Un numeroso grupo de migrantes concentrados este miércoles en la zona de Loma Colmenar, en Ceuta. Reduan | EFE
Uno mira a su alrededor y ve gente. Muchos se detienen y hablan —de la niña a la que le ha salido la plaza en Burela o en Porriño, de la abuela, que tiene noventa y dos años y sigue yendo a la compra—, otros de fútbol, de Pedro Sánchez, de Feijoo, de Ceuta. Los hay que van apurados y callan, que tal vez se dirigen a la oficina de Hacienda, que los asfixia, y despotrican contra el Estado para sus adentros. Cuando uno los mira, sabe que es un poco como todos ellos, y piensa que gente así, gente como uno, manda en las grandes empresas, en las ciudades, en los países. Que todo aquello que creía cuando era joven —que los dirigentes estaban rodeados de los grandes sabios, juristas, ingenieros, filósofos que sabían lo que había que hacer en cualquier momento— es falso. Descubre que un alto general con mucho mando es en realidad un macarra barriobajero, que un ministro, una ministra, antepone a su deber la sumisión al jefe, la adulación que, como el telón de un teatro con las candilejas, esconde la más absoluta desnudez, una total falta de dignidad. La incompetencia y el atrevimiento, que los lleva por ejemplo a realizar obras millonarias, que permanecerán durante décadas, con criterios equivocados o falsos, pero que no dudan un momento en defender con arrogante firmeza ante la más mínima crítica. Y uno se da cuenta de que los que mandan no son los mejores sino los más descarados, los que están hechos como el patito de goma de Epi, el de Barrio Sésamo. Ya saben: rubber duck, duck, duck…
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