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Caso Loan: ¿Hay una mano negra?

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Dos años después, Loan sigue sin aparecer. Alrededor de su ausencia quedó un territorio sembrado de contradicciones, irregularidades, silencios, pistas falsas y personajes llegados desde el poder judicial, sindical, fundaciones, policial, político, empresarial, mediático y hasta religioso. ¿Fue solamente el caos de una investigación desbordada o alguien necesitó producir ese caos? Cuando todos los desvíos alejan siempre del mismo lugar, la verdad, la casualidad empieza a ser una explicación demasiado cómoda. Ni la familia de Loan ni esta nota denuncian una conspiración: formulan una pregunta más grave. ¿Quién ganó cada vez que la causa perdió el rumbo? ¿Quién necesitaba que todos miráramos hacia otro lado? Si existió una estructura capaz de confundir, proteger, desinformar o encubrir, el juicio deberá hacer algo más que encontrar responsables: deberá sacar de la oscuridad, dedo por dedo, a quienes movieron las piezas. A esa sospecha la historia le puso nombre hace más de un siglo: la mano negra. La historia aprendió hace mucho a ponerle nombre a lo que actúa sin mostrarse. La metáfora literaria suele llamar 'mano negra' a ese poder que nadie ve, nadie reconoce, pero cuyas huellas aparecen cuando demasiadas cosas dejan de ser casualidad. Nació en la Andalucía convulsionada de 1882 y 1883, cuando se lo atribuyó a una presunta organización secreta anarquista a la que se adjudicaron asesinatos, incendios y violencia rural en medio del hambre, las malas cosechas y una feroz conflictividad social. Su existencia real, su extensión y su estructura quedaron desde entonces envueltas en una controversia que atravesó generaciones de historiadores, lo que no impidió que siete de los condenados fueran ejecutados a garrote en la plaza del Mercado de Jerez en junio de 1884. Los propios archivos de la Junta de Andalucía hablan hoy, con cautela, de una «presunta organización», y las investigaciones de José Luis Pantoja Antúnez y Manuel Ramírez López sobre aquella represión, y la de Juan Madrid en «La Mano Negra. Caciques y señoritos contra anarquistas», reconstruyeron un universo en el que delito, poder, clandestinidad, miedo y uso político de la violencia se mezclaron hasta volver imposible distinguir dónde terminaba el hecho y dónde empezaba su manipulación. Veinte años más tarde, al otro lado del Atlántico, la expresión reapareció con una fuerza todavía más siniestra. En los barrios italianos de Nueva York, Chicago y otras ciudades norteamericanas, extorsionadores enviaban cartas que exigían dinero bajo amenaza de incendio, secuestro o muerte, y las firmaban con revólveres, calaveras o el dibujo de una mano negra. El estudio clásico de Thomas M. Pitkin y Francesco Cordasco, «The Black Hand: A Chapter in Ethnic Crime» (1977), demostró que no se trataba de la gigantesca organización centralizada que sugería la prensa, sino de grupos y delincuentes que compartían un método, un lenguaje de terror y un símbolo; ya en 1908 Gaetano D'Amato denunciaba en The North American Review el mito de una única Black Hand Society.
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