En Vox nos alegramos de que quienes durante años nos llamaron alarmistas, xenófobos o racistas por advertir de las consecuencias de la inmigración ilegal empiecen ahora a reconocer el problema. Bienvenidos. Que se suban al carro. Pero conviene recordar quién lleva años tirando de él, quién se incorpora ahora porque la realidad ya no puede ocultarse y, sobre todo, hacia dónde quiere conducir cada uno.
Porque no todos queremos lo mismo.
El Partido Popular parece haber descubierto este verano que Cartagena tiene un problema grave de inmigración ilegal. Siempre será preferible que el PP esté cerca de Vox en esta cuestión a que continúe instalado en las políticas que durante demasiado tiempo ha compartido con la izquierda. Pero existe una diferencia fundamental: ellos quieren gestionar la crisis migratoria; nosotros queremos revertirla. Ellos reclaman más medios, más recursos y más dinero para atender las consecuencias. Vox quiere actuar sobre las causas, defender nuestras fronteras, combatir el efecto llamada y poner fin a una situación que jamás deberíamos aceptar como normal.
Tampoco podemos pasar por alto la repentina preocupación de Movimiento Ciudadano, para quienes, hasta hace bien poco, la inmigración era un asunto de política nacional que afectaba «de forma colateral» a Cartagena y que se solucionaba tan solo desplazando el CETI a Corvera. Celebramos igualmente que ahora descubra la gravedad de aquello sobre lo que Vox lleva años advirtiendo. Pero la política también requiere memoria.
La concentración celebrada el pasado 2 de septiembre en solidaridad con Ceuta difícilmente habría podido producirse en los mismos términos si hubiera prosperado la moción de censura en Cartagena. Quienes pretendían formar aquel Gobierno dejaron claro que las políticas fundamentales vendrían determinadas por el acuerdo con el Partido Socialista. Y resulta difícil imaginar a ese PSOE respaldando una movilización con el mensaje que miles de cartageneros expresaron en nuestras calles.
Por eso conviene recordar qué habría supuesto aquella operación política y dónde estuvo cada uno cuando llegó el momento decisivo. Vox impidió con su voto que Cartagena quedara sometida a un gobierno condicionado por las políticas socialistas. Hoy algunos de quienes estaban dispuestos a hacerlo quieren presentarse como abanderados de una preocupación que nosotros nunca hemos abandonado.
Del Partido Socialista, por desgracia, esperamos poco en esta materia. Durante años su respuesta ante quienes hemos denunciado la inmigración ilegal ha consistido demasiadas veces en descalificar al mensajero antes que afrontar el problema. La realidad, sin embargo, termina imponiéndose.
Jamás ha sido Cartagena, a lo largo de su historia, una tierra de rendición. Nuestra ciudad se erigió pronto como un bastión inexpugnable en el Mediterráneo, un auténtico dique de contención militar que resistió los embates de imperios y piratas que trataban de someterla. Las sucesivas generaciones de cartageneros forjaron un aguerrido carácter marinero que este miércoles tuvo una de sus más elocuentes manifestaciones: quince mil vecinos alzamos la voz para solidarizarnos con Ceuta y exigir lo que ha resultado innegociable desde tiempos remotos: la soberanía de nuestra patria y la seguridad de nuestras familias. Bien sabemos que lo que ahora sufren nuestros hermanos ceutíes nos resulta mucho más cercano de lo que nos gustaría. Las poco más de cien millas de agua que nos separan de territorio africano hace tiempo que dejaron de ser una barrera insalvable para las mafias. Y el pasado mes de agosto lo pudimos comprobar casi a diario.
El verano de 2026 está confirmando, punto por punto, las peores advertencias que desde Vox llevamos años lanzando en absoluta soledad. Lo que comenzó hace semanas con imágenes tan insólitas como bochornosas en nuestro litoral ha escalado hasta convertirse en una verdadera crisis que las administraciones ya no pueden seguir ocultando. Su silencio cómplice sería demasiado ensordecedor.
Las costas de Cartagena han pasado de ser un referente turístico a convertirse en el escenario habitual de desembarcos de inmigrantes, síntoma visible de un mal mucho más profundo: la absoluta dejadez de funciones de un Gobierno central que ha abandonado la custodia de nuestras fronteras y un efecto llamada alimentado, por acción u omisión, por el consenso progre del resto de formaciones políticas.
El colapso abrumador que hoy vive Ceuta bajo una presión migratoria insostenible es el espejo trágico en el que Cartagena corre el riesgo de mirarse si no se actúa de inmediato. No estamos ante sucesos aislados, sino que estamos siendo testigos de una auténtica estrategia coordinada de guerra híbrida que vulnera la seguridad nacional, desestabiliza nuestras instituciones y destruye la convivencia pacífica en nuestros pueblos y ciudades.
No vamos a tolerar que la pesadilla que sufren nuestros compatriotas de Ceuta se replique en Cartagena ni en ningún otro rincón de España. El pasado miércoles nos congregamos para poner de manifiesto lo que en tantas ocasiones ha quedado acreditado a lo largo de la historia: Cartagena no se rinde. Cartagena no se doblega. Ante nada ni ante nadie. Como en tantas otras ocasiones, la historia nos ha situado en una encrucijada. Y, como en tantas otras ocasiones, Cartagena volverá a salir victoriosa.
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