He leído un reportaje sobre el 'oasis de libertad' que han encontrado en Ceuta unos adolescentes marroquíes que entraron ilegalmente en España a finales de julio. Viven en la calle, duermen en refugios improvisados, comen lo que pueden y no quieren ir a centros de menores porque, según explican ellos mismos, quieren 'libertad'. Y yo, mientras lo leía, pensaba en Carmen.
No sé quién es Carmen. Ni siquiera sé si se llama Carmen. Pero en Ceuta tiene que haber al menos una. Una señora de setenta años que lleva media vida bajando por la misma calle para comprar el pan, conoce al frutero, saluda a la vecina del tercero y hasta hace unas semanas vivía en una ciudad normal. Me encantaría saber cómo es ahora su vida. El problema es que nadie busca a Carmen. Para encontrar a cuatro adolescentes marroquíes, preguntarles dónde duermen, qué comen, qué quieren y qué sienten… sí hay periodistas. Para sentarse con Carmen y preguntarle qué siente ella cuando sale de casa y encuentra a cientos de hombres durmiendo en parques, portales, playas y aceras, parece que hay menos curiosidad. Y eso que la historia tiene su aquel.
Durante los días posteriores a la entrada masiva, Ceuta tuvo comercios cerrados, calles abarrotadas, fiestas suspendidas, playas prácticamente abandonadas por los vecinos y un dispositivo de seguridad desbordado. Y basta mirar las imágenes de aquellos días para comprobar que aquello no era precisamente una llegada de niños y adolescentes: las calles estaban llenas de hombres jóvenes y adultos. Un mes después, negocios de la ciudad siguen denunciando pérdidas importantes porque muchos ceutíes han dejado de acudir a determinadas zonas.
Lo de 'chavales' suena muy bien
Pero nosotros hemos encontrado a los chavales. Hay que reconocer que 'chavales' funciona estupendamente. Suena a cinco amigos que se han escapado de casa porque sus padres no les dejaban ir al concierto de Bad Bunny. Muchísimo mejor que explicar que decenas de miles de personas cruzaron la frontera española por lugares donde no podían hacerlo, con una presencia abrumadora de hombres en edad adulta, en una entrada que un informe policial remitido a la Audiencia Nacional describe como 'planificada' y 'no espontánea'.
El lenguaje hace milagros. También hemos conseguido que 'ilegal' prácticamente desaparezca del vocabulario. Ahora todo es 'irregular'. Entrada irregular. Inmigración irregular. Situación irregular. Debe de ser que 'ilegal' resulta demasiado antipático y puede herir la sensibilidad de quien acaba de saltarse las normas para entrar en tu país. Pobrecito. Irregular es una baldosa que está mal puesta. Si alguien cruza una frontera por un lugar no habilitado y sin cumplir los requisitos legales de entrada, no ha llegado de una forma un poquito peculiar. Ha entrado ilegalmente. Esto no significa que haya cometido necesariamente un delito penal, significa algo muchísimo más sencillo: que ha entrado contraviniendo la ley.
También queda feo hablar de gente acampada en las playas. Mucho mejor un 'refugio' dentro de un 'oasis de libertad'. La ordenanza de Ceuta, por cierto, prohíbe expresamente durante todo el año y a cualquier hora instalar tiendas de campaña o acampar en sus playas. Si Carmen monta allí la Quechua para pasar el fin de semana, le pueden meter una multa que la deja tiritando para los próximos cinco años. Si otro instala un campamento después de entrar ilegalmente en España, puede acabar protagonizando un reportaje sobre su deseo de vivir en libertad. Será que Carmen no ha sabido vender bien su historia.
Será marroquí o no será
Lo verdaderamente interesante de este tipo de periodismo no es que mienta. No necesita hacerlo. Resulta mucho más eficaz seleccionar cuidadosamente la verdad que vas a enseñar. Buscas al menor, no al adulto. Al que sonríe, no al que empuña un arma. Al que habla de libertad, no al que provoca miedo cuando dice que España será marroquí o no será. Le preguntas por sus sueños, su familia, sus dificultades y el futuro que espera encontrar en España. Lo conviertes en individuo.
Y ya que hemos decidido interesarnos tanto por lo que piensan los chavales, a mí me encantaría conocer también algunas respuestas:
—¿Por qué vino?
—Si España ordenara su devolución, ¿se iría?
—¿Considera españolas Ceuta y Melilla?
—¿Qué piensa de las reivindicaciones de Marruecos sobre ambas ciudades?
—¿Cree que Andalucía es un territorio que Marruecos debería 'recuperar'?
No sé qué responderían. Ese es precisamente el problema: nadie se lo pregunta. Después giras la cámara y el ceutí desaparece. Ya no hay Carmen. Hay 'vecinos'. Ya no está Paco, que tiene un bar y ha perdido dinero. Hay 'comerciantes'. Ya no está una mujer que ha dejado de bajar a la playa porque tiene miedo. Hay 'malestar ciudadano'. Ellos no tienen caras, nombres, sueños ni derecho a que nadie explore sus sentimientos. Son el decorado sobre el que transcurre la historia humana que sí merece ser contada. Y así hemos conseguido una cosa extraordinaria: convertir en víctima principal de una invasión organizada a quien entra y en figurante a quien estaba dentro.
No necesito conocer las miserias de cuatro adolescentes cuidadosamente seleccionados para entender que Marruecos es un país con pobreza, desigualdad y jóvenes que quieren vivir mejor. Ya lo sé. También sé que querer vivir mejor no concede a nadie el derecho a elegir qué fronteras respetar, dónde instalarse sin permiso ni qué leyes cumplir o no.
Lo que sí me gustaría conocer son las miserias que nunca parecen merecer un reportaje. Las de Carmen. Aunque sospecho que tiene un problema muy serio para protagonizar uno: Carmen nació en Ceuta.
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