Escuchabas su nombre y la sonrisa se te pintaba en la cara. Y no porque fuera alguien chistoso, ocurrente o sufriera el síndrome de hombre espectáculo, pues, por el contrario, era un tipo muy formal, sino porque a su presencia le adjudicábamos esa parte de nosotros que nos conduce a la infancia y a la que siempre queremos volver. Te mostraba en su mano un taco de recortes de revistas, la cerraba y te pedía que sobre su puño esparcieras los imaginarios polvos mágicos que portabas, sin saberlo, en la tuya, y entonces extendía la palma: los recortes se habían convertido en billetes de diez euros sin que nunca advirtieras cómo se había producido el cambiazo. Y es que no había cambiazo. Era magia. Magia potagia. De la que te hacía exclamar: Ooohhh.
Hacía cosas mucho más inquietantes. A cuatro palmos de tus narices instalaba un cajón vacío (nada por aquí, nada por allá); invitaba a su mujer, la siempre confiada Mayi, a introducirse en él, y entonces, con una espada o algo, troceaba la caja en tres partes separadas y abría la tapa frontal: en una se veía la cabeza sonriente de Mayi, en otra, su mano saludadora, y en la tercera sus pies, que se movían como si les hicieran cosquillas. Asombroso.
Creo que mientras lo mantuvo abierto no dejé de asistir ni un solo sábado a La Varita Mágica, su bar de San Antón, un auténtico museo del oficio, en que ofrecía su espectáculo. El número estrella consistía en reclamar a un espectador, al que ataba con una cuerda alrededor del cuerpo con nudos que comprobaban otros espectadores; él mismo también se dejaba atar de igual manera, y ambos se metían en un saco, contaba hasta diez, y salían de él, para pasmo sobre todo del voluntario, tan atados como entraron, pero con las chaquetas intercambiadas.
Una vez vino a La Opinión y nos dejó en depósito una caja sellada de la que dijo que contenía un papel con el resultado de las elecciones autonómicas que se celebrarían a la semana siguiente. Volvió la noche electoral, abrió la caja ante nosotros, y allí estaba el reparto definitivo de escaños. Tal vez es que la política murciana sea muy previsible.
Se dirá: todas estas cosas son las que hace un mago. Claro. Pero Domingo Artés era 'nuestro' mago. El que nos alegraba la vida. Se nos ha ido con Juan Tamariz y nos ha dejado muy tristes. Gracias por hacernos soñar con que nada es lo que parece.
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