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Carlos Mayoral

La España de Zweig

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Llega septiembre con su cosa de novedades. Se gira el verano con metáforas sobre finales tristes y oportunidades perdidas. En los corazones ociosos de las gentes ocurre lo de la copla: pero un día… recogieron las mesas… y hasta otro verano. Por lo que aquí nos hallamos casi todos, al pie del cañón, mirando el otoño como Martin Sheen miraba el río ese de Vietnam esperando al coronel Kurtz. Así que, en tiempos de impulso, permitan que, humildemente, glose la alegría y el agradecimiento que me produce arrancar en la magnífica sección de opinión de este diario. Digamos que salgo de chiqueros en la otoñada, como los colegiales, la mandarinas, los níscalos, las noches largas y los divorcios. Aquí estaré, si al lector le arrechucha. En estas quinientas y pico palabras quincenales hay espacio para todo, aunque ahora que cumplo cuarenta percibo que uno tiende, con cada galón, a escribir mirando atrás. Probablemente todos los aquí presentes conozcan El mundo de ayer, ese mamotreto escrito por Stefan Zweig, que muchos creen que es un libro de memorias, pero que más bien se trata de un retrato de la decadencia de una Austria que se dirigía al derrumbe. Pienso en Zweig cuando planto los pies en el presente y miro a cualquier parte. Yo, como usted, viví la España donde la clase media era predominante, donde las invasiones eran cosa del Risk, donde la vivienda no era una aspiración, sino una inercia, donde los trenes acudían puntuales a su cita, y así con tanto. Y lo peor es que, si miro atrás, no veo un cataclismo ruidoso, sino algo peor: una demolición institucional por goteo, una eutanasia del espíritu civil donde las palabras ya no significan lo que significan y la verdad es sólo un bien de consumo intercambiable. Asistimos a una decadencia de plastilina, una degradación que no huele a pólvora, sino a desguace de despacho. Es imposible no abrir las páginas de El mundo de ayer y sentir el escalofrío de la simetría. Stefan Zweig narró con nostalgia aristocrática el suicidio de aquella Europa próspera y previsible, la caída del Imperio Austrohúngaro bajo el peso de la ligereza y la fe ciega en el progreso. Aquel 'mundo de la seguridad' que se evaporó entre los dedos de una burguesía ensimismada se parece demasiado a esta España nuestra, convencida de que el bienestar es un derecho divino y la democracia un decorado indestructible. Donde Zweig vio la ceguera de un continente ante los bárbaros, nosotros vemos la indolencia de una sociedad anestesiada por el relato oficial. ¿Y qué de decir de la clase política? Como aquellos burócratas vieneses de fin de siglo, ha entendido que para cambiar un régimen no hace falta una revolución, sino vaciar las leyes de contenido mientras el ciudadano contempla el espectáculo. La decadencia es la pérdida de la gravedad democrática, el triunfo de la forma sobre el fondo. Nos estamos quedando sin el suelo que pisamos mientras aplaudimos el color de las baldosas. Al igual que el escritor austríaco, nos descubriremos un día extranjeros en nuestra propia casa, contemplando los restos de una concordia que creímos eterna y que dejamos morir por pura distracción. En fin, que por estos derroteros irá la cosa quincenal. O quizá por otros. En cualquier caso, será un placer verles puntualmente, si lo desean.
La España de Zweig
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