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Enrique Olcina

El tartán bastardo

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Esta semana IKEA ha lanzado una colección de objetos que tienen en común la posibilidad de que decidas, al día siguiente, irte con lo puesto a otro sitio. Un puf que se convierte en cama y que te puedes poner de mochila, una mesa de trabajo que cabe debajo del brazo, una bolsa que es un carrito con ruedas, una mesa pequeña que se pliega, unos taburetes que se apilan o un estante para libros que hace la doble función de albergarlos y transportarlos. En un rincón de una habitación, con esas cuatro cosas y dos más, puedes construir un lugar donde permanecer y dormir y, supongo, planear qué comer, el dolor y el gozo de tener un espacio de intimidad para amar: todo eso que hace que el simple estar se convierta en algo más rico, algo que se asemeje a vivir. Me gustan esos nuevos lanzamientos porque me sorprenden todos esos muebles que parecen navajas suizas, como el aparador que se convierte en mesa o la malla que en realidad es un perchero tras la puerta. Cosas que aprovechan el espacio en aparente desuso y añaden un lugar más al recorrido donde pierdo las cosas que ando buscando. Son muebles de una vida nómada: ahora estás, ahora ya no, en esa vida instagrameable, editada y prácticamente perfecta que es un teléfono móvil convertido en un objeto de poderes míticos: el bolso de Mary Poppins, una piedra de oráculo y una vista a otros sitios, a otras cosas que consigan identificar eso que creemos que nos va a llenar, eso que creemos que nos falta cuando nos rascamos en ese lugar vacío. Esta urgencia de primer mundo expresada de manera poética, reiterada una vez más, escrita con otras palabras, se queda ridícula frente a otras que significan lanzarse en un cayuco con otra bolsa, esa que hemos visto muchas veces, ora en la televisión, ora en la vida real. Esa bolsa de plástico grande, del mismo material que la que acaba de lanzar IKEA: rafia. La sueca es de color verde oscuro y lleva ruedas, y te hace verte en un andén, corriendo hacia el tren de tu destino, ese que quizás te quite la picazón. Esta otra de la que hablo no tiene ruedas, pero es inmediatamente reconocible el tartán bastardo, azul, blanco y rojo, que señala al clan de los trashumantes; y también se convierte en el objeto mítico que consigue albergar toda una vida, pero a la fuerza. Esa bolsa es un lujo en el exilio de una búsqueda de una vida mejor, y también es una tremenda pérdida cuando se desparrama: abandonada por la urgencia, abierta por la desgracia y destripada por los sucesos que han hecho que acabe ahí, inerte, y con todas esas cosas que permitían a su dueño pensar que iba a encontrar un rincón donde abrirla con tranquilidad y empezar a pensar en dormir, en comer, en amar y, en suma, en vivir. Mientras tenemos miedo de los que vienen con su vida debajo del brazo, buscamos un lugar mejor para acomodarnos, sin darnos cuenta de que ambos son, en realidad, el mismo sueño. Ese que es una amenaza si lo vemos en otros, pero que, si es nuestro, a nuestros ojos es prácticamente perfecto.
El tartán bastardo
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