La PUCMM honra al Dr. Flavio Darío Espinal Hued al nombrar un aula en su honor. Este reconocimiento destaca su legado en la educación y la comunidad.
Para mí y para mi familia es un inmenso honor que esta moderna Aula Estrado en el campus de Santiago de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) lleve el nombre de nuestro padre, Dr. Flavio Darío Espinal Hued. Nos llena de orgullo volver a este campus universitario, donde cursamos nuestras carreras, en ocasión de este acto tan especial para nosotros.
Muchas gracias a la Fundación Madre y Maestra, a su Junta Directiva y a su presidenta, nuestra querida amiga Mercedes Carmen Capellán, por esta iniciativa. Gracias también a su equipo de trabajo, de manera particular el Lcdo. Eduardo Reynoso, director ejecutivo de la Fundación, cuyo padre, don Chago Reynoso, fue alumno y gran amigo de nuestro padre.
Nuestro agradecimiento al señor rector, reverendo padre Dr. Secilio Espinal, por apoyar esta iniciativa. Gracias por su presencia en este acto. Y gracias por la amistad y la confianza que me ha brindado desde que llegó a la rectoría, algo de lo cual mi padre y mi madre, Nuris Jacobo de Espinal, hubiesen estado muy orgullosos.
Muchas gracias a todas las personas de la comunidad universitaria que han tenido que ver con esta iniciativa, entre ellas a nuestro primo Edwin Espinal Hernández, destacado jurista, historiador y director de la Escuela de Derecho en el campus de Santiago.
En esta ocasión deseo recordar de manera muy especial a monseñor Agripino Núñez Collado, esa gran figura que jugó un papel de primer orden en la vida nacional desde los años sesenta hasta su muerte el 22 de enero de 2022. Mi padre y él trabajaron muy de cerca en el momento fundacional de la universidad y en los años subsiguientes. Uno de los grandes privilegios de mi vida ha sido haberme convertido en uno de sus más cercanos colaboradores, tal como él dice en sus memorias, así como haber contado con su amistad y su confianza. Estoy seguro de que él estaría muy contento en este evento.
La vieja guardia universitaria sabe del involucramiento de mi padre en el proceso de creación la Universidad Católica Madre y Maestra (UCMM), la cual recibió su nombre por la Encíclica Mater e Magistra que el papa Juan XXIII adoptó el 15 de mayo de 1961. La universidad se convirtió en Pontificia el 9 de septiembre de 1987, precisamente en el semestre que yo comencé a dar clase en el Recinto Santo Tomás de Aquino, hoy campus de Santo Domingo.
Mi padre era amigo y colaborador profesional de monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, obispo de Santiago. Junto a mi madre, era también parte del Movimiento Familiar Cristiano. De modo que, cuando monseñor Polanco Brito comenzó a pensar en la posibilidad de crear una universidad católica convocó a mi padre, junto a don Alejandro Grullón, don Luís Crouch, don Víctor Espaillat, don Simón Zouaín y el padre Agripino Núñez Collado para formar un comité de apoyo a esa iniciativa. Quienes fueron testigos de esas primeras conversaciones cuentan que estaba el dilema de si crear la universidad en Santo Domingo o en Santiago, pero, siendo monseñor Polanco Brito obispo de Santiago, éste se inclinó para crearla en nuestra ciudad corazón, para lo cual recibió el apoyo de la Conferencia del Episcopado Dominicano.
Esa fue una decisión visionaria. Hay que imaginarse la precariedad social e institucional de Santiago en aquella época inmediatamente después de la caída de Trujillo para valorar la decisión de monseñor Polanco de crear una universidad en esta ciudad. Por demás, el país atravesaba por un difícil proceso de transición de la dictadura a la democracia, la cual fue truncada por el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963. Esos años estuvieron marcados por la guerrilla de Manolo Taváres Justo, el estallido de una guerra civil y la posterior intervención militar norteamericana. Fueron años difíciles. De modo que, desde la perspectiva que da el tiempo, se puede valorar en su justa dimensión la decisión que tomó monseñor Polanco Brito de crear esta universidad en Santiago en esos años convulsos de nuestra historia.
En esa época hubo un despertar institucional en Santiago. Se crearon la Asociación para el Desarrollo, el Banco Popular y el Instituto Superior de Agricultura (ISA), entre otras instituciones. En Santiago se forjó un liderazgo que abarcó los ámbitos universitario, empresarial y social cuyas contribuciones tienen efectos hasta el presente y se proyectan hacia el futuro.
Recientemente, la universidad le otorgó un doctorado honoris causa al Dr. Abraham Lowenthal, gran pensador sobre América Latina y las relaciones interamericanas, quien, en 1962, vino a Santiago, recién graduado de la Universidad de Harvard, a colaborar con la Asociación para el Desarrollo en un proyecto con la Fundación Ford. Esto le permitió hacer amistad con el joven sacerdote Agripino Núñez Collado en quien vio el potencial que tenía para ejercer un gran liderazgo, como en efecto sucedió. He conversado muchas veces con el profesor Lowenthal sobre su experiencia en Santiago en esa época.
