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Alejandro Río

Aquel día

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Pronto volverá a ser 11 de septiembre. Aquel día, el mundo cambió para siempre. Sucedió lo impensable, lo imprevisto, lo imposible. Ya sé que eso pasa todos los días. Pero estoy hablando del año 2001. Un ataque devastador con medios inéditos: aviones comerciales convertidos en armas de guerra y dirigidos al corazón del imperio. Quedamos estupefactos. Nadie es invulnerable. La respuesta todavía perdura, las muertes son incontables y la guerra se ha vuelto híbrida. Busquen información sobre la guerra híbrida. Comprenderán mejor algunas cosas que suceden. Hoy se pueden desestabilizar países sin pegar un solo tiro. Cuando uno no tiene nada que defender, se rinde fácilmente. Y lo que no se defiende, se pierde. Por eso vamos perdiendo todo lo conseguido. Nuestras patologías cotidianas: el secuestro atencional, el narcisismo digital, las redes algorítmicas, el condicionamiento operante aplicado a poderosos medios tecnológicos. Hasta el cambio ha cambiado: ahora es mucho más rápido e imprevisible. Nos consideran peleles manipulables, incapaces de reaccionar. Asustados y aislados. Creímos que Europa seguiría siendo una potencia de primer orden. Que España era una democracia consolidada. Que conseguiríamos dominar la naturaleza y que el progreso sería imparable. Es como estar aquel día en una de las Torres Gemelas, mirando por la ventana, sintiéndose el rey del mambo y pensar: «¡Vaya! Ese avión vuela muy bajo».
Aquel día
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