'Y se abalanzó sobre ella y, a pesar de los esfuerzos que esta hacía para oponerse, logró efectuar el acto del coito sin que la declarante pudiera impedirlo.'
L.V.I., de 46 años y vecina del pueblo de Villarroya de los Pinares, tuvo que volver a recordar ante el secretario judicial la denigrante y traumática violación a la que fue sometida por Abdelkader Ben Salam, soldado de 27 años del Tercer Tabor de la Mehal-la del Rif número 5. Uno de tantos de los temidos por su salvajismo y arrojo en la lucha, los 'Moros de Franco'. Fue su marido, V.C.T., de 51 años, quien acudió a la Guardia Civil a denunciar el abuso sexual. Era mayo de 1938 y la zona de Teruel y el norte de la provincia de Castelló estaban plagados de soldados sublevados. La sociedad fue ocupada, posesionada, asfixiada por el hedor del viento de la guerra que alteró sus vidas. El 15 de abril de 1938 —curiosamente, Viernes Santo—, los rebeldes llegaron al Mediterráneo y dividieron el territorio republicano en dos: Catalunya quedó aislada de Valencia, se ocupó el norte de la provincia por Vinaròs y Benicarló y parte de Tarragona. La guerra se decantaba hacia el lado del fascismo.
En la lucha bélica, la vida se mide cortamente y la guerra de 1936 a 1939 no fue menos. Fue una guerra de ocupación, una guerra total que movilizó todos los medios posibles con fines bélicos y afectó a toda la población. Ningún habitante de la España de 1936 pudo quedarse al margen del conflicto. Indirecta o directamente, los paisanos de esa nación que se resquebrajaba desde el golpe de Estado del 17-18 de julio de 1936 se vieron impactados por las violentas salpicaduras de la asonada militar y el posterior conflicto.
La cotidianeidad se militarizó y lo castrense fue la regla represiva del Nuevo Estado franquista. El ejército, el pilar base sobre el que alzar la Nueva España.
Soldados, legionarios, regulares, mutilados, desfiles, aire marcial… Las pocas gentes que se quedaron en los municipios se atemorizaron cuando vieron las chilabas, los turbantes, las barbas, los pendientes, las pieles morenas, los capotes, los tatuajes y los fusiles entrando en sus pueblos, ocupando su espacio, su cotidianeidad. Lo exótico se mezclaba con lo salvaje, con la violencia, con lo inquietante. El miedo a lo nunca visto y la curiosidad ante aquellos que ahora eran los Salvadores de la Patria.
Mientras la derecha local se vanagloriaba con los mandos militares en la plaza, donde se entonaban himnos y se realizaba un Te Deum, algunos lugareños, aunque tuvieran alguna identificación, tenían pavor. Francisco Centelles se asomó a la ventana de su casa el 15 de abril de 1938, cuando las tropas ocuparon Sant Jordi. Su hija, Teresa, que contaba con cuatro años, se acordaba de las 'Trinxes dels moros i de les cartutxeres'. Fue avistado por un soldado y obligado a abrir la puerta de su domicilio y a salir a la calle con toda la familia. Un soldado regular armado cogió a su pequeña de cuatro años en brazos. Él nada pudo hacer. Lo siguió de lejos; tenía miedo y padecía por lo que le pudiera pasar a su pequeña, que iba cogida de 'les trinxes' del regular. Cruzaron todo el pueblo y, a la salida, la dejó en el suelo y le dio una galleta. El soldado se giró y vio al padre fundirse en un abrazo con su pequeña Teresa, que se abalanzó sobre él entre sollozos.
Peor suerte corrieron otras niñas o mujeres, como L.V.I. La pareja vivía en la caseta de peones camineros de la carretera que va de Teruel a Cantavieja, zona infestada de soldados. Su marido corrió a denunciar la violación ocurrida el día anterior. En su casa se presentó un moro sobre las 20 horas pidiendo comida y reposo, 'a lo que por temor aceptó', y le dieron de comer y alojamiento durante la noche. A la mañana siguiente, él y sus hijas se fueron a trabajar al campo y la mujer se quedó sola. El soldado 'se abalanzó sobre ella diciéndole que si no lo quería que la mataba' y sucedió el desagradable y asqueroso acto. El violador se marchó rápidamente. Después, ella, llorando, fue a casa de los vecinos 'porque tenía miedo de continuar sola en la casilla'. Aunque fue procesado por un tribunal militar por un delito de violación, el militar fue absuelto. Impune. Este es tan solo un ejemplo más entre otros casos repugnantes, como los asesinatos en Portell de Morella de una madre y una hija tras ser violadas, otra violación en Morella u otra en la misma capital castellonense.
