y que, como diría un personaje de las viñetas de Flavita Banana, "es la primera vez que vive".
La imagen que aparece en el post de el.chiguito es la de una libreta en la que alguien ha escrito "1 de septiembre de 2019 a las 23:17. Hoy nadie sale a ver las estrellas". No había mucho más contexto, pero imaginé un pueblo cargado de vida en el benévolo mes de agosto que, como por arte de magia, se vaciaba injustamente el último día de mes. Como un reloj de arena imparable que acababa por arrasarlo todo.
Siempre he creído que irse es mucho más fácil que quedarse. Porque es sencillo vivir en las calles llenas del verano, respirar el ambiente de los que vienen, cargarse de su energía, de sus ganas de disfrutar, de compartir... Pero el invierno, además de frío, es hostil en la mayoría de nuestros pueblos. Cuántas lágrimas han caído. Cuánto echamos de menos a quienes se van hasta próximo aviso a continuar con sus vidas, mientras en las nuestras se llenan de sus ausencias.
Mismo escenario —un monte, una replaceta, una ermita— y ahora las estrellas solas, porque nadie sale ya a mirarlas. Peor: porque no hay nadie ya que pueda salir a verlas. ¿Habría 7 años después alguien viendo las estrellas en aquel lugar? Me gusta pensar que sí. Y que las nuevas generaciones, a menudo tan injustamente juzgadas, tienen en el fondo una sensibilidad especial para mirar hacia nuestros pueblos como un lugar de futuro posible, y no solo como un lugar de pasado certero.
Alicia Martín
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