DICEN LOS VIEJOS en la frontera que para que llueva en Nuevo Laredo no hace falta bailarle a Tláloc ni revisar el radar del clima, basta con que se instale la Feria. Es un mito urbano que se transmite entre pláticas de café y carne asada: llega septiembre, se encienden las luces de los juegos mecánicos y, casi por decreto celestial, el cielo se nubla y suelta sus primeras gotas. Este año no fue la excepción. Aunque fueron precipitaciones aisladas y muy ligeras, la tradición no escrita volvió a cumplirse a cabalidad en el día de la inauguración.
MÁS ALLÁ DE LA SUPERSTICIÓN popular, si nos echamos un clavado a los números fríos de la Comisión Internacional de Límites y Aguas (CILA), la leyenda cobra un sentido matemático inapelable. La 'maldición' o 'bendición' de la feria no es casualidad; es pura climatología norteña.
LOS DATOS HISTÓRICOS del organismo internacional revelan que el promedio histórico anual de lluvias en la ciudad ronda los 508 a 513 milímetros. Sin embargo, septiembre se cuece aparte. De acuerdo con el registro histórico de 1950 a 2023, septiembre es, con holgura, el mes más copioso del año para Nuevo Laredo, registrando una media histórica de 90 milímetros. Si tomamos el periodo más reciente (de 1995 a 2023), la cifra se dispara hasta los 110 milímetros promedio. Para darnos una idea de lo que esto significa: prácticamente más del 20% de toda el agua que le cae a la ciudad en doce meses, cae en este solo mes.
HAY AÑOS en que la estadística se vuelve casi increíble. Imposible no recordar aquel septiembre de 2018 cuando el cielo prácticamente se cayó sobre la ciudad registrando un récord histórico de 381 milímetros de agua, o el 2017 con sus 312 milímetros, y el 2006 con 306 milímetros. En esos años, la Feria no solo trajo lluvia; trajo historia.
POR ESO, cuando la gente ve los tráileres de los expositores llegar a los terrenos de la feria, la frase es inevitable: 'Ya va a ceder el calor'. Tras pasar julio y agosto bajo el fuego lento de la canícula, el agua de septiembre —por muy ligera que sea— representa el primer respiro del año. La lluvia de la feria es el aviso formal de que el verano empieza a doblar las manos y que las noches frescas no tardan en llegar.
PODRÁN EXISTIR EXCEPCIONES -muy contadas en la historia de la ciudad-, pero la estadística no miente. La feria de Nuevo Laredo es, estadísticamente, el parteaguas del clima local. Así que, si le toca mojarse en los carritos chocones o caminar entre los charcos buscando un antojito, no reniegue: alégrese. Es la señal de que el agua llegó a la frontera y de que el calor, por fin, va de salida.
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