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Mario Saavedra

Si Ceuta es guerra híbrida, la estamos perdiendo

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La crisis migratoria de Ceuta ha dado paso a todo un festival de opiniones, en su mayoría sin base factual, sobre la posible autoría de los hechos. Unos acusan a Marruecos, otros a Israel y a Estados Unidos; también sale la internacional de ultraderecha. Las declaraciones de políticos, medios y ciudadanos de a pie son contundentes, sin resquicio alguno a la duda. Casi nunca se aportan indicios. Es evidente, dicen. O llueve o no llueve. Gabriel Rufián sostuvo el jueves en el Congreso que todo ha estado orquestado por Marruecos, Israel y Estados Unidos, y llamó "pusilánime" a Sánchez por no verlo. Alberto Núñez Feijóo dijo que Pedro Sánchez lo sabía todo y no actuó porque Rabat le tiene chantajeado con secretos obtenidos de su móvil a través del software espía Pegasus. Lo de Sánchez es más grave aún, porque él es el jefe del Ejecutivo, con acceso a los servicios de inteligencia, donde trabajan hasta 8.000 agentes. El presidente nos pide que ignoremos lo que ven nuestros ojos. Pasó de puntillas por el informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras (CENIF), en el que se contrastan vídeos y fotos que muestran a presuntos agentes marroquíes guiando a la multitud con centenares de testimonios de inmigrantes llegados a Ceuta, y con los mensajes de las redes de desinformación en Internet. Solucionar el carajal de Ceuta exige algo de humildad intelectual por parte de todos. Cualquier escalada con Rabat, por necesaria que sea para reequilibrar una relación asimétrica, va a tener un precio. Como apuntó Sánchez ayer en una comparación que pone los pelos de punta, no se puede ir a la guerra sobre bases falsas, dijo en alusión a la guerra de Irak y a las inexistentes armas de destrucción masiva. Marruecos es probablemente el mayor riesgo de seguridad al que se enfrenta España en el medio y largo plazo. Eso no significa que sea un enemigo per se, pero sí que es el único país con el que realmente tenemos disputas serias por resolver, quizá junto a Reino Unido por Gibraltar. Los últimos conflictos armados que ha librado España (más allá de las misiones internacionales) han sido contra el vecino del sur: el incidente de la isla de Perejil (2002), que requirió de la mediación de Estados Unidos para evitar una escalada mayor; la guerra de Ifni-Sáhara (1957-1958) y la guerra del Rif (1911-1927), que incluyó la herida nacional del llamado "desastre de Annual". Rabat no oculta que quiere tomar Ceuta y Melilla, y así lo han manifestado tres de sus ministros en las últimas semanas. Tiene como aliados a Estados Unidos e Israel, así que pensar que el paraguas de la OTAN nos protegerá sin más es algo imprudente, especialmente en esta era dominada por la arbitrariedad internacional de Donald Trump. Si, como es probable (pero en absoluto está confirmado aún), todo ha sido una suerte de ataque de "guerra híbrida" organizada por Rabat o por agentes dentro de su Estado (por ejemplo, los servicios secretos) para debilitar a la democracia española, tenemos que admitir que en parte lo han conseguido. Si trataban de probar hasta dónde llegaba la unión dentro de España y la Unión Europea ante una presunta "Marcha Azul" de conquista de las ciudades españolas (una entrada por mar, en lugar de la Marcha Verde a pie sobre el Sáhara, en el término acuñado por Enrique Múgica en 1981), habrán visto que el enemigo no es tan sólido como parece. Lo mismo aplica a los agentes de desinformación de Rusia, Estados Unidos e Israel, que chapotean en el lodazal español. Todos han tomado buena nota del espectáculo político y de la tensión en las calles, que ha incluido acoso violento a periodistas y grupos ultra haciendo el saludo nazi frente al Congreso. Un cierto nivel de discordia política es comprensible y necesario en una democracia. Pero en asuntos de esta gravedad, el sentido de Estado debería primar. Era el momento ideal para que el jefe del Gobierno llamara al de la oposición y establecieran unos límites razonables en la disputa. Amenazar al actual presidente con la cárcel, como hizo ayer Feijóo, es una irresponsabilidad, además de una victoria para el agente que haya ejecutado, presuntamente, este ataque. Lo mismo puede decirse del enfrentamiento entre el responsable de Interior y la de Defensa sobre la existencia o no de avisos del asalto en masa de al menos 72.000 personas los días 30 y 31 de julio. Y qué decir de la unidad dentro de la Unión Europea. Ha durado un milisegundo. Italia lanzó una represalia política yerma e injusta contra España, y España bajó al barro a responder. La presidenta de la Comisión Europea ha estado sospechosamente ausente de todo este asunto. Fuente: El Periódico
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