Aunque tendemos a llamar bárbaros a los extranjeros, lo cierto es que siempre hemos tenido bárbaros dentro. La novedad es que ahora haya tanta gente que los considera razonables y les vota con entusiasmo en los países que aún tienen, no sabemos hasta cuándo, instituciones democráticas. Los nuevos bárbaros son sujetos como Pedro Sánchez y Donald Trump, tan diferentes pero tan parecidos en lo esencial, por ejemplo en narcisismo psicopático, irresponsabilidad política y desprecio de la democracia. De ambos sujetos se podrían escribir unas instructivas Divergencias paralelas, adaptando el género comparativo de Plutarco a la geometría de nuestra época: una divergencia paralela podría definirse como el antagonismo que disimula una profunda identidad.
Las guerras estúpidas
El falso pacifismo es una divergencia paralela de ambos personajes. Sánchez hace gala de pacifismo, pero tan falso como todo lo suyo. Se limita al antimilitarismo de la izquierda rancia, a rechazar la inversión en defensa y a la retórica Imagine a lo John Lenon. Pero su falsedad brilla en que sea compatible con el apoyo al terrorismo islamista de Hamás y al belicoso Irán islamista. Respecto a Trump, la hipocresía es aún más sensacional, como corresponde al presidente de la que sigue siendo, aunque quizás no por mucho tiempo, la potencia mundial hegemónica.
Trump se vanagloria de haber detenido o impedido nada menos que siete guerras, si no son más. La realidad es que no hay una sola guerra auténtica que Estados Unidos haya logrado detener en el segundo mandato del hombre naranja. Al contrario, inició junto con Israel una guerra contra Irán que iba a durar cosa de días y acabar para siempre con el régimen de los ayatolás, pero la verdad es que la guerra sigue medio año después, convertida en crónica -un curioso parecido con la invasión de Ucrania de su amigo Putin-, y que los ayatolás siguen más fuertes que nunca, entre otras cosas porque el ataque les dio carta blanca para masacrar aún más a la sufrida oposición civil iraní. La misma que Trump intentó manipular pidiéndole que se alzara contra el régimen sin el menor plan ni intención de ayudarles. No pocos analistas militares coinciden en que Irán ha ganado la guerra simplemente demostrando que es posible resistir a la superpotencia sin ceder en nada ni renunciar a sus planes militares nucleares. El ataque a Irán pasará muy probablemente a la categoría de guerra estúpida: sin planes, sin estrategia, sin objetivos diferentes a alimentar el narcisismo del Gran Jefe.
Vivir del caos
En el gran caos geopolítico y económico promovido por Trump a golpe de ataques y de guerra de aranceles, Sánchez saca tajada presentándose como el líder mundial de la última izquierda pacifista, compasiva y antimperialista. El cuento no le ha ido mal durante demasiado tiempo, entre otras cosas porque Trump le ha elegido como blanco de sus iras. Ambos personajes necesitan del caos para sostener su pedestal.
Ahora bien, lo que conviene a Pedro Sánchez es lo peor para España (y en Estados Unidos cada vez más gente piensa lo mismo de Trump). La decisión marroquí de asaltar Ceuta es inseparable de la debilidad internacional de España, cultivada a fondo por Sánchez como fórmula de supervivencia personal según el cerco judicial por los escándalos de corrupción se iba estrechando. Una estrategia que puede resumirse en que cuanto más caos, mejor. El caos permite multiplicar las crisis para que las nuevas tapen las viejas, y para convertir mentiras en cambios de opinión y traiciones en maniobras astutas. Y que practican con maestría ambos personajes.
España es mucho más débil que Estados Unidos, pero los narcisistas al frente han practicado una cantidad llamativa de políticas parecidas. Por ejemplo, la del aislamiento internacional a base de rupturas con sus aliados tradicionales, que puede ser, y es, demencial para los intereses del país, pero bueno para los suyos personales. Sánchez ha incumplido compromisos y mentido a la Unión Europea, despreciado a la OTAN, atacado a Israel y sometido a China, además de hacerse vasallo de Marruecos. Y Trump ha deteriorado como nunca la relación con Europa, casi ha roto con Canadá, se niega a enfrentarse a Putin y presume de su amistad con algunos de los peores genocidas del mundo, como el norcoreano Kim Jong-un.
La democracia soy yo
¿Por qué todo esto? ¿simple senilidad de uno y locura del otro? Más bien para reforzar su posición personal: en efecto, cuando la diferencia entre verdad y mentira desaparece y las crisis se suceden en cascada, haciendo la política irracional y desmantelando las instituciones -incluso el sagrado sistema americano de checks amb balances, arrollado por Trump-, el poder personal aumenta, y también las ganancias económicas del sátrapa, sean legales o ilegales: hay mucho dinero que ganar en el caos y la crisis.
Las coincidencias se vuelven estrechas cuando se examina la forma en que ambos sujetos conciben y practican la política: asalto de las instituciones y del poder judicial, maltrato y acoso a cualquier oposición política o mediática, poder personal casi ilimitado y rechazo de los controles institucionales. Trump lo tiene más sencillo porque es el presidente de una república casi monárquica por el poder que concede al máximo mandatario. Así puede soñar con arcos del triunfo y grandes monumentos dorados a Su Persona. El nuestro debe soportar a un Rey al que intenta humillar, pero aún no puede quitar del medio. Y a falta de salones de baile en La Moncloa, debe conformarse con La Mareta, y con el Falcon en vez de con el colosal avión presidencial americano.
Historias sucias de burdeles
Se detestan y rechazan, cierto. Pero se necesitan. En el fondo ambos son populistas con un desprecio ilimitado por los límites legales y morales de la política, consagrados a sólo dos cosas: acumular más poder personal y amasar una fortuna por cualquier medio a su alcance. La identificación de la democracia con su propio poder les hace negar que exista alternativa legítima a su gobierno, a reafirmar una y otra vez su voluntad de seguir hasta el final y de repetir mandato como sea y a cualquier precio. Incluso su vínculo con la prostitución como fuente de poder personal acerca de forma asombrosa la biografía de estos personajes, siempre a la distancia que va del selecto círculo Epstein a las saunas madrileñas de chaperos del suegro.
Los historiadores del futuro ya tienen programa de investigación: cómo y por qué el mundo del siglo XXI, tan prometedor, acabó en manos de sujetos como estos y se asomó al abismo.
(0)Comments