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Salud Sin Fronteras

Otro curso sanitario

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Septiembre tiene algo de comienzo de año. Terminan las vacaciones, recuperamos las rutinas y vuelven los problemas pendientes antes del verano. En la sanidad española y andaluza ocurre algo parecido. Comienza un nuevo curso con una agenda cargada de asuntos importantes, algunos conocidos desde hace demasiado tiempo. Sabemos cuáles son los principales problemas de nuestro sistema sanitario. Lo que necesitamos es avanzar en las soluciones. El primero tiene que ver con los profesionales sanitarios. Necesitamos mejores condiciones laborales, pero también saber cuántos profesionales requeriremos, de qué especialidades y dónde serán necesarios durante la próxima década. El envejecimiento de las plantillas, las jubilaciones, las dificultades para cubrir determinados puestos y los cambios tecnológicos obligan a una verdadera planificación estratégica de recursos humanos. La distribución de competencias entre profesiones también deberá adaptarse a este nuevo escenario. El segundo desafío es consecuencia de uno de nuestros mayores éxitos colectivos: vivimos más años. Pero una población más longeva significa también más cronicidad, pluripatología, dependencia y necesidad de cuidados. Nuestro sistema continúa organizado alrededor de la enfermedad aguda, el hospital y el episodio asistencial. La cronicidad exige continuidad, una atención primaria fuerte, coordinación entre niveles, atención domiciliaria y mayor integración entre los servicios sanitarios y sociales. Adaptar el sistema al envejecimiento significa cambiar la organización de la atención y desplegar las estrategias de cronicidad en Andalucía y en todo el SNS. Un tercer asunto será la política farmacéutica. España revisa su legislación sobre medicamentos mientras la innovación biomédica avanza a enorme velocidad. Terapias génicas y celulares, medicamentos personalizados y nuevos tratamientos ofrecen oportunidades extraordinarias, pero también interrogantes sobre su financiación. El debate no puede reducirse a cuánto estamos dispuestos a pagar. Hay que preguntarse cuánto valor aporta cada innovación, qué resultados consigue en condiciones reales y cómo garantizar a la vez acceso y sostenibilidad. Evaluar mejor, negociar mejor y vincular parte de la financiación a los resultados debería formar parte de una política moderna. La innovación es imprescindible, pero no a cualquier precio. El cuarto desafío será la inteligencia artificial en sanidad. Hemos hablado mucho de sus posibilidades; ahora toca hablar de su utilización real. Puede mejorar el diagnóstico, ayudar a seleccionar tratamientos, reducir tareas administrativas, anticipar riesgos y facilitar la investigación. El debate ya no consiste en si utilizaremos IA, sino en cómo hacerlo con calidad y equidad. La tecnología debe aumentar la capacidad de los profesionales, no sustituir la relación humana. Debemos garantizar privacidad, seguridad, transparencia y evaluación de los algoritmos. Incorporar IA sin una estrategia de gobernanza sería tan irresponsable como renunciar a utilizarla. Hay además una asignatura que nunca debería desaparecer de la agenda: la salud pública. Las pandemias recordaron su importancia, pero no puede adquirir protagonismo solo ante una emergencia. Prevenir el tabaquismo, afrontar la obesidad, reducir el impacto del cambio climático en la salud y combatir las resistencias antimicrobianas resulta menos visible que inaugurar un hospital, pero puede producir muchos más años de vida y de buena salud. La puesta en marcha de la Agencia Estatal de Salud Pública debería contribuir a reforzar esa capacidad de anticipación y respuesta. Sobre estas bases debería impulsarse un fortalecimiento real de la atención primaria para cumplir el papel que debe jugar en un sistema sanitario moderno, eficaz y equitativo. Todos estos desafíos conducen finalmente a una cuestión probablemente menos atractiva para la opinión pública, pero decisiva: la gobernanza del Sistema Nacional de Salud. Tenemos un sistema descentralizado y eso no constituye necesariamente una debilidad. El Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud debería evolucionar desde un espacio fundamentalmente de coordinación hacia un verdadero instrumento de cogobernanza sanitaria. Necesitamos compartir información, comparar resultados, evaluar políticas y aprender de quienes obtienen mejores resultados. La diversidad puede ser una oportunidad para aprender si somos capaces de evaluar; sin evaluación, puede convertirse simplemente en desigualdad sanitaria.
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