El anuncio de la creación de la universidad se hizo el 9 de septiembre de 1962 en el Seminario Menor San Pío X, Licey al Medio. En la foto que se le toma a monseñor Polanco Brito al momento de pronunciar sus palabras se encuentra mi padre justo detrás de él. El primer rector fue precisamente monseñor Polanco, mientras que el vicerrector académico fue el padre Agripino. Más adelante fueron rectores monseñor Juan Félix Pepén (1966-1968) y monseñor Roque Adames (1968-1970).
Las tres primeras carreras que se crearon fueron Filosofía, Educación y Derecho. Mi padre fue designado primer decano de la Facultad de Derecho. Él se había graduado de la entonces Universidad de Santo Domingo, hoy Universidad Autónoma, en 1949. Tras su graduación regresó a Santiago y comenzó su vida profesional como juez de Paz de la segunda circunscripción. En 1954 pasó a ser juez de Instrucción de la segunda circunscripción, en cuya condición le correspondió instruir el proceso del renombrado caso del asalto al Royal Bank of Canada. En 1957 se retiró de la judicatura y comenzó a ejercer su profesión en la oficina de don Lilo Veras. Veintitrés años después yo también comencé mi ejercicio profesional en la oficina de don Lilo, tutelado por mi profesor y gran amigo Luís Veras Lozano, a quien recuerdo y honro en esta oportunidad.
Como primer decano de Derecho, a mi padre le correspondió estructurar su plan de estudios y convocar a los primeros profesores, entre los cuales estaban Miguel Olavarrieta, Lilo Veras, Artagnan Pérez Méndez, Salvador Jorge Blanco, Vanessa Vega de Bonnelly, el padre Richard Bencosme, Nicomedes de León, Federico Carlos Álvarez, Joaquín Álvarez, entre otros.
La universidad comenzó a laborar en una casona en la calle Máximo Gómez y luego pasó a funcionar en el Politécnico Nuestra Señora de las Mercedes. No obstante, desde 1963 el padre Agripino comenzó a visualizar una universidad con un campus al estilo norteamericano, en las afueras de la ciudad, por lo que empezó a gestionar la adquisición de los terrenos donde se encuentra el campus principal de la universidad.
Este campus se inauguró el 26 de enero de 1967. Tres años después el padre Agripino asumió la rectoría de la universidad hasta su retiro en 2015. Mi padre pasó al campus todavía como decano y fue testigo del desarrollo de esta infraestructura de clase mundial, el más bello campus universitario del país.
Concebir y proyectar lo que sería este campus fue expresión de una visión y un liderazgo excepcional de parte del padre Agripino. Aunque salió de un pequeñito pueblo de la sierra, con una identidad campesina que nunca perdió, tuvo la confianza en sí mismo para tocar puertas en el país y en el extranjero y de esa manera lograr los recursos que hicieron posible esta maravilla de campus, el cual es orgullo de Santiago y del país.
En 1971, cuando ciertos sectores del profesorado y del estudiantado cuestionaron el modelo de gobierno universitario que fomentó el padre Agripino, mi padre estuvo a su lado defendiendo su postura. En muchas ocasiones monseñor Núñez me mencionó ese acontecimiento con un gran sentimiento de gratitud. El tiempo le dio la razón a monseñor Agripino, aunque muchos, incluyendo este servidor, no lo entendimos en ese momento.
Como nota personal deseo mencionar que cuando comencé mis estudios universitarios en 1975 hacía un año que mi padre se había retirado de la universidad debido a otros compromisos profesionales, así que no pude tenerlo como profesor. No obstante, muchos de mis profesores habían sido sus estudiantes, quienes viajaron a Francia y otros países europeos a hacer sus maestrías y doctorados con el apoyo de la universidad. Entre esos exestudiantes de mi padre que fueron mis profesores recuerdo a mi mentor Ramón García Gómez, Milton Ray Guevara, Luís Veras Lozano, Mercedes María Estrella, Olga Veras, José María Hernández, Freddy Villamil, Rosina de la Cruz, Eduardo Trueba, Semíramis Olivo, Víctor José Castellanos, Vinicio Martín Cuello, Juan Guillermo Franco, entre otros. Con frecuencia me hacían anécdotas sobre mi padre, a quien se referían con gran respeto y admiración, lo que era para mí motivo de orgullo.
Que esta Aula Estrado lleve su nombre tiene un enorme significado para mi familia. Este es un espacio que servirá no sólo a los estudiantes en sus prácticas jurídicas y competencias, sino a la comunidad jurídica en general pues podrá ser utilizado para arbitraje y otras actividades profesionales. Estoy seguro de que este espacio rendirá grandes frutos.
Esta es una gran contribución de la Fundación Madre y Maestra, con el liderazgo de Mercedes Carmen Capellán y demás miembros de su Junta Directiva. Es un espacio que, con toda la moderna tecnología, será de gran ayuda para el estudiantado y para la comunidad jurídica de Santiago.
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