Después de años de travesía o en un impulso de horas, decenas de miles de personas decidieron abandonar sus vidas en Marruecos. Algunos la perdieron para siempre. El Gobierno español sumó días -¿semanas?- de retraso en tomar las riendas de la crisis migratoria de Ceuta. La oposición tardó minutos en culpar a Pedro Sánchez. El magma ultraderechista no dudó un segundo en excitar el miedo. Muy pronto, prendieron los mensajes de odio en el erial de las utopías. Y, también muy pronto, Europa lanzó un sálvese quien pueda.
Mientras, la ciudad autónoma jadea con dificultad, atrapada en una guerra política que son muchas. En sus apenas 20 kilómetros se libran batallas electorales, se pone en juego el alma de Europa y hasta la deriva autoritaria del mundo. El territorio, convertido en un avispero de voluntades: vecinos que tratan de recuperar sus calles, migrantes que reclaman un espacio, trabajadores públicos y voluntarios que inventan acomodos y, cómo no, agitadores que buscan doblegar la humanidad convirtiendo a los foráneos en monstruos, seres depravados que nada tienen que ver con los nacionales... ¿Seguro?
Desde el inicio de la crisis migratoria, se han producido 23 agresiones sexuales registradas. ¿Cuántas más no habrán sido denunciadas? Todas las víctimas son mujeres migrantes, nueve de ellas menores. Hasta el momento, se ha logrado identificar a ocho presuntos agresores: cuatro marroquíes, tres españoles y un belga. La internacional de violadores no sabe de banderas.
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