El primer coche que tuvieron mis padres de recién casados fue un Seat 800 color beis, el Marroncete, lo llamábamos. Era un modelo raro y ... breve para médicos visitadores y taxis rurales, un 600 estirado al que añadieron dos puertas: las delanteras abrían hacia atrás y las traseras hacia delante. En algunas fotos con Toyi, el Marroncete sale de fondo y estira el cuello como esas vecinas con las manos en los bolsillos del mandil a cuadros, de las que nadie recuerda haber sabido alguna vez el nombre, pero que sonríen en las esquinas de los retratos. Sé que hoy se considera un milagro cúbico, pero es cierto: en aquella cabina, con las dimensiones de un ascensor de techo muy bajo, cabíamos la familia completa, incluyendo a la tía Enriqueta con el bolso sobre las rodillas, y la impedimenta necesaria para las vacaciones. No había otro aire acondicionado que las ventanillas bajadas y, encima, mi padre fumaba; recuerdo la elegancia con que mi madre, que nunca ha sido fumadora, encendía el pitillo y se lo ofrecía con mano desmayada para que él no tuviera que soltar aquel volante con diámetro de timón de paquebote.
Luego, debimos de prosperar y saltamos al Seat 124 L, azul marino, un modelo más grande, aunque menos familiar porque fue el Azulete de papá. La «L» significaba lujo. Salía de la fábrica de Barcelona con radio, mechero eléctrico y moqueta, con aires de anuncio de colonia masculina de los setenta, Brummel o Varón Dandy: masculino, ejecutivo y cautivador. Casi era obligatorio conducirlo con bigote, camisa abierta y gafas de sol con montura de carey. Mis hermanos y yo asociamos el recuerdo de mi padre a ese coche, con su codo asomando por la ventanilla y los coros de Ray Conniff de banda sonora. Mi madre y la tía Cristina, por su parte, compraron un Seat 600 amarillo, el Pollo, para transportarnos a los nueve primos a Náquera y Benicasim.
Mi primer coche fue un Seat 133, propio de contorsionistas, que iba a saltitos porque le habían quitado el pedal del embrague para que lo pudiera utilizar una monja coja de Navarra. Nos lo vendió Miguel, el del garaje, con idea de que me lo llevase a la Academia de Caballería en mi etapa de milicias. Le debo el alba de mi independencia. También a un Seat 1430 heredado. Ambos me los robaron, al igual que numerosos radiocasetes. Ahora oigo que Seat puede desaparecer, como se fueron las postales, las cabinas o las enciclopedias, y me digo que reaccionemos, que sin memoria sentimental no hay patria, que cuando no se comparten recuerdos los países son indistinguibles. En una lata beis del tamaño de un ascensor y en el bolso de la tía Enriqueta sobre sus rodillas cabía más España que en muchos discursos. El mío incluido.
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