Creo que debería haber espacio para ejercer una reflexión serena sobre lo ocurrido en este mes de agosto en Ceuta, aunque es tremendamente difícil abstraerse de toda la tensión acumulada en las redes, los medios, las tertulias, los políticos y demás. No es una cuestión sencilla como casi ninguna de las que nos atenazan en estos tiempos. El tema es complejo y contempla muchas derivadas. Ciertamente, una vez más, los intereses en juego hacen que, en lugar de ofrecer luces al problema, los diferentes actores se enroquen en sus posiciones para hacer cuanto más daño mejor al adversario, quedando relegado a un plano secundario el interés de los directamente afectados por esta crisis: los ceutíes. Tengo la impresión de que el primer interés es debilitar lo más posible al gobierno. Por su parte, éste trata de eludir rápidamente las responsabilidades y errores o bien está atenazado por cuestiones superiores que ahora requieren silencio y discreción. Además de todo esto, se trata de incrementar el discurso de odio al inmigrante promovido por la ultraderecha, exaltar posiciones maximalistas que reafirmen las propias convicciones y, después, ya si sobra tiempo más adelante, mucho más adelante, analizar las razones del conflicto en la medida de lo posible, las soluciones legales y humanitarias al mismo y la reparación de todo o la mayor parte del daño causado a Ceuta. Eso sí, si antes cae el gobierno y las corrientes ultras globales se hacen también con el poder en España, pues tanto mejor.
Hemos oído estos días apelaciones al patriotismo, a la defensa con uñas y dientes de la integridad territorial de la patria, a la exaltación, en definitiva, del «ardor guerrero», y como cruz de la moneda, la actitud traidora de Sánchez, su gobierno, su debilidad, el sometimiento a Marruecos, etc. Todo ello desde los patriotas de pulsera y banderita que a la mínima recuerdan a Franco y al glorioso ejército español de otros tiempos. Conviene, a propósito, recordar brevemente algo de las guerras de nuestros bisabuelos. Nuestras tropas a lo largo del siglo XX tienen un historial en las guerras de África más que lamentable. El paradigma de ello fue el desastre de Annual de 1921, en el que quedó de manifiesto la inutilidad de unos mandos militares, salvo honrosas excepciones, que estaban más preocupados por sus negocios corruptos con los fondos del ejército y sus oscuras tramas con los kabileños que con la defensa de los intereses de la patria a la que debían servir. El celebrado desembarco de Alhucemas de 1925 no hubiese sido posible sin la ayuda de Francia que, como potencia colonial en la región, necesitaba de un control militar del Rif por parte de España. Por lo demás, aparte de ser el núcleo central del golpe de Estado de 1936 y de las primeras acciones de la guerra civil, ¿qué otros éxitos militares tuvieron nuestras tropas en esa región? Los cien mil soldados marroquíes traídos por Franco también conviene recordarlos. Sobre todo, por las víctimas que dejaron a su paso por la patria. Es bueno también rememorar la guerra de Ifni y su correspondiente derrota, y más recientemente, con los patriotas franquistas todavía al frente del Estado, la pérdida del Sáhara Occidental en modo poco honorable. O sea que así, a vuela pluma, podemos decir que todos aquellos que son el origen y sustento de los patriotas ultraderechistas de nuestros días, han protagonizado todas las derrotas que han jalonado nuestra desafortunada presencia en aquellas tierras. Pocas lecciones, pues, deberían dar a los que hoy califican de traidores. No creo que honestamente pueda decirse que los éxitos militares hayan adornado nuestra reciente historia en Marruecos. Lo de Perejil es una anécdota comparado con todo lo que han supuesto esos otros hechos bélicos.
Deberíamos ser menos prepotentes y más realistas en el manejo de nuestra historia y admitir que tenemos un vecino muy complicado, no demasiado leal y que cuenta y ha sabido contar siempre con poderosos aliados. Nuestra relación no es nada fácil, ni está precisamente acompañada de grandes gestas.
Los intereses, la realidad política e institucional del régimen alauí son muy diferentes a los nuestros y son manejados de forma piramidal y en función de las apetencias y las necesidades del rey y su corte. La gestión del común, por decirlo de modo suave, no es una prioridad para aquella monarquía, por lo que puede permitirse acciones o licencias que un régimen que defiende el valor de los derechos humanos y a su ciudadanía no tiene capacidad de ejecutar. Incluso utilizar a seres humanos como arma invasora es algo que ya han hecho reiteradamente. Ahora bien, apostillo, si lo que parece que estamos defendiendo ahora es la vuelta a las dictaduras y la ley del más fuerte, pues entonces eso es ya otra cuestión, pero debo recordar a quienes esto defienden que en este caso no somos el más fuerte, y Trump está con nuestro vecino.
