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David Izquierdo

El pecado de querer formar una familia

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Hay algo profundamente injusto en la España actual: se habla constantemente de libertad, de derechos y de igualdad, pero cuando una persona quiere construir una familia se encuentra demasiadas veces con una realidad mucho menos romántica: vivienda imposible, salarios que no alcanzan, alquileres disparados, precariedad laboral, dificultades para conciliar y unas ayudas que, para muchas familias, sencillamente no llegan. Y después nos preguntamos por qué los jóvenes tienen cada vez más dificultades para tener hijos. Quizá habría que dejar de preguntárselo y empezar a mirar las condiciones que estamos creando. Porque resulta difícil pedir a una generación que forme una familia cuando independizarse ya supone, para muchos, un esfuerzo enorme. Resulta difícil hablar de natalidad mientras tener un hijo puede convertirse en un auténtico desafío económico. Y resulta todavía más difícil escuchar discursos políticos que presentan la familia como una institución del pasado mientras las administraciones no hacen lo suficiente para que quienes desean formar una puedan hacerlo. No se puede pedir a los españoles que tengan hijos y, al mismo tiempo, hacerles pagar el precio de querer tenerlos. La familia necesita algo más que discursos institucionales un día al año. Necesita políticas concretas: acceso a la vivienda, empleo estable, conciliación real, apoyo a la maternidad y la paternidad, educación infantil accesible y medidas que permitan que tener hijos no signifique caer económicamente en un abismo. Y aquí aparece otra batalla cultural que empieza a resultar preocupante: la de quienes consideran que educar a los hijos en unos determinados valores es, por definición, adoctrinarlos. No. Los padres tienen derecho a educar a sus hijos conforme a sus convicciones, siempre dentro de la ley y respetando sus derechos. Y eso incluye transmitir valores, principios, cultura y también creencias religiosas. Lo que cada familia haga en su hogar debería ser, en primer lugar, una cuestión de libertad y responsabilidad familiar. Si unos padres quieren educar a sus hijos en la fe, ¿qué problema hay? Si otros prefieren educarlos sin religión, también es perfectamente legítimo. Si una familia quiere transmitir valores cristianos, otra valores humanistas y otra unas convicciones diferentes, mientras se respete la libertad y la dignidad de los menores, ¿por qué habría que convertir esa decisión en una batalla política? La libertad que sirve únicamente para pensar como nosotros no es libertad Y personalmente no veo nada malo en que unos padres quieran inculcar a sus hijos algo tan bonito como la fe en Dios. No estoy hablando de imponer una religión a nadie. Estoy hablando de algo mucho más sencillo: del derecho de unos padres a transmitir aquello que consideran valioso, aquello que les ha acompañado durante su vida y aquello que quieren que forme parte de la educación de sus hijos. Para millones de personas, Dios no es una palabra vacía. Es esperanza, consuelo, comunidad, tradición y una manera de entender el bien, la solidaridad, el perdón y el amor al prójimo. ¿De verdad debemos avergonzarnos de transmitir eso? No debería existir ninguna policía ideológica de la educación familiar. Nadie debería mirar por encima del hombro a unos padres porque hayan decidido llevar a sus hijos a una iglesia, enseñarles a rezar o explicarles sus creencias. Del mismo modo, nadie debería ser criticado por decidir no hacerlo. Cada familia debe poder hacer lo que considere mejor para sus hijos dentro del respeto a la ley y a los demás. Ese debería ser el principio básico. Lo que no resulta aceptable es que determinadas opciones sean presentadas sistemáticamente como modernas y otras como retrógradas. Que no tener hijos sea presentado como una forma de emancipación mientras querer ser padre o madre parece una decisión que necesita una explicación. Que defender la familia sea sospechoso y cuestionarla se convierta automáticamente en una muestra de progreso. La libertad familiar no puede tener ideología. Y tampoco puede tener precio. Porque si España quiere tener futuro, tendrá que volver a hablar seriamente de familias y de hijos. No para obligar a nadie a tenerlos, sino para conseguir que quien quiera tenerlos pueda hacerlo. Un país que no facilita la formación de familias está hipotecando su futuro. Y un país que permite que se ridiculice a quienes quieren formar una familia, educar a sus hijos en valores o transmitirles su fe está cometiendo además un error cultural. Que cada uno viva como quiera. Que cada uno crea en lo que quiera. Que cada familia eduque a sus hijos conforme a sus convicciones. Pero que nadie venga a decirnos que querer casarse, tener hijos, educarlos con valores y enseñarles a amar y respetar a los demás es fascismo. Lo verdaderamente preocupante no es que haya familias que quieran transmitir sus valores. Lo preocupante es que haya quien quiera impedirles hacerlo.
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