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Ángel Ortiz

Ceuta, un eclipse, un mundial y otra píldora

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La carta del director «Es la primera vez en la que Sánchez y sus ministros no pueden endosarle a nadie la culpa del desastre. Ni al PP ni a Vox ni a las eléctricas ni a Manos Limpias ni a Ayuso»Ángel Ortiz ValladolidLa verdad es que no sé ni por dónde empezar. Este verano ha dado para mucho. Para demasiado. Sobre todo ha dado para demasiado de ... lo malo. Y más que en ningún sitio, en Ceuta y para sus vecinos. Se trata, me atrevo a decir, del episodio más triste que ha vivido este país en años. No es necesario explicarlo de nuevo. Tampoco me encuentro cómodo describiendo cómo me hacen sentir las imágenes y testimonios de quienes estas semanas lo han presenciado en directo. Como víctimas (de uno y otro lado de la frontera) o como observadores. Ha sido más triste y lamentable que la pandemia. Más que cualquier catástrofe o accidente de los que recordemos. Han muerto casi 200 personas que no importan a nadie en una avalancha de 80.000 migrantes desesperados. Y el problema persiste y se enquista en las calles de aquella ciudad como las garrapatas al cuello de un mastín, como una especie de parásito mediático aterrador que nos recuerda en cada informativo lo mezquina que puede llegar a ser la condición humana. Nuestro presidente y su gobierno no han estado a la altura, por expresarlo suavemente. Siguen sin estarlo. Como casi siempre, solo se salvan las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. En este caso la Policía Nacional. La opinión es unánime hasta entre sus más fervientes defensores. Se debe, entre otras cosas, a que es la primera vez en la que Sánchez y sus ministros no pueden endosarle a nadie la culpa del desastre. Ni al PP ni a Vox ni a las eléctricas ni a Manos Limpias ni a Ayuso (muy mal hecho y gestionado lo de su pisazo, muy muy mal…) ni al IBEX ni a la banca ni a la Iglesia ni a la UCO ni a los jueces… Llevan buscando una cabeza de turco, dentro y fuera de España, varias semanas. Hasta han inventado un engendro lingüístico para intentar confundirnos: hemos sufrido un «ataque híbrido algorítmico», vocean. Pensarán que si no podemos pronunciarlo, igual entonces deja de existir… O por lo menos dejamos de hablar de ello. Pero es que las fronteras de nuestro país no son, por ahora, responsabilidad de nadie más que del Gobierno. Por eso se han liado a tortas entre ellos: Defensa con Interior, con Presidencia, con Exteriores… Los socios de Sumar, Podemos y la periferia secesionista desaparecidos… El PNV a lo suyo, como siempre. Jodidos por el campeonato del mundo que ganamos (ellos también) en Nueva York. Pero eso sí, esta vez mucho más ridículamente jodidos que nunca. Son muy patéticos. Mientras tanto, el jefe de vacaciones, de merecido descanso, contándonos su playlist del verano. ¡Es todo tan decepcionante! Aún peor ha sido cuando, para arrancar el curso, la SER le ha entrevistado y el dirigente socialista ha dicho que la alternancia en el poder, consustancial a toda democracia, está muy bien, salvo en España: «La alternancia es buena en democracia, pero es que hoy no tenemos una propuesta de alternancia», ha dicho. Eso es tanto como decir que España no reúne las condiciones propias de una democracia. En todo caso, no es algo que le corresponda decirlo ni juzgarlo a él, sino a los votantes. De hecho, él está en Moncloa por eso mismo, porque los votantes representados por una mayoría del Congreso forzaron la caída del Ejecutivo de Rajoy. Con sus palabras, Sánchez señala y evidencia, por enésima vez, el principal fallo sistémico que padecemos como país desde hace mucho tiempo: que se ha normalizado la actitud y el principio que justifican todo, cualquier cosa, cualquier corrupción o destrozo institucional, con tal de que no gobierne el otro. No adelantará elecciones hasta después de las municipales del año que viene y jugará a que, en la formación de los gobiernos y ayuntamientos de PP con Vox, la gente se asuste. Ya dije antes del verano que el «cualquier cosa menos Vox» se está transformando muy rápidamente, con el telón de fondo de Ceuta de manera apresurada, en un «pongamos a cualquiera menos a Pedro Sánchez». Lo cual tampoco es especialmente ilusionante. Pero este verano trajo más cosas. Un eclipse mágico que pudo verse en su plenitud desde muchos puntos de Castilla y León. Un segundo mundial de fútbol para España, igual de mágico. Una nueva moda absurda y bochornosa: farmear aura. No sé exactamente qué es, pero siento una enorme vergüenza ajena cuando veo lo que hacen sus activistas o farmeadores, no sabría cómo llamarles. Trajo una multa milmillonaria histórica a META, o sea, a Facebook, Instagram y Whatsapp, por los efectos nocivos de sus redes sociales en niños y adolescentes. No servirá para nada, me temo. Trajo las carreras de robots que baten records de velocidad en pistas de atletismo y que no saben parar hasta que chocan contra una colchoneta. Es una alegoría perfecta, providencial, de lo que le pasa a algunos dirigentes políticos de este país, ¿verdad? El final de agosto ha traído otro fármaco para adelgazar sin esfuerzo, como Ozempic, aunque esta vez asociado a una molécula que el cuerpo genera cuando hace ejercicio. Si las máquinas compiten por nosotros cada vez en más disciplinas y una píldora simula lo que el cuerpo hace cuando corres cinco kilómetros, ¿para qué hacer deporte? Terrible. Pero lo más importante de todo es que este verano he descubierto en una gran superficie del centro de Valladolid que en la planta de hombres los patrones de los pantalones han crecido significativamente. Hasta el punto de que existen los pantalones con ajuste 'relaxed fit'. Después de muchos años sufriendo la dictadura de la pernera ajustada y el pantalón de pitillo, era hora de ganar holgura. Nos haría falta algo parecido en un debate político y un clima público e institucional rígido, apretado y raquítico como nunca. Ojalá.
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