En un ambiente sobrecargado de ansiedad, las concentraciones ciudadanas sirven de espita de alivio unas veces de manera alegre y positiva (deportivas, festivas...) y otras ... combativa o incluso histérica. Manifestaciones que de algún modo funcionan como el canario en la mina al advertirnos de que la psique colectiva está bajo presión creciente.
Lamentablemente, quienes tendrían la responsabilidad de encauzar inquietudes y malestares no siempre se afanan, sino que intentan sacar tajada para su renta y beneficio con las miasmas de una sociedad aquejada. Actitud temeraria dado que el fango que con su ayuda se está acumulando tal vez acabe arrastrándoles también a ellos.
Pero «argentinos, ¡a las cosas!», que diría Ortega. Bien que inflamadamente se proclame la 'innegociable españolidad' de los dos enclaves africanos, es sabido que el conflicto no tiene una solución exclusivista. En 1979, el entonces rey Juan Carlos planteó a Estados Unidos la cesión de Melilla a Marruecos y la concesión a Ceuta de un estatuto internacional similar al que tuvo Tánger. Cuatro años más tarde, en plenas negociaciones para el ingreso en la Comunidad Europea, el mismo monarca comunicó al embajador británico que España carecía de interés por Gibraltar a corto plazo ya que su devolución «reactivaría inmediatamente la reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla». Por lo tanto, la machacona cantinela de 'Gibraltar español' no pasaba de mera gesticulación para consumo interno.
Si ya entonces estaba subrepticiamente asumido el destino vinculante entre ambas orillas del Estrecho, en el día de la fecha tenemos a la vista al sur los efectos de la desaparición al norte del llamado 'último muro de Europa continental', la Verja. Relación completamente ignorada por el emérito quien, en una nueva exhibición de cinismo, ha filtrado su «enfado» por la ausencia de una posición de «firmeza» en defensa del territorio que él mismo puso en almoneda a comienzos de su reinado sabedor de que la soberanía sobre las dos plazas a la larga resultaría insostenible.
En esta cuestión casi todo el arco, desde la extrema derecha a la izquierda gobernante pasando por la jefatura del Estado, se comporta como ante un 'puente de asnos', expresión de origen latino usada en el ámbito pedagógico que designa el bloqueo mental que afecta al alumno en la comprensión de un problema de resolución evidente. Atascados, pues, al pie del Estrecho, 'pons asinorum' de la política española. Mientras, el país es un guirigay de rebuznos racistas.
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