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Javier Sierra

La banda del oro

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Más de dos semanas lleva el pueblo de Villena con un agujero en el alma. El orificio que ha malherido ese bello rincón del Alicante interior, llegó de madrugada, a traición, cuando cuatro encapuchados forzaron una de las ventanas de su museo arqueológico y, en menos de cuatro minutos, reventaron una vitrina de alta seguridad llevándose diez kilos de oro moldeados en la Edad del Bronce. La llaga ya no hay quien la cure. A estas alturas, aún no tenemos pistas del paradero de «la banda del oro» responsable, pero se sospecha que pudieron haberse llevado también doscientas veinte valiosas monedas del museo de Albacete, e incluso otro centenar más del de Badajoz. Su modus operandi no presagia nada bueno: en cada caso actuaron con nocturnidad, empleando una fuerza bruta inédita, calculando los saltos de alarma con precisión de relojero y con la mirada puesta solo en las piezas de oro. Los tres golpes son un drama, pero el de Villena es una catástrofe. Las monedas, a fin de cuentas, no constituyen piezas únicas, pero los cincuenta y nueve cuencos, pulseras y recipientes de oro de tres mil años de antigüedad de Villena, sí lo son. Se trata de joyas manufacturadas con una delicadeza tal, que siempre se las ha admirado por la «alta tecnología» que se aplicó en su elaboración. Son la obra de un orfebre portentoso, anónimo, que incluso utilizó exóticas resinas fósiles del Báltico en su ensamblaje. Descubiertas en 1963 en una gravera del valle de Benejama, a solo cinco kilómetros del centro del pueblo, sorprende que al principio fueran tomadas por piezas de camión. Uno de los operarios de la explotación se llevó entonces las «chatarras» a casa y fue su esposa la que, sospechando que podría tratarse de algo de enjundia, se las enseñó a un joyero. Resultaron ser de oro. De un oro tan viejo que había perdido su fulgor. La rápida actuación del arqueólogo local José María Soler –cabeza ilustre del pueblo, y hoy venerado en toda la comarca–, salvó aquello de un primer saqueo, sumando al patrimonio de nuestro país unas reliquias que bien podrían haberse expuesto junto a las de Micenas desenterradas por Schliemann. Por eso su desaparición es una catástrofe. No tenemos nada ni remotamente parecido en la península Ibérica. Y lo peor es que la falta de noticias sobre su paradero augura el más horrible de los destinos: su fundición. El oro ha multiplicado por cinco su precio desde 2017 y los robos de objetos de este metal lo han hecho al calor de cada nueva curva en las tasaciones. Resulta irónico que los que asaltaron el museo de Villena tuvieran una ambición tan simple: solo cargaron oro en sus sacos, pero se dejaron atrás –por bruta ignorancia, qué si no– un brazalete de hierro corroído que, seguramente, tenga más valor que los casi dos millones de euros que van a obtener por licuar su botín. ¿Puede un hierro valer más que el oro? Este sí. A principios de 2026 se hicieron públicos los resultados de la analítica practicada a ese brazalete despreciado por los ladrones. Hasta entonces, los expertos no sabían por qué sus antiguos propietarios decidieron esconder un «objeto menor» como ese entre tanta maravilla. Pero su examen iba a arrojar una respuesta asombrosa: el hierro de la pieza tenía un porcentaje de níquel muy superior al habitual, lo que implicaba que se había elaborado a partir de un fragmento de hierro meteorítico. Es decir, que se incorporó al ajuar por prestigio. Por ser un objeto hecho a partir de una piedra caída del cielo. De un regalo de los dioses. Pero claro, los delincuentes no pensaron en eso. Su intención no fue llevarse un ajuar prehistórico para vendérselo a un coleccionista, ni tampoco pedir un rescate a cambio de reintegrarlo. Con el vil metal les bastaba. He recorrido museos y colecciones de todo el mundo en busca de esa clase de piezas «caídas». Un cuchillo imperial de la época de Jahangir en India, o una de las dagas del ajuar de Tutankamón en Egipto, resultaron ser también hierros moldeados a partir de meteoritos. No tienen precio. Curiosamente, siglos antes de nacer Tut, ya se veneraba junto al Nilo una de esas piedras cósmicas. Tuvo nombre propio ( Ben-ben ), se veneró en el lugar más sagrado del país (la antigua On) y se la vinculó con el concepto teológico del «montículo primordial», la Montaña de la Vida. Entre los inuit de Groenlandia es famosa la «piedra de Ahnighito», otro pedrusco de hierro galáctico que han estado limando con veneración durante siglos para confeccionar arpones y filos. En todo el mundo se encuentran objetos así. Son raros no solo por su procedencia sino por la mística que los rodea, sin importar la latitud o la religión en las que se han manufacturado. Y algunos, como la Kaaba o piedra negra de La Meca, siguen ejerciendo su poderosa fascinación sobre nosotros. ¡Pero qué vamos a pedirle a unos miserables ladrones como los de la «banda del oro»! Lo que lamento es que, aun en el hipotético caso de que los cacen y recuperemos lo sustraído, la justicia los condenaría a penas de entre dos y seis años de cárcel, y ni siquiera les darían un cursillo para apreciar el patrimonio en lo que de anímico y emocional tiene. Robar en un museo todavía tiene cierto halo novelesco. Mala cosa, pues, que no seamos más duros con los que nos hurtan el alma. Javier Sierra es escritor, premio Planeta de novela y autor de «La cena secreta».
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