Cuando alguien que queremos atraviesa un momento difícil, nuestro primer impulso suele ser ayudar. Queremos encontrar las palabras correctas, ofrecer una solución o hacer algo que alivie su dolor. Sin embargo, hay situaciones en las que quizá el mayor regalo que podemos ofrecer no sea una respuesta, sino nuestra presencia.
Por Jesús De La Garza
Cuando vemos sufrir a alguien que queremos, es natural querer hacer algo. Buscamos una explicación, recordamos una experiencia parecida, pensamos en algún consejo o tratamos de encontrar las palabras que puedan hacerlo sentir mejor.
Lo hacemos desde el cariño.
Nos cuesta permanecer frente al dolor de otra persona sintiendo que no podemos resolverlo. Quizá por eso tantas veces comenzamos una conversación intentando reparar algo que, en ese momento, simplemente no puede repararse.
Las pérdidas, todas, necesitan tiempo. Y hay heridas que no desaparecen con una frase. Hay preguntas para las que quizá nunca encontraremos una respuesta suficiente.
Y es justamente ahí donde acompañar adquiere otro significado.
No todo dolor necesita una respuesta
A veces confundimos ayudar con solucionar.
Pensamos que, si alguien nos cuenta lo que está viviendo, espera que le digamos qué hacer, y este es un gran error. Muchas veces esa persona no busca instrucciones. Busca un espacio donde pueda expresar lo que siente sin tener que defenderlo, explicarlo o apresurarse a estar mejor.
Escuchar de verdad requiere algo que no siempre resulta sencillo: renunciar por un momento a nuestra necesidad de responder.
Significa permitir que exista el silencio.
Aceptar que quizá no sabemos qué decir.
Y comprender que nuestra presencia no pierde valor solamente porque no tengamos una solución.
En esos momentos descubrimos algo profundamente humano: todo ser humano necesita sentirse acompañado. No necesariamente comprendido en cada detalle ni protegido de cualquier sufrimiento, sino reconocido en aquello que está viviendo.
A veces escuchar con respeto ya es una manera de decir: aquí estoy.
Acompañar también significa saber quedarse
Hay personas que aparecen cuando todo va bien y otras que adquieren un significado especial precisamente cuando las circunstancias cambian.
Son esas personas que deciden permanecer aunque la conversación sea difícil, aunque no sepan exactamente qué decir o aunque el proceso dure mucho más de lo que cualquiera hubiera imaginado.
Quedarse no significa estar presentes a todas horas ni convertirnos en responsables del bienestar de otra persona. Significa no retirarnos únicamente porque nos sentimos incómodos frente a su dolor.
Puede ser una llamada.
Una visita.
Una comida.
Un mensaje que simplemente diga: 'Estoy pensando en ti'.
Un abrazo.
Pequeños gestos que quizá desde fuera parecen insignificantes, pero que para quien atraviesa una pérdida pueden convertirse en una forma muy concreta de compañía.
Porque llega un momento en el que entendemos que no tenemos que cargar el dolor completamente solos. Nadie puede vivir nuestra pérdida por nosotros, pero sí puede caminar cerca mientras aprendemos a vivir con aquello que cambió.
La familia también aprende a acompañar
Dentro de una familia, el dolor no siempre se vive de la misma manera.
Una misma pérdida puede generar silencios en una persona, necesidad de hablar en otra, enojo, preguntas, cansancio o formas muy distintas de expresar la tristeza. Esperar que todos reaccionen igual puede terminar creando más distancia precisamente cuando más necesitamos estar cerca.
La individualidad de las personas para vivir sus tiempos dentro de un núcleo como lo es la familia, es algo complejo de entender, de respetar, de vivir.
Es por esto que quizá uno de los mayores actos de amor dentro de una familia sea aprender a respetar esas diferencias.
Escuchar sin comparar.
Preguntar antes de asumir.
Estar disponibles sin invadir.
Y entender que acompañar también consiste en darle al otro permiso para vivir su proceso a su manera.
En esos momentos también descubrimos que la vida tiene una manera muy generosa de ampliar nuestra familia. Junto a quienes comparten nuestra historia aparecen amigos y personas cercanas que ayudan, escuchan y se convierten en parte de esa red de afecto que nos sostiene cuando las fuerzas parecen faltar.
No compiten con la familia.
La acompañan.
Y muchas veces ayudan a sostenerla.
No necesitamos tener las palabras perfectas
Con los años he aprendido que algunas de las conversaciones más importantes de nuestra vida no contienen grandes frases.
Hay momentos en los que decir 'no sé qué decirte, pero estoy contigo' puede ser mucho más sincero que intentar encontrar una explicación para algo que nosotros tampoco comprendemos.
Hay abrazos que dicen más que todas las palabras en el mundo.
Yo también he experimentado esa necesidad de querer encontrar respuestas. Y también he descubierto el valor de quienes simplemente estuvieron cerca sin intentar convencerme de que todo estaría bien o de que debía sentirme de una determinada manera.
Su presencia no cambió lo sucedido.
Pero cambió la forma de atravesarlo.
Eso me enseñó que acompañar no siempre significa llevar a alguien hacia algún lugar. En ocasiones consiste simplemente en caminar a su lado mientras encuentra su propio camino.
Estar puede ser suficiente
Vivimos en una época que valora mucho las soluciones rápidas. Si algo no funciona, buscamos cómo corregirlo. Si existe un problema, queremos resolverlo.
Pero la vida humana no siempre funciona así.
Hay experiencias que no se arreglan.
Se atraviesan.
Y cuando alguien está atravesando una de ellas, quizá nuestra tarea no sea mostrarle la salida, sino recordarle que no tiene que recorrer ese camino completamente solo.
Acompañar requiere paciencia, respeto y humildad. También exige reconocer que el dolor pertenece a quien lo vive y que nuestro papel no consiste en apropiarnos de él ni decirle cuánto tiempo debería durar.
En el fondo, acompañar es una forma de reconocer la dignidad del otro: confiar en su proceso y estar disponibles mientras encuentra sus propias fuerzas.
Tal vez nunca sepamos cuánto puede significar una llamada, una conversación o una presencia silenciosa en el momento adecuado.
Por eso, cuando alguien que queremos esté atravesando un momento difícil, quizá antes de preguntarnos '¿cómo puedo arreglar esto?', podríamos hacernos una pregunta mucho más sencilla:
¿Cómo puedo estar presente?
Porque algunas veces no tendremos una respuesta.
Pero todavía podremos quedarnos.
Y, muchas veces, eso también es amar.
Jesús de la Garza es coach ontológico y tanatólogo. Es autor de Lo que dejas atrás, un libro que nace de una experiencia profundamente personal y reflexiona sobre la fe, la familia y la capacidad humana de encontrar sentido después de las pérdidas.
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