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Fran Extremera

Jugar al fútbol en La Maroma

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Transitaba el otro día esta Vuelta a España tan andaluza por Fornes o Jayena, localidades granadinas desde las que poder ascender hasta algunas de las cotas más altas de la provincia de Málaga. Así pudieron admirarse a vista de pájaro, como cuando tomas el avión con destino a tierras levantinas, pero esta vez por televisión, esos paisajes únicos que conforman el Parque Natural de las Sierras Tejeda, Almijara y Alhama. El macizo principal a más de 2.000 metros de altitud está liderado por esa cima que en la Axarquía es conocida como La Maroma. Y cuesta imaginar que, en una planicie que por San Sebastián, cada mes de enero, es raro que no tenga una abundante capa de nieve, a alguien se le ocurriera construir un campo de fútbol, con porterías y césped a prueba de todo tipo de avatares meteorológicos. Pero incluso a tan elevada altitud, por mucho que parezca mentira, sí que existe en Europa un estadio con las medidas reglamentarias. Esta pasada primavera supe de su existencia poco después de aterrizar en Zúrich, el corazón económico de Suiza. El balompié es tan global que se abre camino hasta desprenderse de obstáculos geográficos o derivados de las infraestructuras de acceso. Hay campos de fútbol a menos de una hora de la capital costasoleña con recintos que han requerido de importantes detonaciones, con las que romper la roca caliza y ganar así los metros necesarios de superficie llana. En tierras suizas, concretamente en una reducida aldea situada en el cantón de Valais, a 2.012 metros de altitud sobre el nivel del mar se localiza el recinto futbolístico más elevado del continente. El denominado Ottmar Hitzfeld encuentra su principal dificultad en que no tiene acceso por carretera. Jugadores, colegiados y los pocos aficionados que se congregan en sus instalaciones deben ascender en teleférico. Y resulta más que singular su estampa panorámica, puesto que la falta de espacio horizontal en la ladera de la montaña obliga a que el terreno dotado de césped artificial sea ligeramente inclinado. El club que ejerce de local en tan singular escenario, que responde al nombre de FC Gspon, reconoce que en su presupuesto anual figura como uno de los principales capítulos la adquisición de balones. ¿Quién sabe cuántos balones llevan perdidos, barranco abajo, desde que se construyó el campo? Es lo mismo que se preguntan en numerosos pueblos del interior de la provincia malagueña, de esos que también poseen sus estadios en mitad de la montaña. Justo en en el corazón de un macizo calizo de esos muchos que han tenido que ser esculpidos a este lado del Mediterráneo localizamos otro recinto futbolístico considerado como joya arquitectónica. También en un entorno medioambiental único debemos viajar hasta el interior de la Dalmacia, en la pequeña localidad croata de Imotsi. El campo se encuentra al borde de una imponente formación geológica y a los pies de la fortaleza medieval de Topana. Hubo que rellenar por completo el valle con rocas y tierra, hasta consolidar una superficie plana de más de 7.000 metros cuadrados, antes de excavar sobre la roca desnuda las gradas en las que se instalan los aficionados cada vez que hay partido. Y no menos apasionante resulta contemplar la caída de unos 43 metros de altura, cada vez que el balón sale del recinto, existente sobre el hipnótico Lago Azul. Es decir, que aquí hay que tomar cualquier embarcación flotante si es que queremos rescatar el esférico extraviado. Pero si nos proponemos perder la cabeza definitivamente a la caza del campo de fútbol más peculiar del mundo tenemos que salir del suelo continental. Si cruzamos el Atlántico a la inhóspita Groenlandia y, en la costa occidental de este territorio danés, damos el salto a una isla volcánica de playas de arena negra y rocas basálticas, encontraremos el terreno de juego de Qeqertarsuaq. Rompe todos los desafíos humanos posibles, porque se halla a muy pocos metros del agua helada. Los jugadores disputan los 90 minutos entre inmensos icebergs que flotan a la deriva por la bahía de Disko. Y detrás de esta infraestructura encontramos la mano de un magnate local, que ayudado por la prosperidad de la industria pesquera local, lo construyó con césped artificial como hogar del club G-44. Si la fe mueve montañas, la religión del fútbol abre estadios allí donde nadie imagina.
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