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José González Corrales

Extremadura emocional

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Calidad de vida, futuro de Extremadura, orgullo y sentido de pertenencia, intención de quedarse o marcharse, oportunidades, confianza institucional, servicios públicos, mundo rural, despoblación, vivienda, transporte, situación económica… Todos estos factores terminan conformando una percepción individual que, a su vez, influye en la realidad colectiva de la región. Es, en cierto modo, la vieja historia del huevo y la gallina: lo que somos condiciona cómo nos vemos, pero la forma en que nos vemos también acaba condicionando lo que somos. La superación de una baja autoestima colectiva no se decreta en el DOE ni se produce de la noche a la mañana. Cuando un territorio asume durante generaciones un contexto de carencias, aislamiento, periferia y escasez, esa experiencia termina sedimentando en el imaginario colectivo y en la psicología de su ciudadanía y, además, se transmite de generación en generación. Los extremeños y las extremeñas hemos sentido durante décadas emociones nacidas de un contexto social y económico real. Y, desde esas mismas emociones, hemos construido y proyectado hacia el exterior una determinada imagen de nuestra tierra. En buena medida, hemos terminado mostrando fuera aquello que durante mucho tiempo sentimos dentro. Durante décadas, el relato predominante —tanto el construido desde el exterior como el interiorizado por la propia sociedad extremeña— redujo nuestra identidad a una crónica de déficits, necesidades y oportunidades perdidas. Ese sustrato cultural y psicológico dejó huellas profundas que todavía hoy no han desaparecido por completo. Y es cierto que aún quedan necesidades materiales y estructurales de enorme importancia por resolver. Pero, incluso cuando muchas de ellas estén cubiertas, la transformación no habrá concluido. La recuperación colectiva solo será completa cuando avance también nuestra autoestima; cuando seamos capaces de percibir nuestra tierra desde una mirada más ambiciosa, confiada y orgullosa, y de proyectar esa percepción hacia el exterior. Solo entonces podremos decir que Extremadura ha superado definitivamente buena parte de aquel viejo relato. Será también entonces cuando contagiemos esa mirada dentro y fuera de nuestra comunidad. En definitiva, este tránsito describe una transformación que es económica y social, pero también profundamente psicológica y cultural. La realidad condiciona nuestra percepción, pero nuestra percepción también contribuye a transformar la realidad. La autoestima colectiva está íntimamente ligada a la manera en que una sociedad se mira a sí misma. Quizá uno de los grandes retos de Extremadura sea cambiar la forma en que nos percibimos. No se trata de querer ser más que otras comunidades ni tampoco menos, sino de pasar de un orgullo defensivo —«no somos menos»— a una confianza colectiva transformadora —«tenemos capacidades y podemos construir futuro»—. Mirar por la ventana es importante, pero mirarnos al espejo no lo es menos. Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita. Mantente informado con las últimas noticias de actualidad. Activar ahora
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