Vidas breves
«Desde la España de interior y menos poblada hemos asumido sin dolo la proeza de generar energía renovable para todos»Teresa Sanz NietoLa Tierra no es «redonda y achatada ligeramente por los polos», como decíamos en el colegio. En las imágenes que hace unos días publicaba la ... NASA, más bien parece una pelota desinflada, barrigona por el Pacífico y abollada por el Índico. Todo es un problema de escala, somos nosotros los que no observamos desde la atalaya adecuada. Hacía mucho que no veía el perfil de Segovia desde La Lastrilla. Junto a las torres románicas, la Catedral y la proa del Alcázar, al atardecer se reflejaba la luz sobre la meseta, como si hubieran emergido unas lagunas. No era un espejismo, ni por supuesto agua, ojalá, sino placas solares. En aquellas fincas de cereal de Perogordo, que de niños recorríamos en busca de escorias del antiguo tren, ahora florecen los megavatios.
El brillo de las placas puede que sea la intervención en el paisaje más notable que dejará nuestra época. Y pocas tan fulminantes. En el año 2000 los políticos hablaban del Plan Solar de Castilla y León y parecía ciencia ficción: abastecerse sin límite de una energía inagotable y gratuita, qué chollo. Durante algún tiempo se escucharon algunas voces críticas, pero es ahora, que casi no se habla de ello, cuando se está dando el gran salto de potencia. Valladolid va en cabeza, aunque a poco que salgamos por carretera veremos que están presentes en toda Castilla y León y, en general, en la España interior (la vaciada, salvo Madrid). En superficie, se calcula dos hectáreas por cada megavatio; en tres años, parece que podríamos llegar a 20.000 hectáreas. Más o menos es lo que ocupan en Castilla y León cultivos como la patata, o la remolacha.
Explicado así parece fácil, pero es casi imposible encontrar datos limpios y agrupados. Como si los parques solares hubieran nacido a golpe de anuncio en el boletín, por esporas, sin vínculo alguno entre ellos. A los ciudadanos nadie nos ha enseñado un mapa con los objetivos a cumplir desde aquel 2000, qué lugares eran los adecuados, con qué dimensión, por dónde irían las vías de evacuación ─porque los parques no alteran solo su perímetro estricto─, qué consecuencias conllevarán a largo plazo. Solo te enterabas de algún detalle cuando un grupo de vecinos sentía que les perjudicaba. Nunca muchos, porque en los pueblos lo que abunda es gente mayor para la que la conformidad es la primera regla de supervivencia.
Nadie duda, yo no dudo, de que tras esta aceptación silenciosa hay una razón de peso. Necesitamos electricidad, cada vez más: a menos calor humano, más demanda energética, así es este mundo digital y solitario. Desde la España de interior y menos poblada hemos asumido sin dolo la proeza de generar energía renovable para todos. Mucha más de la que nosotros precisamos, no digamos si se suma la eólica y la hidráulica. Una proeza no ya recompensada, es que ni reconocida. Todo esto ha pasado por encima, sin demasiadas explicaciones, pese a que esos proyectos se han instalado en esta tierra, en muchos casos con generosas subvenciones públicas. Lo único contable es la renta que reciben los propietarios del terreno, sean particulares o ayuntamientos. Una vez en marcha, el empleo generado es pequeño, apenas unos técnicos de mantenimiento, que raramente residen en los pueblos. Por ejemplo, sería interesante saber si los fondos obtenidos por esa cesión de terrenos públicos revierten en inversiones significativas para que los municipios tengan vida más allá del verano. Poner la tierra sin poner condiciones y sin pedir explicación puede interpretarse como humildad, aunque también como sumisión. En general, no conviene: hoy viene esto, y mañana lo otro.
En temas complejos y que mueven dinero, solo cuatro informados parten con ventaja. La mayoría somos como el padre de Woody Allen: «¿Y yo qué sé si existe Dios? Si ni siquiera sé cómo funciona un abrelatas». A falta de explicaciones, podemos sospechar, ignorar o hasta imaginar conspiraciones. Pero miles de hectáreas de placas solares no pasan desapercibidas ni para los satélites de observación de la NASA. Seguro que ya aparecen en el último manual de geografía de Primaria, en el apartado de usos del suelo y configuración del paisaje.
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