La figura de Monseñor Enrique Angelelli se levanta como una de las más potentes y reivindicativas de la historia de La Rioja, arquetipo de la dignidad de los pobres y negados. Su breve paso por la iglesia riojana puso en juego una praxis transformadora que fue capaz de remover el lodo profundo de una clase dominante que durante un siglo había construido una sociedad basada en la ilusión de paz y tranquilidad sobre los escombros sangrientos de las montoneras. Sus enemigos, aquellos que vieron tambalear el orden sagrado en sus iglesias y latifundios, tuvieron la capacidad de tramar y desatar una furia desproporcionada, que llevaba en el germen de la demonización de su figura, su posterior asesinato cometido con una saña proverbial.
Las fuerzas defensoras del orden, la propiedad privada, sectores ultramontanos de una iglesia rancia, lo acusaron de comunista y guerrillero. Trastocada su base simbólica toda la violencia unilateral podía desatarse sin ningún reparo moral, apelando a un discurso conservador profundamente clasista que solo podía imponerse por la acción violenta.
Consumado su crimen, las clases dominantes han construido una figura que sigue en disputa. Una asociada a la subversión marxista, a la penetración cultural extranjera, a una militancia política disfrazada de religión. Hecho que no pudo nunca impugnar su importancia en la historia riojana, argentina, en la historia de la iglesia tercermundista y de opción por los pobres.
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