'Fui el último hombre en salir de la Torre Norte antes de que colapsara', me cuenta William Rodríguez, recordando la caída de las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York hace 25 años. 'Vi los cuerpos de las personas que se habían lanzado desde las torres. Eran cuerpos irreconocibles. Parecían calcomanías pegadas al pavimento'. De pronto escuchó que le gritaban: '¡Corre! ¡Corre!' y lo primero que vio fue un camión de bomberos estacionado frente a la entrada principal. 'Me lancé debajo del camión y, en ese mismo instante, la Torre Norte comenzó a derrumbarse sobre mí'.
Willy –como le llamo después de múltiples entrevistas desde ese 11 de septiembre del 2001– quedó atrapado debajo del camión durante cuatro horas y media, hasta que un bombero lo sacó. Él me ha contado varias veces su historia. Pero siempre surgen nuevos detalles. Esta vez me contó de una mujer vestida de rojo que conoció en el piso 33 y que, tras llegar a la calle y creerse a salvo, quedó partida por la mitad por un ventanal. No sé cómo se puede vivir con algo así en la cabeza.
Willy es un hombre en paz. Hizo todo lo posible, y mucho más, para salvar a quienes estaban atrapados en la Torre Norte luego que un avión Boeing 767 de American Airlines se estrellara por arriba del piso 93 esa nítida mañana de septiembre.
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Y me mostró orgulloso una llave.
'Esta llave, no me la querían dar', me dijo, 'significó la vida de cientos y cientos de personas el 11 de septiembre'. Esa llave maestra –una de cinco– abría las puertas de las escaleras de la Torre Norte del World Trade Center y esa mañana Willy era el único que la estaba usando. Willy conocía las entrañas de las Torres Gemelas. 'Mi trabajo (durante los últimos 10 años) consistía en limpiar diariamente los 110 pisos de escaleras (de la Torre Norte)'.
Ese martes 11 de septiembre, con un cielo sin una nube, Willy marcó su tarjeta de entrada a las 8:46 de la mañana y al instante escuchó una explosión muy fuerte. 'Las paredes se agrietan, todo el techo falso se desploma sobre nosotros... Aquello era una locura'.
Ahí comenzó el primero de varios rescates de Willy. 'Síganme, yo conozco bien el edificio', le gritó a un grupo que incluía a varios empleados nuevos. Lideró a 14 personas desde el sótano hasta una rampa de camiones que salía a la calle.
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Luego vino lo más peligroso.
Regresó al lobby de la Torre Norte y ahí se encontró con un equipo de bomberos. Los elevadores ya no funcionaban; el impacto del avión había roto los cables. Así que Willy llevó a los bomberos por las escaleras.
Piso 3. Piso 10. Piso 27 y ahí Willy hace una pausa para llamarle a su mamá a Puerto Rico. 'Mami, estoy bien', le dijo, 'pasó un accidente en las Torres'. Y ella empezó a gritarle: '¡No, no, no! Lo estamos viendo por televisión. ¡Willy, sal del edificio! ¡No vayas hacia el fuego!'.
Pero Willy no le hizo caso. Llegó hasta el piso 39, abriendo puertas e indicándole a la gente por dónde bajar, hasta que escuchó otra poderosa explosión.
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9:03 de la mañana. Era el segundo avión, este de United Airlines, impactando la Torre Sur arriba del piso 77. 'En ese momento, el edificio donde nosotros estábamos, la Torre Norte, comenzó a temblar violentamente', recuerda.
Willy quería seguir subiendo para buscar a sus amigos que trabajaban en el restaurante Windows of the World, en el piso 106 y 107. Pero un policía lo detuvo y le ordenó bajar.
Al llegar de nuevo al lobby se dio cuenta que la Torre Sur –a pesar de haber sido impactada más tarde– fue la primera en caer y que la Torre Norte estaba a punto de colapsar. Salió corriendo por la entrada principal y encontró refugio debajo del camión de bomberos.
Un cuarto de siglo después, ese evento sigue marcando su vida.
Lo veo en una pantalla para esta entrevista, respirando pausadamente y no entiendo cómo alguien puede parecer tan tranquilo después de haber vivido tantos horrores. 'Yo creo que Dios me dio una segunda oportunidad', me dijo antes de despedirse. 'Yo sí creo que fui protegido. Ese día estuve a punto de morir muchas veces... Yo perdí cerca de 200 amigos. Ese inventario emocional es devastador... Veinticinco años después, mi mayor deseo sigue siendo encontrar un cierre emocional. Uno nunca olvida; aprende a vivir con ello'.
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