Superado el ecuador de la temporada, Juan Ortega dejó atrás el sello de torero de culto para convertirse en indiscutible figura del toreo. Ya sé que el término está muy devaluado y que antaño sólo se consideraba figura a quien mandaba, quitaba y ponía a su antojo. Y ahora que estamos en resaca de Goyesca, prototipo de figura del toreo fue Antonio Ordóñez, que hacía que el planeta de Tauro girase a su alrededor mediante torear sólo con quien quería a la par que vetaba por un quítame allá esas pajas. Bueno, pues consideremos a Ortega figura según los parámetros de hogaño y viendo esa procesión a hombros de partidarios por las calles de Ronda hay que considerar que el sevillano ya no es un simple torero de culto al que seguían media docena de partidarios por toda la piel de toro. Partidarios fidelísimos con mi amigo Jesús a la cabeza del cortejo. Tras esta Goyesca, la dimensión de Juan Ortega se ha disparado, ayer no se cabía en el Real Sitio de Aranjuez y nadie duda de cómo le cambió el viento.
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