En 1794, el escritor francés, Xavier de Maistre fue condenado a permanecer cuarenta y dos días encerrado en una habitación después de un duelo. En vez de lamentarse, decidió viajar.
Sin salir de ella.
Así nació Viaje alrededor de mi habitación, una pequeña parodia de los grandes libros de viajes de su tiempo. De Maistre describe su cama, su escritorio, sus cuadros y sus pocos metros cuadrados con la solemnidad de quien atraviesa los Alpes o descubre una ciudad lejana.
Dos siglos después, la broma funciona incluso mejor.
Porque ahora parece que hay que viajar.
No simplemente porque apetezca. Hay que hacerlo como parte de una vida bien administrada. Llegan las vacaciones y aparece la pregunta inevitable: «¿Dónde vais este año?». Responder «a ningún sitio» suena casi a avería personal.
Quedarse en casa necesita justificación.
Viajar, no.
Y no basta con llegar. Hay que cumplir el programa.
Primero el vuelo a una hora absurda. Después la cola del control de seguridad, la cola para embarcar, la cola del taxi, la cola del museo y, finalmente, la cola definitiva: cuarenta minutos esperando una mesa en un restaurante que alguien ha visto en Instagram.
Cuando por fin llega el plato, nadie toca nada.
Antes está la foto.
La prueba.
El pequeño trofeo que certifica que efectivamente hemos estado allí.
Después podremos comer.
Xavier de Maistre probablemente habría disfrutado bastante observando la escena.
Su libro se burlaba precisamente de cierta solemnidad del viajero. No del viaje, sino de la épica que construimos alrededor de él. Él recorrió una habitación como otros recorrían continentes y descubrió algo bastante incómodo: la distancia recorrida y la experiencia vivida no son necesariamente la misma cosa.
Hoy hemos perfeccionado el problema: podemos volar miles de kilómetros para hacer exactamente lo mismo que hacen miles de personas que han volado miles de kilómetros hasta el mismo lugar. Localizar el mirador recomendado, encontrar el restaurante imprescindible, fotografiar el edificio obligatorio y publicar la correspondiente prueba documental.
No es turismo. A veces parece una inspección técnica.
Hay incluso una cierta ansiedad por aprovecharlo todo. Ya que hemos venido hasta aquí, hay que verlo. Todo. Aunque estemos cansados, aunque llueva, aunque haya una cola de dos horas y aunque el único deseo verdadero sea sentarse en cualquier sitio.
Descansar ya lo haremos al volver de vacaciones.
Quizá por eso Viaje alrededor de mi habitación resulta hoy tan divertido. De Maistre convierte unos pocos metros cuadrados en territorio suficiente porque entiende que viajar depende también de la atención. Mira un cuadro, recuerda una historia, observa un mueble, se distrae, piensa.
No necesita facturar una maleta. Tampoco reservar con tres meses de antelación, ni encontrar ese restaurante secreto que conocen otras cuatrocientas personas y delante del cual están haciendo cola.
Tal vez hemos convertido el viaje, una de las mejores formas de romper la rutina, en otra rutina más.
Hay que ir. Hay que ver. Hay que probar. Hay que fotografiar.
Y después hay que volver agotado.
Xavier de Maistre necesitó un arresto domiciliario para descubrir que también se podía viajar alrededor de una habitación.
Dos siglos después, seguimos sin aprender algo muy sencillo: lo bien que se está en casa.
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