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Juan José García Posada

Hacia un estilo preconciliar

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Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com Ciertos giros utilizados con apariencia de religiosidad, pueden ser malinterpretados como expresiones antiguas de una falsa devoción, que pone en duda la autenticidad y hace pensar en una forma de cálculo político mucho más cercana a las apariencias. Claro que para muchísimos creyentes, el uso de ese tipo de manifestaciones puede resultar atractivo y ejemplar, así esté acompañado de un sentimiento de respeto a las creencias y de veneración por usos y costumbres superados por la historia de las ideas y prácticas sagradas. Cuando el nuevo mandatario invoca a Cristo Rey, es inevitable pensar en épocas antiguas, en momentos preconciliares y en tradiciones veterotestamentarias, como si hubiera una cierta tendencia a la misa en latín y de espaldas a la feligresía. Pues claro que es preferible aceptar las innovaciones razonables, que a lo largo de los siglos se han incorporado a la liturgia católica y al comportamiento de los creyentes. En concilios y documentos pontificios, consta que la Iglesia ha evolucionado a lo largo de los años y se ha despojado de fórmulas, procedimientos y cánticos que pueden incluso ser muy hermosos, pero que ya corresponden a épocas lejanas, que en lugar de acercar, alejan a los fieles de las formas demasiado tradicionales y anticuadas. Lo sucedido en esta semana, muestra esa cuestionable tendencia a retornar a un pasado anterior al Concilio Vaticano Segundo y a declaraciones y documentos que marcaron un avance hacia la modernidad eclesiástica. Cada cual tiene derecho a creer como quiera, a expresar sus creencias y sentimientos como se lo dicte su conciencia, pero es discutible que marque un retroceso como el que parece representan ciertos sectores de la opinión religiosa. Tan discutible es que usen un lenguaje y un tono de otro tiempo, como que pretendan imponer una visión disruptiva de tradiciones y costumbres profesadas por la mayoría de los creyentes. Tan inaceptable es lo uno como lo otro. Un funcionario público no tiene por qué forzar a los católicos a ser o no ser creyentes, a escoger una religiosidad impuesta o a renunciar a ella. De igual modo, a ningún ciudadano tiene por qué forzársele a creer o no creer, como si se le negara o impusiera creencia religiosa. Cada cual verá cuáles han de ser sus preferencias, su fe o sus convicciones. Lo que sí debe defenderse, es la observancia de principios éticos y morales de validez universal, la educación y formación de los ciudadanos en valores y principios que salvaguarden la vida en sociedad, como por ejemplo, el respeto a la ley y a las instituciones, la autoridad como fuente de estabilidad, etc, sin necesidad de crear pugnas inútiles, de sembrar divisiones sin sentido, de aparentar que se es el mejor, como si los contrarios representaran lo peor. Una visión maniqueísta como la que está evidenciándose, lo que encierra es un potencial de discrepancias y enfrentamientos que rompen la convivencia y la armonía entre los asociados, y marcan un regreso inaceptable a un estilo preconciliar. Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre.
Hacia un estilo preconciliar
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