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Luis Rodriguez Salcedo

EL GARROTE DE SEDA

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Cuando el chantaje financiero termina alimentando al castigado El arte de castigar sin disparar una sola bala tiene en Washington a sus más devotos practicantes. Durante décadas, el guion se ha repetido en los despachos del Departamento del Tesoro estadounidense con la precisión de una fe religiosa: se aprieta un botón en la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), se expulsa a un banco del sistema SWIFT, se congela un par de cuentas multimillonarias y se espera —con esa ingenuidad calculada de las superpotencias— a que el tirano de turno firme su capitulación. La teoría es de un candor casi tierno: el ahogo económico asfixiará al régimen, la población hambrienta saldrá a la calle con antorchas y la democracia florecerá como por arte de magia. Sin embargo, cuando se revisa la hemeroteca geopolítica con la lupa de la sospecha, el panorama es bien distinto. De cada diez veces que la Casa Blanca desenfunda el garrote de las sanciones unilaterales, apenas una consigue el resultado esperado. El resto del tiempo, el artefacto explota en la cara de quien lo diseña o termina alimentando al propio monstruo que pretendía aniquilar. Las cancillerías y los analistas de pasillo lo saben desde hace tiempo, aunque pocos lo admitan frente a los micrófonos. Cuando a un guardiente autócrata tropical o a un ayatolá de barba tupida le cierran el grifo de los dólares, no corre a redactar su renuncia. Todo lo contrario: sonríe para sus adentros, culpa al «imperio» de la falta de pan y gasolina, y usa la penuria colectiva como el barniz perfecto para justificar la mano dura. Para las élites del poder, la sanción no es una condena, es una póliza de seguro político; los platos rotos, como de costumbre, los paga la ciudadanía mientras la nomenclatura aprende a brindar con vodka o aguardiente de contrabando. Las recientes embestidas de Estados Unidos —bloqueos a microchips de última generación, veto a activos soberanos y persecución financiera a terceros países— buscaban paralizar a los rivales del mapa multipolar. Pero en el tablero global nada queda vacío por mucho tiempo. La picardía del mercado siempre encuentra una grieta: donde Washington ve un cerco infranqueable, en Pekín, Moscú o Nueva Delhi ven una jugosa oportunidad de negocio fuera del radar del dólar. Lejos de aislar a los insumisos, el uso desmedido del chantaje financiero está logrando lo que parecía imposible: que países con intereses discrepantes se sienten en la misma mesa a construir una economía paralela. El dólar, esa divisa todopoderosa que dominó el siglo XX con puño de hierro, descubre de pronto que el miedo a su garrote está enseñando al mundo a comerciar en otras lenguas. Al final, la crónica de las sanciones recientes deja un regusto amargo y paradójico. Se prometió persuasión quirúrgica y se terminó cosechando fragmentación global; se buscaba la dominación absoluta y se aceleró el nacimiento de un ecosistema indomable. Un juego de espejos donde el castigador, de tanto apretar las tuercas al resto del mundo, termina descubriendo que la tuerca que se sobredimensiona es la primera en rodar por el suelo. -Luis Rodríguez Salcedo para TeclaLibre- rodriguezsluism9@gmail.com
EL GARROTE DE SEDA
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