El control sobre las vidas y los cuerpos
La dictadura franquista se asentó sobre la represión y la impunidad de sus criminales, con la posición y la posesión de sus personas, y supuso un profundo retroceso en los derechos de las mujeres. El régimen, de carácter misógino, patriarcal y androcéntrico, las relegó a un papel pasivo y limitó severamente su actuación. Hablando claro, eran un cero a la izquierda de la sociedad. Solo tenían la función de criar y engendrar hijos para la Nueva España Imperial. El franquismo, con el respaldo de la Iglesia y de la Sección Femenina de Falange, promovió un modelo de mujer doméstica, católica, obediente, sumisa y dedicada al matrimonio y a la maternidad. El marido concentraba buena parte de la autoridad legal sobre ellas, mientras el régimen difundía el ideal del «Ángel del Hogar».
Tras la derrota de la República, el 1 de abril de 1939, las nuevas autoridades franquistas, concienzudamente, emprendieron la desarticulación de los avances logrados durante el periodo democrático en materia de libertades y derechos, así como el aniquilamiento de sus precursores o promotores. Una regresión meteórica entre el colectivo femenino de la que todavía, actualmente, queda un poso sociológico en muchas actitudes masculinas.
La Segunda República impulsó un amplio proceso de modernización y democratización de España. A través de ambiciosas reformas y de una nueva Constitución, promovió derechos laborales y sociales, la libertad religiosa y, por primera vez, la igualdad de género, no sin hacer frente a las limitaciones y trabas de los poderes tradicionales. Sacó a España de ese atraso que vivía con monarquías corruptas y elitistas, hoy herederas de esos tiempos. La República fue una escuela de ciudadanía y de razonamiento y convirtió al colectivo femenino en ciudadanas plenas, política y socialmente hablando.
A casi 2.000 mujeres se les imputaron acciones. Si tenemos en cuenta las poblaciones de Castelló a finales de 1930, estaríamos hablando de que en todos y cada uno de los municipios se procesó sumariamente a unas siete mujeres. A 1.075 mujeres se eleva la represión jurídico-militar contra las mujeres de la provincia de Castelló. En pseudojuicios sumarios, auténticas farsas y esperpentos jurídicos, fueron acusadas de delitos delirantes como reírse de los muertos, encabezar manifestaciones, insultar o faltar al orden. Con un grado de machismo supremo y con la moralidad como vara de medir los delitos, su comportamiento, su actitud, sus relaciones o sus amistades fueron punibles. Lo privado pasó a ser político.
No obstante, fueron muchas más las vejadas, humilladas, rapadas, violadas, agredidas y sometidas. Sus nombres raramente aparecen en la documentación y muchos han quedado recluidos en las ya ancianas mentes de esos niños que vieron con sus propios ojos las barbaridades de los franquistas. Duros y trágicos testimonios que van aflorando.
Ellas habían traspasado sus límites: la puerta y la ventana de su casa. Eran las rojas, las vencidas, las infames, las abyectas. La dictadura elaboró un discurso en el que los vencidos eran inhumanos y las mujeres, monstruosas, intolerantes, histéricas, sádicas, antinaturales, masculinas, sin atributos maternales, etc. Una definición delirante legitimada por las pseudoinvestigaciones de Antonio Vallejo-Nájera, con la que se consagró una dictadura que, como tal, fue una violencia contra la feminidad.
Cementerio de Castelló. / Narcís Tena Sales.
En las entradas de los pueblos, cuando llegaba el autocar o los primeros carros, una comitiva de bienvenida de vencedores empezaba a apedrearlas, a escupirlas, a maltratarlas. Tirones de pelo, puntapiés en sus partes, pellizcos, apaleamientos… y el rapado. Muchas mujeres fueron rapadas y paseadas cuando llegaron al municipio: Vilavella, Benlloc, Cinctorres, Forcall, Borriol, Borriana, la Jana, Traiguera, etc. Incluso en Albocàsser, a la mujer de un preso —que sería fusilado en 1942 en Castelló— la Guardia Civil la arrojó por las escaleras de su casa, provocándole un parto prematuro con la criatura llena de pus. La represión y la venganza empezaban sin compasión.
