En el pasado mes de agosto he viajado a Francia, y más concretamente, a Normandía. Durante cinco días, mis compañeros de viaje y yo visitamos ... algunas de las ciudades más importantes de la región normanda. Es verdad que todo el territorio normando está impregnado de Historia. El casco antiguo de Caen fue destruido en su casi totalidad por las fuerzas aliadas en junio de 1944. Sin embargo, pese a su destrucción, Caen conserva algunos vestigios de su historia pasada, como el recuerdo de lo que fueron los restos de Guillermo el Conquistador, duque de Normandía. Rouen, por el contrario, no sufrió tanto los efectos de la Segunda Guerra Mundial. Su catedral gótica es muy bella. Y recientemente se ha construido una preciosa iglesia en el mismo lugar en el que fue ejecutada en la hoguera Juana de Arco, la doncella de Orleans. Y quizás también puede uno olvidarse de la Segunda Guerra Mundial recorriendo las tranquilas plazas y calles de Cherburgo, o de Bayeux; o paseando por los muelles de Honfleur, o recorriendo en barco el estuario del Sena, hasta Le Havre, o caminando a pie por el istmo hasta el Mont Saint Michel.
Sin embargo, muchos parajes, muchas playas, muchos acantilados, muchas aldeas, muchos pueblos, e incluso algunas encrucijadas, están marcados indefectiblemente por el trágico recuerdo de las sangrientas batallas que allí se libraron entre el 6 de junio y el 22 de agosto de 1944. Lo ocurrido en Normandía durante esas semanas anunció ya la derrota definitiva del nazismo, que se produciría en abril del año siguiente. Después de El Alamein, y sobre todo de Stalingrado, Alemania estaba ya muy debilitada. Su capacidad económica e industrial era muy inferior a la de los aliados. En mayo de 1944, los aliados contaban con más barcos, más aviones, más artillería y muchos más hombres, y mejor entrenados que los alemanes. Había, pues, una clarísima superioridad aérea, de potencia de fuego y, sobre todo, de logística, por parte de los aliados. No obstante, los alemanes ofrecieron una tremenda resistencia en Normandía. Eran conscientes de que, después del desembarco, o lograban echar al mar a los aliados o la guerra estaba perdida. Por eso, las batallas de Normandía fueron tan duras. Tras la liberación de Normandía, a las pocas semanas se liberó París; y a principios de septiembre, toda Bélgica.
Los normandos son conscientes de la importancia histórica del desembarco del 6 de junio de 1944, y de todas las batallas que se libraron en su territorio. Y, ciertamente, ha proliferado en exceso la comercialización de estos hechos históricos. En varios sitios, se anuncian museos y memoriales sobre el día D y la operación Overlord. Se han trazado itinerarios turísticos para visitar los restos de búnkeres y emplazamientos defensivos construidos por los alemanes a las órdenes de Rommel. Y se anuncian, como atracciones turísticas, tres cementerios: el norteamericano, el alemán y el de los británicos y canadienses. Pese a este exceso de masificación turística, en mi opinión, merece la pena visitar Saint Mére Eglise, un pequeño pueblo en el que, en la madrugada del 6 de junio de 1944, aterrizaron fuerzas aerotransportadas, y en el que se ha construido un memorial muy bien organizado, cuya visita impresiona. Igualmente, merece la pena visitar la playa de Omaha, el Point du Hoc, y los cementerios americanos y alemán. Impacta constatar el elevado número de jóvenes que dieron su vida por defender unas ideas que quizás muchos de ellos no entendían. Viendo las numerosas tumbas del cementerio norteamericano, con las cruces y estrellas de David blancas, perfectamente alineadas, o las cruces oscuras del austero y silencioso cementerio alemán, inevitablemente se piensa en el horror de la guerra, en esos cuatro jinetes de los que hablaba ya San Juan en el Apocalipsis.
Para evitar que en el futuro se repita en Europa el horror de las guerras en la que muchos jóvenes perdieron su vida, surgió la idea de construir la Europa unida. Primero, con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, y la Euratom; después, con el Mercado Común; y ahora, con la construcción de la Unión Europea. Sin embargo, hay que recordar que esta estructura política que es la Unión Europea se fundamenta en unos principios ideológicos comunes, aceptados por los liberales, la democracia cristiana y la socialdemocracia, que implican el respeto a las ideas, a los derechos y a las libertades de los seres humanos, y el establecimiento de unos mecanismos democráticos que garanticen esos derechos. Si los europeos actuales nos olvidásemos de estos principios, si permitiésemos que prosperasen los que, desde los extremos, abogan por soluciones que no respetan las libertades, la Unión Europea habría fracasado, y podríamos vernos de nuevo abocados al horror de la guerra y de la muerte. Tenemos que defender nuestros principios y nuestros derechos, frente a los que, desde fuera de Europa, como Putin o Trump, intentan acabar con ellos. Pero también tenemos que defendernos de los que, desde dentro de nuestros sistemas, se oponen a nuestra democracia desde planteamientos fascistas o comunistas, más o menos disimulados.
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