Siempre me gustó septiembre, el mes de las uvas de oro. Ahora la vendimia se adelanta, con estos calores feroces. En la Ribeira Sacra, donde hacen la vendimia heroica, así la llaman, trepan por las laderas que miran al espejo del río ya desde mediados de agosto. Vuelan sobre el río con la naturalidad de supermanes. El vino es un líquido sagrado que guarda la memoria de el tiempo. Yo amaba septiembre, el mes en que nací, y sus uvas doradas, y los caminos polvorientos que nos llevaban a las pequeñas escuelas unitarias, tan mágicas como desvencijadas. A la hora de la siesta, doña Irene, mi primera maestra, ya próxima a jubilarse, me decía: apóyate contra la pared y deja la mente en blanco. Su mejor lección. Ahora sé que dejar la mente en blanco es todo un hallazgo, una de las pocas formas de escapar del gran ruido del mundo. Pero lo cierto es que allí estábamos en medio del silencio, sólo roto por el rumor de las ramas de los árboles y el canto de los pájaros.
Septiembre es un recuerdo de libros de texto que había que forrar (era un mandato), de páginas satinadas que anunciaban un tiempo misterioso y renovado. Eran libros comprados con gran esfuerzo por nuestros padres, atrapados en la gran pobreza del tardofranquismo. Pero, más que leer, olíamos las páginas con intensidad, como si la ciencia entrara así en nosotros, por el perfume de lo nuevo, y también estaba el aroma de los lápices de colores: el mejor olor del mundo. Septiembre significaba volver, abandonar ese animal salvaje que era el verano, pero volvíamos contentos.
Ahora, tanto tiempo después, la magia de días como hoy ha desaparecido. Es cosa del mundo adulto, lo sé, donde la realidad suele matar cualquier atisbo de felicidad, y volver al trabajo no siempre es plato de gusto, pero creo que tiene que ver con este mundo poblado de alarma, de ruido y de furia, en el que nos encontramos. Esta trampa mortal, este veneno. No podemos despojarnos de esta amarga sensación de que todo está envuelto en sombras, de que no hay un instante para una bocanada de aire, de que todo está alterado y preparado para no darnos tregua, para no dejarnos respirar. Pienso en aquellas palabras de Albert Camus, quien aseguraba que el sol que había reinado en su infancia le había librado de todo resentimiento. Sin embargo, a veces creo que este clima inclemente, este sol formidable que nos abrasa, estos veranos que baten siempre el récord de las temperaturas del verano anterior, nos llevan a una especie de cambio social, a una irritación profunda y generalizada que se traduce en una incomodidad manifiesta ante el miedo al futuro. Porque sabemos que el calor seguirá al alza, que el mundo se va convirtiendo cada vez más en un lugar invivible, que los veranos ya no significan un paréntesis, sino un continuum perverso de las vidas agitadas, y no queremos perder las ventajas del mundo rico, que creímos que serían nuestras para siempre.
El agobio de un mundo en llamas, de un orden mundial brutal, autoritario y tal vez neofascista, nos hace olvidar, quizás, la solidaridad para con los otros, nos conduce al desánimo y a la dureza de alma, y poco a poco la esperanza de sobrevivir se parece demasiado a la resistencia en un escenario de Mad Max, donde sólo los más fuertes sobrevivirán, donde no habrá compasión para los perdedores, donde el paisaje sólo será un tejido acre de sangre y sudor, donde la vegetación habrá desaparecido hasta las raíces, donde el olor a petróleo nos enseñará el final de una era. ¿No es eso lo que vemos en Ormuz, no hay algo de canto final, un canto sin épica, en la deriva trumpiana con los combustibles fósiles? ¿No parecen guerras propias de escenarios postapocalípticos y distópicos? Este mundo ardiente acaba con esa antigua mirada compasiva. ¿Somos de pronto más crueles?
Esa fue, lo hemos escrito en otras ocasiones, una de las afirmaciones terribles de Stephen Miller, asesor de Trump. Dijo, o vino a decir, que el mundo se mueve ya por la fuerza. Y en verdad que lo estamos viendo. La promesa de racionalidad y solidaridad, la promesa, en fin, de gobernar desde los valores del humanismo, que está en los fundamentos de Europa, parece derrotada. Septiembre se inicia sin aliento. La magia infantil del mes de las dulces uvas doradas se ha tornado una realidad adulta insoportable, poblada de estruendo y de tinieblas. Y de estupor, también. Porque es difícil comprender cómo hemos llegado hasta aquí. Esta Europa que ha hecho de la cultura y de la educación de todos (pública, abierta, diversa y gratuita, como debe ser) su motor de avance, por encima de las herramientas tradicionales que aplicaron durante siglos los imperios, superando al fin el egoísmo depredador, colocando la libertad y la ciencia en la base del progreso, se ve de pronto atacada con estas herrumbrosas lanzas de antiguas batallas, con el perfume de caducos patrioterismos que hacen hervir la sangre joven, esa que siempre hemos creído que estaba educada en las altas miras, en la comprensión de los otros, en la multiculturalidad. ¿Dónde está el error? ¿Por qué este giro inexplicable?
¿Cuál es la razón verdadera de que se extienda a gran velocidad una mirada autoritaria y cruel en el mundo? He leído artículos que niegan la frustración ante las políticas de las izquierdas como la causa de que eso suceda. Pero es cierto que la izquierda no ha andado diligente. Y Europa está sumida en la confusión. Se habla más de una derechización cultural de los más jóvenes, simplemente por una tendencia que invierte las ideas sus padres, aquellos idealistas bohemios e irresponsables, pensarán algunos, como si se tratara de una revolución. ¿Una revolución que es, más bien, una involución? Muchos de esos jóvenes, no se olvide, no han conocido más que la bonanza económica y sólo saben de la guerra por los libros de historia (y a veces te preguntas si saben lo suficiente). Yo sí creo, sin embargo, en el surgimiento de una cierta decepción ante las promesas de la izquierda. Yo sí creo que la desafección política es combustible para el autoritarismo. Tal vez los jóvenes de occidente piensen que su mundo no será ya como el de sus padres, pero quizás deberían detenerse por un instante y leer sobre lo que supuso el nazismo en Europa. Ese nazismo que algunos relativizan ahora.
Escribo justo cuando se está conociendo la victoria del partido de extrema derecha AfD en las elecciones regionales de Alta Sajonia. Al parecer, aunque eso aún no sabe con certeza, a dos o tres escaños de la mayoría absoluta. Es Sajonia-Anhalt un estado peculiar, sin duda, pero se trata de la primera victoria contundente de un partido que, además, es aún más extremo que otros partidos semejantes en Europa. Como recordaba el sábado Hans Kundnani, en un magnífico artículo en el New York Times, titulado 'Algo alarmante está a punto de suceder en Alemania', AfD es ahora mismo el partido más popular en ese país. Alemania se enfrenta a una fuerte crisis económica, a una remilitarización, obligada por las circunstancias. La cuestión rusa y la guerra en Ucrania se alzan de nuevo en el horizonte como asuntos urgentes. Por supuesto, no sólo es Alemania. Es Europa en su conjunto, mientras sufre el empuje de las terribles ideas de Trump, la que se enfrenta a una situación difícil. ¿Es posible que nosotros, ciudadanos europeos, soñadores de la libertad y el progreso, hayamos cambiado tanto en tan poco tiempo? ¿Es posible que no haya un despertar de la Europa humanista, que cree en la solidaridad, en la diversidad y en la ciencia? ¿Vamos a destruir en apenas unas décadas todos aquellos sueños?
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