Esta semana se realizó el quinto encuentro regional del Foro Madrid, con delegaciones de veinticinco países y con Vox, la Heritage Foundation, el Hudson Institute y Fidesz sentados en el mismo salón. El presidente de Argentina, Javier Milei, abrió el encuentro llamando a dar la batalla cultural, acusando a la izquierda de haber colonizado las instituciones una por una, culpándola del estallido social y pidiendo extirpar lo que describió como el 'cáncer' de la izquierda.
Lo interesante, sin embargo, no es ni el tono ni el blanco de Milei, que se ha hecho famoso en el mundo entero por su estilo, sino el contraste con Kast, que a pesar de ser de derecha también, mostró una distancia notable.
Kast, que partió defendiendo su asistencia como uno de los fundadores del foro, dijo que a él los chilenos no lo eligieron para derrotar a la izquierda, sino para hacerse cargo de la delincuencia, la pobreza, la corrupción y el desempleo.
La diferencia entre ambos se explica en parte por el carácter, uno estridente y el otro parco. Pero es también mucho más que eso. Milei es un outsider que llegó desde el comentario televisivo, que se autodefine como anarcocapitalista de la escuela austríaca, y que armó un partido a su medida. Kast, en cambio, viene de las juventudes de la UDI, ampliamente concebido como un conservador purista que pone énfasis en el orden y la disciplina.
Ahora bien, nada de esto tampoco explica por qué Milei le puso tanto énfasis en la batalla cultural y Kast no, siendo que en Chile la izquierda rupturista ha sido mucho más exitosa que en Argentina.
Uno podría pensar que la razón tiene que ver con que en Chile ese sector ya está muerto y enterrado.
Pero, ¿es así?
En parte, parece ser correcto. Ciertamente se puede interpretar el 4 de septiembre de 2022 en que el Rechazo obtuvo 62% con una participación de 86% del electorado como una estocada a las ideas radicales de la izquierda. También se puede argumentar que lo mismo pasó en diciembre de 2023, cuando el mismo sector que había hecho del reemplazo constitucional una condición de existencia terminó pidiendo conservar la Constitución de Pinochet. Y, finalmente, se puede ver lo mismo en 2025, cuando el número más grande de chilenos que jamás ha votado, votó en contra de la continuidad de Boric y del comunismo.
Pero los chilenos no solo votaron en contra de la izquierda, de su modelo y de su visión de sociedad, sino que también votaron a favor de la gestión que proponía el propio Kast, a pesar de proponerlo sin la épica narrativa de la izquierda. Cuando en 2025 los chilenos eligieron a la derecha con 58% para hacerse cargo de la delincuencia, el empleo y el crecimiento, votaron al mismo tiempo en contra de cualquier continuidad refundacional.
Por lo mismo, cuando Kast dice que no lo eligieron para derrotar a la izquierda, no está siendo modesto, está interpretando de forma correcta su mandato.
¿Quiere decir eso que la izquierda dejó de ser un problema en los términos que plantea Milei?
No, y conviene no confundir una cosa con la otra. Que un sector pierda sus ideas no lo deja sin herramientas. Pues aunque la izquierda ya no tenga tracción en el terreno de las ideas, le quedan al menos tres frentes desde donde operar, la vocería pública, el trámite legislativo y la discusión intelectual.
En la vocería el trabajo lo hacen las mismas figuras que perdieron. Jara, que en marzo acusó al gobierno de buscar dinamitar la institucionalidad, y que esta semana le respondió a Kast que dejara de descartarse con ella y fuera a hacer su pega, sigue siendo la voz más audible del sector a pesar de haber obtenido 27% en primera vuelta, once puntos menos que el 38% que había sacado el Apruebo tres años antes, y la votación más baja de la izquierda en casi un siglo. Vallejo, ya como exministra, advierte sobre un avance ultraconservador y sobre retrocesos en materia de género, siendo que ellos como gobierno quedaron cortos de hacer cualquier tipo de cambio en la materia a pesar de haber estado cuatro años.
El rol en el Congreso es más obvio, pero también más eficaz. Es el tsunami de indicaciones para trabar la megarreforma solo para dilatar el trámite, es el requerimiento al Tribunal Constitucional a pesar de estar en contra de la institución, y es el disciplinamiento interno que se le hace a quienes se atreven a negociar con el oficialismo.
Y allí está el asunto. La izquierda que parece muerta y enterrada por sus ideas sigue empujando desde la tumba, lista para ser resucitada. El octubrismo que nació en el estallido social, y que siempre estuvo en el espíritu del gobierno, sigue inventando mecanismos para resistir.
Quizás lo más eficaz, sin embargo, no ha estado ni en las vocerías ni en las tácticas legislativas, sino que en la discusión intelectual … por sobre todas las cosas.
Ante el obvio fracaso y poca tracción que tuvo cuando trató de vincular al gobierno con la dictadura o con el autoritarismo, ha decidido ahora recurrir al concepto de iliberal. El concepto, que en su uso actual surge asociado a un debate legítimo sobre el carácter de una reforma legal, se ha estirado por la izquierda para definir la totalidad del gobierno, cuando probablemente ni aquellos que propusieron su primer uso estarían de acuerdo con eso, pues es obvio que un gobierno completamente liberal y democrático puede caer en trampas iliberales.
Pero, claro, es más fácil y atractivo denunciar iliberalismo en su totalidad.
Así, Milei tiene razón en que la izquierda sigue siendo peligrosa, pero se equivoca en el mecanismo. Su advertencia apunta a un estallido social 2.0, a la calle, a la insurrección refundacional, y esa amenaza en Chile está efectivamente enterrada, porque el país la rechazó tres veces seguidas. Lo que sigue vivo es otra cosa, más sutil y menos visible, que no necesita quemar capillas para funcionar.
Es que haberlo perdido todo el 4 de septiembre terminó dejando al sector sin nada que perder. Hoy puede tergiversar, estorbar en el Congreso y abusar de conceptos como autoritarismo o iliberalismo sin ninguna esperanza de imponerse ante la gente, porque su objetivo ya no es ganar, es impedir que gane el otro.
Kast hace bien en concentrarse en la delincuencia, el empleo y el crecimiento, que es exactamente lo que le pidieron. Pero haría mal en confundir a un adversario derrotado con un adversario retirado. No necesita justificar sus ideas, porque ya ganaron. Lo que no puede ignorar es que al frente hay un sector que ha demostrado una y otra vez estar dispuesto a destruirlo todo, incluso cuando no tiene nada que ganar.
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