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Editorial Portafolio

Las exportaciones crecen por precio y las importaciones por volumen.

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Las cifras de exportaciones que el Dane publicó la semana pasada parecen buenas a primera vista. En julio el país vendió al exterior US$4.690 millones, 5,9% más que un año atrás, y entre enero y julio la cifra llega a US$32.489 millones, con un aumento de 12,7%. El problema aparece al mirar qué explica ese salto. El oro no monetario casi duplicó su valor exportado y el petróleo creció 18,6% por precio, mientras los barriles despachados en julio cayeron 3,1%. En el acumulado del año el café bajó 9,5% y las manufacturas 2,5%. Ese es el telón de fondo del informe de balanza de pagos que el Banco de la República acaba de divulgar. El déficit en cuenta corriente del segundo trimestre fue de US$4.702 millones, equivalente a 3,5% del PIB, frente a 1% en el trimestre anterior. Las importaciones de bienes del semestre crecieron 14,2%, con las compras de bienes de consumo subiendo 30%, y el comercio de servicios pasó de superávit a déficit. La lectura del banco central es directa. Exportamos más por mejores precios e importamos más por mayores cantidades. Lo segundo obedece a una demanda interna que crece más rápido que la capacidad de producir. El PIB del segundo trimestre subió 3,5%, pero las importaciones en volumen aumentaron 7,5% y las exportaciones cayeron 1%. El consumo del Gobierno creció 12,2% y la compra de bienes durables de los hogares cerca de 16%. Bastante se ha mencionado lo preocupante que es que la tasa de inversión haya bajado a 16% del PIB, luego de haber estado 19,1% en 2022 y en 24,1% en 2007. Con ese aparato productivo, el gasto adicional termina en vehículos, motocicletas y teléfonos importados. Por ahora el desequilibrio se financia. La inversión extranjera directa del semestre creció 31% y las remesas superaron US$6.600 millones. Pero los inversionistas de portafolio retiraron más de US$3.000 millones en el mismo lapso, sobre todo en bonos del sector público. Con un déficit primario de 3,3% del PIB y una deuda neta que subiría a 66,2% en 2027, el país llega a esta coyuntura con dos déficits creciendo al mismo tiempo. Esa combinación es la que suele castigar el mercado. El Banco de la República aprovecha la apreciación del peso para comprar hasta US$4.000 millones de reservas en dos años, un colchón útil pero no una cura. Y el diagnóstico de fondo está dicho. Combustibles, minería y oro son más de la mitad de lo que vendemos. Analdex recuerda que Colombia no supera los US$50.000 millones anuales en exportaciones desde 2012, cuando llegó a US$60.000 millones, y que la apreciación del peso está dejando en rojo la rentabilidad de café, flores y banano. El gremio pide una devolución rápida de saldos a favor en la Dian, una aduana electrónica prometida desde 2016 y un régimen aduanero más simple. Y propone al nuevo Gobierno una meta de US$100.000 millones al final del cuatrienio. Es una aspiración del sector, no un compromiso oficial, pero le pone tamaño al reto. A eso se suma el arancel de 12,5% que EE. UU. aplica a cerca de un tercio de lo que le vendemos y que sigue pendiente de negociación. Hay una ventana que conviene mirar. Las exportaciones de servicios modernos crecieron 16% en el semestre y ya suman US$3.306 millones. Es poco frente a la canasta minera, pero crece justo donde lo demás se estanca. La luz de alerta vuelve a encenderse. Apagarla no depende del precio del oro ni del petróleo, sino de producir más y de venderlo afuera.
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