Escribe: Fernando Peña Aranibar
El mayor riesgo de un alineamiento excesivo es terminar subordinando nuestra política exterior a los cambios de la política estadounidense. Donald Trump es hoy quien ocupa la Casa Blanca, pero mañana será otro presidente quien determine las prioridades de Washington. No tendría sentido que la diplomacia peruana modificara su orientación cada vez que cambie el gobierno estadounidense. El Perú necesita una política exterior de Estado, basada en principios y objetivos permanentes: defensa de la soberanía, respeto al derecho internacional, protección de nuestros intereses económicos y comerciales y capacidad para relacionarnos con distintos centros de poder. Eso resulta especialmente importante en un mundo marcado por la competencia entre Estados Unidos y China. El Perú no necesita convertirse en parte de una disputa geopolítica ajena. Necesita preservar su capacidad de decisión y aprovechar sus relaciones con ambos países en función de sus propios objetivos.
Mantener buenas relaciones con Washington no exige respaldar todas sus decisiones. Una diplomacia responsable debe saber distinguir entre aquellos asuntos en los que existe un interés común y aquellos en los que las prioridades estadounidenses pueden no coincidir con las peruanas. Decir que no cuando sea necesario no convierte al Perú en un país antiestadounidense. Del mismo modo, cooperar con Estados Unidos no debería convertirnos en seguidores automáticos de su política exterior. La verdadera autonomía diplomática consiste precisamente en conservar margen de maniobra. El Perú debe poder trabajar con Estados Unidos en seguridad, comercio y tecnología; profundizar sus vínculos con China y Asia; fortalecer su relación con Europa; y, al mismo tiempo, desarrollar una política propia hacia América Latina. Diversificar nuestras relaciones no significa alejarnos de nuestros socios tradicionales, sino evitar una dependencia que reduzca nuestra capacidad de negociación. Las grandes potencias actúan de acuerdo con sus intereses nacionales. Estados Unidos lo hace, como también lo hacen China, Rusia, India o cualquier otro actor relevante del sistema internacional. El Perú tiene que hacer lo mismo. Por eso, el problema no es mantener una relación estrecha con Washington, sino renunciar a la capacidad de evaluar cada decisión desde una perspectiva peruana. Una política exterior inteligente no busca enfrentamientos innecesarios, pero tampoco acepta tutelas. Coopera cuando conviene, negocia cuando corresponde y discrepa cuando los intereses nacionales lo exigen. El Perú necesita, en suma, una relación madura con Estados Unidos: cercana, pero no subordinada; cooperativa, pero no dependiente; amistosa, pero capaz de mantener posiciones propias. La política exterior peruana debe tener un aliado privilegiado cuando sus intereses coincidan con los nuestros, pero no un centro de instrucciones. El único interés que debe orientar sus decisiones es el del Perú.
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