No hay espacio para insistir en que el actual Estados Unidos, que defienden en gran medida nuestros ultraderechistas, tiene un empeño claro en debilitar por razones culturales, económicas y comerciales a la Unión Europea y utilizar todos los instrumentos a su alcance para ello, también apoyando a nuestros potenciales enemigos. Es más amigo de Rusia o Corea del Norte que de Europa y se fía más de modelos dictatoriales, cleptocráticos y débiles para utilizarlos como aliados que de democracias como Canadá o la UE. Ahora incluso cuestiona al Reino Unido por las Malvinas. Nada es casual.
Todo lo anteriormente expuesto no quita ni un ápice de crítica a la gestión que el gobierno de España ha hecho de esta crisis, aunque carecemos de datos de lo que esconde la zona gris. Sus argumentos públicos son débiles, contradictorios y poco efectivos. Que no era una acción fácil de gestionar es evidente, ni para este gobierno ni para otro en su lugar. Parece claro que Marruecos no ha tenido poco que ver en esta acción. La geopolítica endemoniada en que nos encontramos seguramente está condicionando muchísimo la actuación de nuestro gobierno, hasta el punto de que parece que están negando lo evidente con el ánimo, una vez más, de solventar esta grave crisis evitando condenar y tomar medidas contra nuestro desleal vecino, por razones de interés nacional que no sabemos. Todo son conjeturas, pero la invasión no tiene un solo agente protagonista: muchos son los beneficiarios. Estados Unidos cobrando facturas pendientes, ayudando a su socio preferente en la región, controlando en un futuro también el mar territorial que ahora pertenece a España por la vinculación con Ceuta. Israel, que desde hace tiempo cuenta en Marruecos con uno de sus más firmes defensores del mundo musulmán, consigue vengar afrentas contra Sánchez y debilitarlo en el tramo final de su mandato. Rusia, aunque aliada de Argelia, también gana en la partida porque contribuye a fragmentar de nuevo a la Unión Europea. Finalmente, toda la ultraderecha nacional y global, porque fortalece su discurso antiinmigración y sus soflamas racistas que tan buenos rendimientos electorales le están proporcionando. Un ejemplo de actuación desleal ha sido también el de Meloni, que con su medida absolutamente incongruente solo pretende ayudar a su amigo Abascal y, sobre todo, fortalecerse frente al candidato más ultraderechista en las próximas elecciones italianas.
Que el gobierno y nuestra diplomacia tenían y tienen una dificilísima papeleta es evidente, pero creo que en esta ocasión Sánchez y su gobierno no han estado aparentemente a la altura. Nos faltan claves, la transparencia no juega aquí su mejor baza, pero seguramente en esta ocasión con una actuación más contundente en los primeros momentos y con mayor claridad en las medidas a tomar en relación con Marruecos habrían sido necesarias. La UE no ha estado a la altura tampoco; sin su apoyo es difícil hacer frente a las estrategias del vecino y por Europa también corren las dádivas marroquíes. Desconozco si la actitud oscurantista con Marruecos responde al deseo de evitar una escalada de los conflictos pendientes, primando la diplomacia deep, o si hay otros intereses menos loables. En todo caso, creo que este ataque era y es muy difícil de gestionar. Ni este gobierno ni el próximo van a tener fácil el escenario con un Marruecos envalentonado, una Europa debilitada y unos intereses geopolíticos que están empujando en general al mundo a un conjunto de conflictos que no auguran nada bueno. Las reacciones airadas fortalecen las aspiraciones del enemigo y escalan el conflicto; la firmeza debe buscarse con otro tipo de acciones. Por ejemplo, es necesario replantear con firmeza unas nuevas relaciones con Marruecos, partiendo de la base de que no podemos seguir cediendo: no sirve para nada. Gritar, además, vale para los que buscan la confrontación, de la que obtienen réditos electorales y otros más ocultos.
Entre tanto, siempre recuerdo a los patriotas y a los que tanto chillan que a las guerras siempre van los hijos de los que no las inician. Las guerras las crean ellos, los muertos los ponemos nosotros.
*Catedrático de la Universidad de Córdoba
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