Tiempo atrás planteamos que la competitividad agrícola para la agricultura hondureña debería ser su filosofía de vida. Hoy esta afirmación conserva vigencia; se ha vuelto una necesidad nacional. Competitividad no significa producir más; significa producir mejor, con menos agua, menores costos, conocimiento científico, sanidad, trazabilidad, tecnología, digitalización, acceso a mercados y capacidad para enfrentar un clima irregular y/o hostil.
Honduras ha demostrado que su agricultura responde competitivamente, evidenciando la capacidad y eficiencia de los productores. Durante 2025, el sector agropecuario contribuyó al crecimiento económico; las exportaciones de café aumentaron extraordinariamente, favorecidas por mejores precios internacionales. Pero una buena cosecha o un precio excepcional no deben confundirse con competitividad estructural. La verdadera competitividad permanece cuando cambian los precios, escasea el agua, aparece una plaga, una enfermedad y/o el mercado exige mayores estándares.
La realidad del 2026 nos lo recuerda: la sequía ha mantenido 233 de los 298 municipios bajo algún nivel de alerta, 103 en alerta roja, obligando a inversiones de mitigación en pozos, reservorios, bombas solares y riego por goteo, invernaderos. Paralelamente, la SAG está ampliando la asistencia técnica, con escuelas de campo, boletines agroclimáticos y transferencia de tecnologías; DICTA trabaja con materiales tolerantes a sequía y SENASA fortalece la inocuidad y la trazabilidad. Son pasos positivos, buenas señales de labor eficaz.
El problema continúa siendo educativo. Entregar semillas, fertilizantes, crédito o maquinaria sin conocimiento puede aliviar una temporada, pero difícilmente transforma la productividad. El productor necesita comprender su condición, su suelo, administrar el agua, interpretar información climática, llevar costos, aplicar buenas prácticas, usar tecnologías, cumplir requisitos sanitarios, asociarse, negociar y conocer al consumidor. Necesita educación para producir y educación para vender.
Fundamentalmente, debemos formar una nueva generación rural. El joven que abandona el campo porque solo encuentra agricultura de subsistencia representa conocimiento y energía que Honduras pierde. Una agricultura tecnificada, rentable y conectada puede convertir el campo en una profesión atractiva, generar empleo y hacer que drones, sensores, información satelital e inteligencia artificial sirvan al productor y no sean novedades.
La experiencia demuestra que funciona. Los pequeños productores hondureños vinculados a alianzas productivas con asistencia técnica, financiamiento y mercado lograron importantes aumentos de productividad y ventas. Eso señala el camino: transformar la extensión agrícola en un sistema nacional moderno, continuo y medible, articulando con SAG, DICTA, SENASA, universidades, escuelas agrícolas, banca, agroindustria, cooperativas y productores.
El país no necesita escoger entre tecnología y educación. La tecnología sin conocimiento se desperdicia; la educación sin herramientas productivas se frustra. Ambas deben caminar juntas, acompañadas de investigación, riego, financiamiento, sanidad y mercados.
El gran objetivo es obtener resultados valiosos, permanentes y ascendentes: campos productivos, alimentos suficientes, agricultores prósperos y una nación menos dependiente y más competitiva. Para alcanzarlo, debemos comprender algo esencial: la competitividad agrícola comienza en la mente del productor antes de comenzar en la tierra. Queda planteado
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