La primera mujer fusilada en la Comunitat Valenciana
En la provincia de Castelló, tres mujeres fueron fusiladas: Vicenta-Rosa Ferreres Soriano, La Ferrera, de Benicarló, el Baix Maestrat, el 4 de junio de 1938, con 46 años, convirtiéndose en la primera mujer fusilada por sentencia militar de la provincia y del País Valencià; Elisa Ull Marí, La Ratà, con 26 años en Borriana, la Plana Baixa, el 25 de agosto de 1939; y Dolores Nebot Morte, La Coles, con 33 años l'Alcora, l'Alcalatén, el 15 de abril de 1940. No descartamos más muertas. Sus desgraciados fusilamientos las han convertido en un símbolo y en la memoria permanente que todavía las recuerda y homenajea. Lamentablemente, sus restos no se han localizado. Es muy complicado.
Los de Elisa Ull y Dolores Nebot reposan en el osario católico del Cementerio de Castelló. De los de Vicenta-Rosa no se sabe exactamente dónde se encuentran. Es prácticamente imposible conocer la ubicación exacta en el cementerio de Benicarló e incluso se llegó a afirmar que la fusilaron y la lanzaron al barranco junto al cementerio. No lo sabemos. Sí que sabemos que sus hijos estuvieron presentes cuando la fusilaban, cuando la mataron, cuando la sangre manó. Sus hijos estaban. La mayor tenía 19 años y la menor, 10.
Los niños quedaron solos y desamparados porque el padre y los hermanos mayores huyeron y a la madre la asesinaron. El último recuerdo: el asesinato. Traumas. Actualmente, la familia piensa que sus restos se encuentran dentro de las cuatro paredes del cementerio de Benicarló, pero no sabemos dónde. No localizaremos sus restos, pero devolvemos su recuerdo y su memoria y la perpetuaremos en la conciencia. Si hoy se las recuerda, se las recordará siempre.
Rafael Melià Vallès y Vicenta Rosa Ferreres Soriano, 'La Ferrera', pocos años después de casarse en 1912. / L-EMV
1936 todavía mira con prepotencia en 2026. Noventa años del derrumbe de una de las experiencias democráticas más avanzadas de Europa en aquel convulso primer tercio del siglo XX, hay quiénes celebran aquella fecha. Nosotros lo recordamos, en cambio, no la olvidamos, nunca la hemos olvidado. Es imposible olvidar aquel fatídico día que condenó al país al ostracismo de las noches, a lo que nunca nadie pensaba que iba a llegar. Como anota el erudito filósofo Reyes Mate, «el deber de la memoria es tomar al acontecimiento impensable como lo que da que pensar». Debemos repensar los hechos, que el conocimiento, lo que produce el razonamiento, nunca imaginó que llegarían tan lejos. El antídoto es la memoria: el deber de la memoria. El deber de recordar contra el peligro de la deshumanización que, de trágico recuerdo y actualidad, se está produciendo en nuestro mundo del avanzado y moderno siglo XXI.
Décadas de silencio y desinterés
En los tiempos que corren, «donde negras tormentas agitan los aires», son fundamentales el saber, la razón, el conocimiento y el reconocimiento del pasado más trágico que ha conocido la historia de nuestro país. Saber para reflexionar y reflexionar para saber, para saber mejor, sin mentiras ni discursos tabernarios. Con documentación y rigor, los historiadores hemos demostrado y seguimos demostrando que, en su propio seno, fue una violencia directa contra la libertad y la democracia plena.
Quiero recordar un testimonio que me impactó emocionalmente cuando entrevisté a Severino López Vidal. Su padre, Tomas, de Sant Jordi, fue fusilado en Castelló y su madre, Josefa, sufrió un largo periplo carcelario. Él, con más de 80 años, mientras hablábamos cómodamente en el comedor de su casa, me dijo al terminar nuestra conversación: 'Narcís, en 80 anys eres l'única persona que m'ha preguntat per mon pare'. Silencio.
Este es el reflejo de cómo la dictadura tuvo ese poder sobre la muerte y el recuerdo. Del memoricidio, del poder de la necropolítica.
Otro caso que ejemplifica la presencia del miedo, aún 90 años después, es el testimonio de una mujer que muestra cómo, en las zonas rurales y aisladas de las montañas de Castelló. En la psicología de sus paisanos todavía permanece aquella sensación de inseguridad que vivían. Herederos de esa angustia, tal y como me transmitió: 'Les dones tenien temor, algo voltant per fora de casa…'. 'Això és un sinvivir: Els homens anaven a per tot, ¿vale?'.
Honor y Memoria.
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